¡COMO SE LO DIGA A MI PRIMO!

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           (Fernando Millán, VR).  Hace ya muchos años se hizo muy popular en España un anuncio comercial en el que un niño amenazaba con estas palabras a otro niño mayor que le había tratado injustamente mientras jugaban. Al final, aparecía el famoso primo -musculoso y fuerte por tomar el producto que se anunciaba- para poner orden. En esos ratos nostálgicos en que uno bucea por Internet y encuentra viejos programas de televisión, recortes, anuncios, entrevistas… me topé con esta publicidad de principios de los 90 que me ha evocado los años en los que trabajaba en un colegio y cómo los muchachos aprendían y repetían estas frases que se hacían famosas rápidamente: “¡Como se lo diga a mi primo!”

El caso es que el famoso primo me ha recordado una problemática que se viene detectando en la Vida Religiosa en los últimos años y que puede ser sintomática de algo más grave. Se trata de lo siguiente. Ante cualquier situación conflictiva o problemática (en una comunidad religiosa, en una provincia, en una congregación), inmediatamente se recurre a una instancia superior: al superior provincial, a la curia general, o incluso a la congregación vaticana correspondiente. Indudablemente, este recurso a los superiores es posible, válido y muchas veces conveniente (¡para eso estamos!), pero también es cierto que muchos de estos problemas deberían ser tratados, discernidos, meditados, afrontados y -si es posible- resueltos en el mismo ámbito en el que se producen. Y es que los problemas ponen a prueba nuestra capacidad de diálogo y de discernimiento comunitario, nuestra flexibilidad y -en no pocas ocasiones- nuestra obediencia o nuestra fidelidad a un proyecto común.

En mi caso (y ahora hablo como mendicante), la cosa es aún más grave, ya que para nosotros el capítulo es la instancia fundamental de nuestra vida y la cultura capitular (o la “espiritualidad capitular”, que a mí me parece una expresión más honda) acaso sea el test de la autenticidad de nuestra vida.

Quizás todo esto sea consecuencia de la fragilidad en la que viven hoy muchas comunidades o provincias en el mundo occidental. Ya se sabe: falta de personal, envejecimiento de los religiosos, falta de vocaciones, precariedad, exceso de trabajo, apuntalamiento de instituciones, falta de formación permanente, etc… Esa fragilidad llevaría a la necesidad (algo infantil, como el niño del anuncio) de recurrir a alguien más importante, más fuerte, más decisivo. Quizás -otra posibilidad- esto sea fruto del neolegalismo del que he hablado en otras ocasiones en este blog. Si así fuere, se trataría de un ejemplo más de una mentalidad mundana que se nos ha colado en la Vida Religiosa y que nos lleva a afrontar los conflictos de forma meramente jurídica, como si fuéramos meros gestores, empresarios, administradores o algo así.

Recuerdo que el Papa Francisco nos advirtió de este peligro en el encuentro que tuvimos con él los superiores generales en noviembre de 2013 en el marco de la asamblea semestral de la USG. Allí nos pidió que no actuáramos como administradores ante el conflicto con un hermano, sino más bien intentando “involucrar el corazón”. Más aun, el Papa señaló que los conflictos en la Vida Religiosa rara vez se resuelven por mera “negociación”, sino más bien desde una mirada y unos valores distintos (los de la gracia, los del Evangelio, los de la renuncia generosa) que están en la base de nuestra consagración religiosa.

Puede tratarse también (y no deja de ser otra forma -tal vez más sutil- de mundanidad), que la Vida Religiosa se haya contagiado de ese pavor ante el conflicto, de ese miedo y rechazo que hay en nuestra sociedad ante todo lo que nos hace sentirnos mal o ante lo que nos supone preocupación, esfuerzo, entrega… Una de las literaturas más en boga hoy (incluso entre los consagrados) es ese género que se mueve entre una cierta psicología (concedámosle el privilegio de la duda) y una cierta espiritualidad (concedámoselo de nuevo) que nos lleva solamente a aceptarnos, a perdonarnos, a querernos a nosotros mismos y, en definitiva y dicho en Román paladino, a no darnos un mal rato por nada ni por nadie. Por ello, el conflicto nos molesta, rompe nuestra comodidad y nuestras rutinas, nos obliga a discernir y a discernirnos, preferimos evitarlo y orillarlo con suavidad (haciendo como que no lo vemos) o, en cuanto la cosa se complica un poco, preferimos llamar al primo fuerte que nos saque las castañas del fuego.

No quiero ser simplista ni demagogo. Lo repito: hay ocasiones en que no queda otro remedio que acudir a estas instancias, a una autoridad superior, pero quizás deberíamos también fomentar la madurez (humana y espiritual) en la resolución de los conflictos, quizás profundizar en el tema tabú de la corrección fraterna (algo sobre lo que yo doy mucho la tabarra, aunque sé bien que no es nada fácil), y en la capacidad de diálogo.

Ojalá que esta conflictividad (recursos, contra-recursos, titulares, blogs, batallitas teológicas y clericoides, descalificaciones, etc) no sea un síntoma de carencias más hondas y preocupantes