MIRADA CON LUPA

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Rosalía Gómez. Misionera de Santo Domingo: La madurez de la vida consagrada con encanto

Las congregaciones y órdenes son buenas escuelas de humanidad. Somos testigos de muchas vidas con sentido. Trayectos impecables en los que de manera clara aparece la docilidad al Espíritu y la esperanza de la misión. Un ejemplo es Rosalía Gómez, Misionera de Santo Domingo. Una vida dilatada y rica por la causa de Jesús. Desde aquel León de sus orígenes, no ha dejado de aprender hasta convertirse en una mujer agradecida, consagrada y con encanto. Manila, Japón, California, Chile, Taiwán y Madrid van haciendo de Rosalía una misionera feliz, con la mirada en el porvenir y agradecida de un mundo plural. No echa de menos el pasado, porque vive un presente lleno. Una biografía interesante para este mes en el que agradecemos la de todos los misioneros y misioneras.

¿Es su tono de vida esperanzado?

Sí, totalmente, pues mi esperanza es Cristo. Él es el Señor Resucitado. Soy bien consciente de las limitaciones naturales y de las que van añadiendo los años; pero sé que solo debo hacer lo que pueda, pues el resultado no me pertenece; pero está en buenas manos, en las de Cristo.

¿Y el de su congregación?

El sol está naciendo desde oriente. La falta de vocaciones en España y la situación social que fue un gran choque para mí al regresar, después de 47 años de ausencia, tiene demasiados nubarrones oscuros…  En algunos países de oriente hay vocaciones. Las jóvenes que tenemos actualmente en el Juniorado Internacional, que sabiamente se trasladó a Valladolid, son todas orientales y su formadora también.

¿Qué le gustaría hacer y todavía no ha podido?

Lo que no he podido y nunca podré, pensando en algo grande, es poner a Jesús en el corazón de cada persona humana y del mundo. Cuántos más años se suman a mi cuenta, más segura estoy de que Él es el único Camino. El Señor de la Sabiduría: apuntaba al corazón del hombre. Si el corazón no cambia, nada cambia, tendremos más de lo mismo… Creo que hemos perdido demasiado tiempo en adornar lo externo, es hora de bajar al corazón.

Hablando en términos pequeños, algo así como aprender a cocinar bien y hacerlo. Cuando entré al noviciado fui a decirle a mi formadora que, por favor, me mandase a trabajar en la cocina. Su clara respuesta zanjó la cuestión: “aquí, no se trabaja donde se quiere, sino donde te manden”. Parece que ese deseo se quedó ahí congelado y, de vez en cuando se deshiela… Como le decía con frecuencia a las estudiantes: “sin estudiar y sin hacer otras muchas cosas, se puede vivir perfectamente; pero sin comer, no. Vuestra madre hace el trabajo más importante: ‘alimenta la vida’”.

De todos los servicios prestados ¿cuál cree que le permite ser más creativa, más usted misma?

Todos. Quizás por lo que mi madre me repetía con frecuencia: “lo mejor que tienes es tu buena conformidad” unido a que, por carácter, no soy activa y me gusta la sencillez y el silencio. En todo lo que he hecho creo que puse la vida; porque, a pesar de lo que decía antes, me parece que soy responsable y siento exigencia y desde muy pequeña tenía dos amores a los que quería contentar, a costa de lo que fuera: Dios y mi madre; por eso siempre ponía toda la fuerza que tenía en lo que hacía. Y la paciencia es quizás el gran fruto de ese esfuerzo y de máxima importancia para mi camino… ¡Qué bien prepara Dios para lo que Él quiere hacer en nosotros!

La mayor necesidad de la vida consagrada es…

Que la oración y que la experiencia de Dios llegue hasta el fondo… Lo he sentido en Japón y lo sigo sintiendo aquí en España, no solo; pero sobre todo los jóvenes, quizás no sean capaces de vivir ellos mismos mucho; pero creo que son tremendamente sensibles y capaces de traspasar a la persona en busca de la autenticidad. Especialmente en esta sociedad, esas experiencias de oración y de Dios tienen que ser muy ricas  para poder llegar al corazón de las personas enterradas en el materialismo, el laicismo y atrapadas en la superficialidad.

