REGALARNOS UNA TARDE: RODEADAS

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(Mariola López, VR.).Cuando estuve en Cuba, pude llevar a mis hermanas algunas cosas ricas (¡disfrutan tanto ese “jamón sagrado”que viene de España!). Ya era la tercera vez que tenía la suerte de volver a la isla y tuve una bendición inesperada: en un momento, aunque había sobrepasado el peso de la maleta, me invadió la pena por no haberme llevado más y haber podido compartir con otras personas, y de repente sentí adentro con claridad que al final de la vida nos entrará dolor por no haber abierto más las manos, por todo lo que nos hayamos guardado; por no haber amado más generosamente. Regresé a casa con ganas de no retener y de agradecer tanto don cotidiano que en otros momentos se me escapaba. Mis espacios eran los mismos en la comunidad y en la misión pero esta vivencia había tocado mi manera de mirarlos, me hacía situarme en ellos con más amabilidad, y se fueron impregnando de calidez y de Presencia.

Con el pasar de los meses temía que este sentir se me fuera apagando y en estos días he recibido un email que me ha hecho reavivar la experiencia y me ha regalado una petición para adentrarme en la Pascua. Es de una mujer que trabaja en una residencia de ancianos. Ella me contaba: “He estado un tiempo en que la queja, la negatividad y el agobio han llenado mi corazón… Hace unos días me di cuenta y empecé a escuchar a los abuelos. Cuando les daba de comer, los aseaba, o los atendía, siempre me daban una palabra de cariño, me daban un beso o decían mi nombre. De pronto he sido consciente de todo el amor que me dan. Me he sentido rodeada de amor por ellos… Es un sentimiento que me llena por dentro, que me hace sentir feliz y segura en mi trabajo como hacía tiempo. Cuánta energía perdida en la queja, en el agobio…, y no he disfrutado de  lo que me rodea. Es precioso tomar conciencia de todo el amor que nos rodea sin saberlo, sin agradecerlo…”.

Está siendo mi petición en este tiempo: acallar un poco la saturación que nos envuelve a todos los niveles y recuperar algo de silencio y de sencillez para poder agradecer y consentir a todo el amor que nos rodea. Los ancianos decían el nombre de esta mujer y me recordaba a aquella otra que, en el primer día de la semana, también sintió que Alguien pronunciaba su nombre (cf. Jn 20, 16).