En las entrañas de la guerra, donde el dolor parece tener la última palabra, Dios no permanece en silencio. Allí, entre las ruinas, la metralla y el miedo, Cristo se hace presente a través de corazones consagrados que han elegido quedarse, amar y entregar hasta la última gota de su sangre. Su vida, frágil y valiente, se convierte en carne viva de esperanza para quienes resisten cada día.
Carlos González García
Periodista y escritor
La guerra conserva un sonido propio: el de la tierra que tiembla, el del miedo que no duerme, el del corazón humano llevado hasta el límite. En medio de ese estruendo, hay presencias que empuñan el arma del amor para sostener un poco la vida. Allí, donde todo parece perdido, Dios continúa pronunciado su Palabra desde la piel sufriente de quienes han decidido hacer, de su vocación, una epifanía silenciosa y profundamente fiel.
«Mi amor se da hasta dar la vida»
«Estuve secuestrado en la selva, quemaron tres pueblos donde estaba y he vivido experiencias muy fuertes para mí. Aquí es imposible no ver el rostro de Cristo; hay muchísimas, muchísimas más víctimas que verdugos, y el Señor nos habla y nos pide verlo en cada uno de ellos». El padre Pastor González llegó a la República Democrática del Congo hace diecisiete años no para explicar un dolor inconcebible, sino para habitarlo. La Providencia tomó sus ojos compasivos para colmar de paz cada grieta que roza sus manos, cada herida que arrenda su alma, cada soledad que llama a su puerta: «Si aun en medio de esta guerra, viéramos al otro como Dios lo ve, dejaríamos de juzgar, quitaríamos tantos estereotipos, perdonaríamos sin condición y viviríamos el amor, la alegría y la sencillez».
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