Recuerdo que en mi provincia de Japón, como preparación para el capítulo provincial, se decidió preguntar a nuestros compañeros de trabajo acerca de lo que creían que deberían realizar las hermanas en la obra. Me quedó grabada la respuesta de un profesor, no cristiano, de nuestra Facultad de Trabajo Social, que llevaba muchos años dedicado a nuestras obras. Dijo: “queremos que nos muestren a Dios. Que nos hagan ver ¿quién? y ¿cómo es? El resto lo hacemos nosotros; porque es nuestra universidad”.

Pienso que, en ese sentido las “cosas” se han metido en medio y estorban la visión de Dios. Tendremos que hacer vida la “pobreza” que fue tan importante para todos nuestros fundadores. Sin vivirla en la radicalidad total que exige nuestra vida, es imposible llegar a tocar el corazón de nuestra gente.

¿Cuál es el mayor logro de la vida consagrada de nuestros días respecto a la que se encontró cuando llegó a la congregación?

La libertad para comprometerse con las personas. Antes teníamos tantas normas y límites que, a veces, se nos impedía vivir las exigencias urgentes de la caridad. Ahora la visión es más amplia y, por tanto, más evangélica. Como pasa con toda libertad, se exigen cualidades de madurez, generosidad y rectitud para que esa posibilidad se dirija hacia los otros y no nos centre aún más en nuestros intereses y egoísmos.

Un mayor respeto hacia las culturas y personas diferentes… Veo que hay que estar alerta para no caer en ese pasotismo de “todo vale”. Hay cosas fundamentales a las que no podemos renunciar.

Una especie de mayor humildad, impuesta por una sociedad que no solo no valora como antes nuestra vida, sino que, a veces, la crítica o desprecia. Quizás esto nos ayuda a ir en la dirección que indicó el Concilio al cambiar el nombre de “Vida de Perfección”, a considerarnos “uno más”, con nuestra vocación concreta. No podemos olvidar al Dios que seguimos: un Dios Encarnado “en todo igual a nosotros menos en el pecado”. Me parece que esto está relacionado con ese “olor a oveja” del que nos habla el papa Francisco.

 ¿Cómo valora la vida comunitaria? ¿Qué es para usted lo importante?

Además de ser cristiana, soy dominica y nuestro carisma pone un énfasis especial en la vida comunitaria que, para nuestro fundador Santo Domingo, era un intento de revivir las primeras comunidades apostólicas.

Un dominico boliviano escribió en el postconcilio una novela teológica premiada a nivel nacional: “El Ocaso del Orión”. En ella y referido concretamente al matrimonio, aunque es perfecto para cualquier clase de unión, tiene unas palabras que son muy reveladoras y usé mucho en mi misión: “dos solo pueden ser uno cuando son tres” el tercero es Cristo. Precisamente concluye la novela con el joven dominico muriendo en un accidente de tráfico, por evitar atropellar a un niño y diciendo algo así como: “viene el tercero”

Nos podían servir también las palabras de aquel alcoholizado de Chile, ya citadas, como definición del amor: “el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, el otro y yo”.

Lo más importante para mí es si Él está en el centro de nuestras comunidades o no. Hay que ser muy sinceros al contemplar los valores centrales, las motivaciones profundas de nuestras actitudes comunitarias.

Ha estado este verano sirviendo a sus hermanas más jóvenes haciendo una tarea de traducción al japonés. Su congregación es universal… ¿es también intercultural?

Al ser esencialmente misioneras y tener al principio, desde 1887 a 1934, una única casa en España destinada a preparar misioneras para ir a oriente, la interculturalidad fue algo casi natural, creció con nosotras. Por supuesto, aún le quedan importantes pasos que dar a una auténtica vivencia de ella, puesto que es la vivencia de una “comunidad extendida” cuya raíz no puede ser más que Cristo.

