Raíces

Hay circunstancias en las que volver la mirada hacia la propia historia resulta inevitable. Quien se haya embarcado en la aventura de hacer una tesis doctoral estará de acuerdo que terminarla con la defensa pública es uno de esos momentos que provocan mirar hacia atrás y agradecer. Esta fue la excusa para una conversación que tuve el otro día con un buen amigo, que me resultó un regalo, que estoy recordando con frecuencia y que me parece digna de recuperar en un post. Hablábamos de lo que suponía estar arraigados y ambos compartíamos la convicción de todo lo que nos jugamos existencialmente en la base sobre la que hayamos cimentado la propia vida.

Igual es porque los dos somos cuarentones y ya no necesitamos que otros nos cuenten que hay un tiempo en el que se puede “sobrevivir” sosteniéndonos en expectativas, propias o ajenas, en nuestras capacidades o en las metas laborales que nos marcamos. Pero llega un momento en el que la realidad se impone, muestra el verdadero valor de todo eso y sólo nos podemos mantener en pie cuando se ha invertido tiempo, esfuerzo y búsquedas en cuidar las raíces para arraigarnos en el Único firme.

Él se expresaba usando la parábola evangélica del árbol bueno que, porque tiene buenas raíces, puede dar fruto, quizá poco, pero bueno (Mt 7,16-18). A mí se me repite la expresión del mismo Dios en boca de Isaías: “Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes” (Is 7,9). Raíces, cimientos… da igual la imagen, siempre que sostengan la vida.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

Griego clásico y Eucaristía

Nunca he negado mi condición de friki, al revés, tengo la certeza de que en esta vida hay que estar entusiasmada por algo hasta el punto de poder parecer extravagante o rara, que es la definición que hace la RAE de este adjetivo. Pues en mi peculiar afición a la Biblia, su mundo y sus lenguas, me estoy leyendo un libro que resulta muy recomendable: “La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego”. La autora, una verdadera apasionada por el griego clásico, te va introduciendo en la lógica interna de esta lengua muerta de forma muy graciosa y amena. Esto ya me lleva a una primera consecuencia muy aplicable a la misión: sólo puede despertar pasión por algo (o por Alguien) quien vive apasionada por eso mismo.

Me diréis que qué tiene que ver todo esto con la Eucaristía. Debe ser por la cercanía de la fiesta del Corpus, pero me ha venido esta relación cuando he empezado a leer cómo la autora explica que en griego las palabras puedan estar en singular, dual y plural. Ella pretendía mostrar que, mientras nosotros nos ocupamos de la cantidad, del número de elementos, a los griegos les interesaba más la relación. De ahí que el dual se utiliza no tanto porque haya “dos” cosas, sino por el estrecho vínculo que, sin dejar de ser dos, se convierten en una unidad.

Hablar de Eucaristía nunca es hablar de números ni de cantidad, sino de lazos, de deseo de unión y de cercanía. Celebrar la Eucaristía nos lanza a generar vínculos y puentes allá donde estamos. Adorar la Eucaristía es acoger a ese Dios empeñado en entrar en relación con nosotros hasta que Él mismo nos decline en dual con Él.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

Reclinar la cabeza

Madrugar y usar el transporte público implica que dormir con desconocidos o velar sus sueños es una práctica habitual y cotidiana. Esta mañana en el autobús hacia Moncloa, mi compañera de viaje había caído en brazos de Morfeo y yo, de refilón, iba viendo cómo poco a poco inclinaba la cabeza hasta acercarse peligrosamente a mí. Os podéis imaginar que me he pasado parte del viaje mirando de reojo cómo se iba acercando y temiendo que, en la primera curva, su cabeza acabara apoyada en mi hombro.