Me parece que en este tema, como en otros muchos, es muy importante, aunque difícil, educar en la conciencia de que “lo que yo tengo se ha dado al mundo a través de mí”. El pararlo egoístamente en mí es manchar los dones recibidos y ser infiel al plan de Dios. “Lo que los otros tienen se me ha dado a mí, a través de ellos”. El reconocerlo y recibirlo con alegría y gratitud, no solo me guía a mí a una continua acción de gracias, el único camino que lleva a la felicidad; sino que expulsaría a la competición, el orgullo, la envidia” que tantas heridas deja en el corazón del ser humano.

¿Cómo ve a las generaciones más jóvenes en la vida consagrada?

Siempre amé a la juventud y descubrí en ellos preciosas cualidades e infinitas posibilidades.

El haber sido criados en la abundancia material, creo que les hace más débiles. No están entrenados para la paciencia, es decir, para pasar por encima de la adversidad siguiendo su camino o, dicho de otra forma, para soportar la oscuridad de la noche y recibir la aurora. Así, quedan privados de disfrutar de esas victorias difíciles que son las que dan sabor y alegría a la vida y fortalecen la gratitud. Antes se ponía un excesivo énfasis en la mortificación y el sacrificio, casi identificándolo con la santidad. Por supuesto es un grave error. La santidad no se mide por el sacrificio sino por el Amor verdadero. Es cierto que ese Amor, si existe, coexistirá con él la capacidad de sacrificio para mantenerlo. Por eso, creo que no es menos grave el error de educar enseñando a buscar siempre lo mejor, lo más cómodo, lo más gratificante para mí. Quien vive empujado por estas actitudes está incapacitado para la caridad y para una auténtica convivencia y, aún diría, para una cortesía básica. El educar en la austeridad y capacidad de renuncia es imprescindible para vivir lo fundamental: “el mandamiento del Amor”.

Recuerdo que en las actividades extracurriculares especialmente de nuestro colegio, yo solía enseñar, a las jóvenes, particularmente cuando eran de 16 a 18 años, a evaluar su madurez: solíamos reflexionar sobre las características de los bebés; simplemente: “recibir naturalmente”, sin tener siquiera que agradecer. Adulto auténtico sería al contrario, la capacidad de darlo todo natural, gratuitamente, sin esperar siquiera el agradecimiento o el ser reconocido.

Aquí pueden encajar las palabras que un sabio japonés dijo en una ocasión en la televisión y que, para mí, fueron muy reveladoras: “la tragedia de nuestra sociedad es que los niños están dando a luz a los niños”.

Háblenos de un día normal suyo ¿qué hace, cómo y con quién?

En primer lugar y, aunque para ello mi carácter ha tenido que ser educado, procuro estar disponible para responder a lo impredecible y suplir a otras personas cuando es necesario.

Cada día participo en la oración y la Eucaristía con mi comunidad. El resto de la mañana, depende un poco de las necesidades: suelo tener un tiempo en recepción, y, el día que no lo tengo, aprovecho para hacer alguna de la lista de cosas que siempre me esperan, comenzando por las más urgentes: responder a esta entrevista y otros asuntos por el estilo, arreglar lo que necesito para la iglesia de San Antón, atender a alguna necesidad de las jóvenes de la residencia, llamadas telefónicas a personas necesitadas, enfermas, mayores, etc.

Los martes llevo el grupo de la residencia de la tercera edad “Doña Fausta” para el PDE, en Peñalver. Por la tarde tenemos nuestra reunión comunitaria semanal y participo en un grupo de Lectio divina en los dominicos de Peñalver. Los jueves por la mañana tenemos el grupo de Vida Ascendente también en la residencia “Doña Fausta”. Después de la comida me preparo cada día con un tiempo de oración para mi actividad de la tarde  en San Antón; cuando por alguna razón no puedo disponer de este momento siento su falta y vuelvo a mi comunidad más cansada.

A mi regreso a casa y, después de la cena, tenemos un tiempo de compartir comunitario más relajado del que puedo disfrutar, excepto el día que tengo turno en recepción.

 Nos han dicho que trabaja en San Antón. El paradigma en España de un templo abierto las 24 horas… ¿Cómo es la experiencia de misión entre los «últimos»?

La verdad es que, para mí, no son últimos, sino “primeros”. Son mis hermanos queridos… Puesto que, de una forma o de otra, por una razón o por otra, todos han sufrido la experiencia de despojo, de sentirse orillados, no valorados por una sociedad tan centrada en la situación y apariencia externa, quisiera hacerles sentir su dignidad, como lo que son “hijos de Dios”, con su propia grandeza dentro de ellos, no fuera. Sé que es difícil moviéndose en una sociedad donde todo parece que se valora en euros.

Me parecen preciosas las posibilidades que se ofrecen en San Antón de tener un lugar donde puedas sentarte tranquilo un rato, tomar algo caliente, cargar el móvil, tener un servicio higiénico disponible, rezar un rato, tener alguien que te escuche con interés y cariño. De todas formas muchas veces he comentado a mis hermanas: “estoy viendo los toros desde la barrera, con los ojos de una persona protegida”. Por eso, con frecuencia, la gente que tenemos casa damos soluciones que para quien vive en la calle no lo son. Creo que la experiencia de la calle es muy rica para quien la sepa asimilar; pero también muy dolorosa.

Pienso, como el Papa, que esta experiencia debería ser solo temporal. La dignidad de cada persona humana exige que cada cual pueda tener un trabajo digno del qué vivir. Ese sería mi ideal. Espero que el Señor vaya mostrando caminos.

Otro punto muy positivo en San Antón son las mesas camilla colocadas alrededor de la iglesia donde cualquiera que necesite hablar, compartir, o recibir el sacramento del perdón, puede acercarse. Es de gran ayuda el voluntariado médico, de abogacía y el de servicio.

Para mí un grupo que me toca especialmente la vida es el de los que han vivido en cierto nivel social y, por diferentes razones, han perdido lo que tenían. Es, a mi parecer, una experiencia doblemente dolorosa. El dolor natural de esa situación y el tener que vivir, en propia carne, el desfase de valores al chocar con una sociedad materialista y descubrir que, en lo que ellos pensaban experimentar el respeto y cariño de la gente hacia su persona, era solo la adoración al dinero, la fama, la posición social.

Es una experiencia preciosa de una verdad tremendamente dolorosa, pero que puede ayudar a la persona a crecer en el aspecto humano y de recuperación de los valores; pero que también puede sumir a la persona en la depresión o en una continua actitud de ira, rechazo, desconfianza y, aún odio contra lo que le rodea.

Aunque tenga que sufrir el dolor de no poder solucionar la mayor parte de sus problemas quisiera, sobre todo, despertar las energías que hay en ellos para buscar, a pesar de todo, su propio camino. Ya que, como dice la psicología actual, no usamos más que el seis por ciento de las posibilidades y fuerzas que tenemos. Se puede mucho más.

Nos despedimos. ¿Si volviese a empezar sería Misionera de Santo Domingo? ¿Por qué?

Claro que sí. Porque creo, con todo mi corazón, que es este mi camino. Me encanta nuestro carisma y me parece totalmente actual “contemplar y dar lo contemplado”. La salvación de la persona se realiza desde dentro y desde dentro nace el verdadero sentido, la paz, la felicidad. Pienso que mi carisma va directamente ahí y a la sanación interior de la persona  actual tan herida… Es verdad que creo que mi Instituto necesita una auténtica conversión para vivir esto con la intensidad que requiere nuestro mundo.

Al ritmo que los años van creciendo, cada vez se hace más fuerte y profunda en mí la convicción de que el camino auténtico fue el que señaló Jesús que pasa por el corazón de la persona. Y, como sabemos, el cambio profundo del corazón solo puede realizarse en el contacto con Dios, empujados por el Espíritu. Como le repetí muchas veces a mis estudiantes de Japón: “Dios es el aire del corazón, tienes que respirarlo para vivir como auténtica persona humana”.

 

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