Como soy un poco “freaky bíblica”, la escena me ha recordado lo que Jesús dice en el evangelio de Mateo: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Se me ocurría pensar que igual nuestra vocación tiene que ver precisamente con ofrecer un hombro en el que reclinar la cabeza para aquellos que no encuentran otro lugar en el que apoyar sus vidas y descansar el corazón. Me daba por imaginar que quizá esta disponibilidad para convertirnos en “almohadas” de la existencia ajena sea más importante que muchas de nuestras tareas, aunque luzca bastante menos. La paradoja es que sólo podremos asumir esta misión en la medida en que nosotros hagamos lo mismo que el discípulo amado en el evangelio de Juan: recostar nuestra vida sobre el pecho de Jesús (Jn 13,25).

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

De expectativas y cambios

Últimamente me estoy aficionando a una serie que dan cada semana en televisión y que se desarrolla durante los años veinte, en una “escuela de señoritas” ubicada en Sevilla. Más allá de la trama y del contraste entre la educación femenina clásica y la nueva percepción de la mujer que podría estar despertando en esa época, lo que más me gusta es la finura psicológica que muestran a la hora de describir los personajes. A golpe de miradas, palabras y gestos, no resulta difícil vislumbrar los miedos, las dudas, luchas interiores e inseguridades que experimentan las protagonistas.

Del capítulo de ayer me quedo con el modo en que una de las profesoras, prototipo de quien cumple socialmente cuanto se espera de ella, empieza a descubrir que su yo más verdadero se esconde y se ahoga bajo el rol social que tan bien interpreta. Es el encuentro con un tú capaz de mirar más allá de su máscara lo que le inquieta y le permite intuir otra forma de vivir. De forma muy sutil al espectador se nos invita a reconocer el profundo deseo de cambio y, a la vez, el miedo que provoca salir de lo seguro, aunque resulte asfixiante.

Es verdad que no estamos en esa época ni bajo esos parámetros sociales, pero no me resulta difícil reconocer bajo estos personajes algo que todos y todas vivimos: el peso de las expectativas que nosotros u otros vuelcan como un peso que nos asfixia y la valentía necesaria para preferir verdad a la seguridad de lo conocido y dominado. Como en la serie, en creyente también es el encuentro con Otro el que desvela nuestras mentiras existenciales, el que nos urge por dentro a liberarnos de miedos y a sacar nuestro yo más verdadero a la luz, lanzándonos a lo incierto de un terreno que no es conocido. Ojalá nos suceda como en la serie, en la que, a pesar de las resistencias iniciales de la protagonista, termina el capítulo rindiéndose al impulso que le permite respirar profundo. Ojalá seamos mediación de ese Dios que despliega alas y rompe las expectativas, por muy santas y venerables que estas sean.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

De silencio y entrega de la vida

Este año la Semana Santa me ha encontrado participando en nuestro Capítulo General, y justo hoy, Jueves Santo, hemos tenido una larga sesión escuchando la memoria de todo lo que se ha hecho en la Congregación a lo largo de los últimos seis años. Sin duda esto tiene mucho que ver con que hoy me brotara fijarme en lo discreto que resulta ser el Galileo a la hora de entregar la vida. Lo hace en la intimidad del grupo de sus amigos, sin adornos ni alharacas, en unos gestos tan discretos como desconcertantes: partir y repartir el pan, lavar los pies de sus discípulos.

Quizá entregar nuestra vida para dar vida alrededor también tiene que ver con el silencio, la discreción y lo escondido, frente al gusto que solemos tener por mostrar y hacer públicos nuestros logros, mientras ocultamos nuestros límites y evitamos la autocrítica.

Le pido a Jesús que, al contemplarle esta tarde, nos vaya haciendo más silenciosos y menos necesitados de publicitar el amor.

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

San José, Espíritu Santo y discernimiento

Es verdad que la Escritura, cuando es proclamada, adquiere unas resonancias distintas a cuando es leída. Parece que llega a nuestra vida de manera distinta, o al menos eso me ha sucedido esta mañana. He leído y escuchado mil veces la lectura de Mateo que le da a José protagonismo, pero hoy me sonaba con fuerza el anuncio que recibe:

“José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo(Mt 1,20).

Lo más habitual es pensar que, con esta frase, al pobre José le están aliviando la duda sobre la fidelidad o no de María. Pero eso no me encaja demasiado con la descripción que el propio evangelista hace de este hombre como alguien justo (Mt 1,19). En la Escritura este adjetivo describe a quienes se ocupan y se preocupan por hacer en sus vidas el sueño divino para ellos. En cambio esta definición sí que concuerda con la duda que a todos nos ha asaltado alguna vez sobre si estamos o no haciendo lo que Dios quiere.

Esta mañana me imaginaba a José como yo muchas veces: en búsqueda y sin respuestas claras a la pregunta por la voluntad del Señor para mí aquí y ahora. Me encanta descubrirle tanteando respuestas, atento a esos signos, pequeños como un sueño, que hacen fuerte la certeza nunca segura de que algo sea “del Espíritu Santo”. Que Aquél que cuidó y acompañó a Jesús en su infancia nos enseñe también a nosotros ese olfato especial para reconocer las cosas de Dios y, de ese modo, podamos también cuidar y acompañar a quienes entran a formar parte de nuestra vida.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

“Abre tus alas, hermana”

Hace unas semanas que una amiga de otra Congregación me envió una foto de la pintada que había aparecido en la pared de su colegio. En estos días me ha venido a la cabeza esa frase en el muro: “Abre tus alas, hermana”. No tengo muy clara cuál era la intención de quien lo escribió, pero desde que la leí me resultó un precioso guiño de ese Dios que se empeña en desplegar todas nuestras posibilidades, en sacar nuestro mejor yo, impulsarnos a volar más allá de lo que hubiéramos pensado e incluso de lo que nuestras propias alas dan de sí.

Durante esta semana, mientras todo el mundo celebraba y reivindicaba una igualdad real para mujeres y varones, pensaba en cómo la Vida Religiosa femenina nació con vocación de “dadora de alas”, como espacio en el que muchas inquietas y buscadoras de Dios se liberaban de los condicionantes sociales que las asfixiaban como si de un corsé apretado se tratara. Me resulta inevitable preguntarme si no se habrán cambiado las tornas y ahora los “corsés” estén más dentro que fuera de nuestras comunidades. Quizá no es mal momento de que, acordes con el grito de la sociedad, también recuperemos y renovemos esta vocación esencial de extender nuestras alas y las de los demás.

Junto a este pensamiento, me venía a la cabeza que en la Biblia se le desea a Rut lo siguiente: “que tengas cumplida recompensa de parte de YHWH, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte” (Rut 2,12). La protección y el cuidado, también el divino, se expresa como cobijarse bajo unas alas. Aquél que nos despliega las alas nos guarece bajo las suyas. Solo quienes abren sus alas podrán, a su vez, asemejarse al Señor y amparar a quienes quieran acercarse en busca de apoyo, cuidado y calor.

Ojalá escuchemos cada mañana ese “abre tus alas, hermana” y podamos susurrarlo al corazón de cuantos se nos acerquen.

Publicado en Sin categoría | 3 comentarios

Efectos especiales

En la Eucaristía de esta mañana hemos tenido un apagón de lo más oportuno. En el momento en que el sacerdote introducía el acto penitencial se apagaron todas las luces del presbiterio y empezaron a brillar con fuerza las de emergencia. La celebración siguió su ritmo normal, pero en el momento en que se iba a proclamar el Evangelio, volvieron las luces y la capilla se iluminó de nuevo. Quien celebraba, antes de empezar su homilía, comentó jocosamente que, después de esta “misa con efectos especiales”, no sabía muy bien qué decir.

Quizá por lo que en este inicio de cuaresma de ronda en el corazón, a mí se me ocurrió pensar que nos pasa con frecuencia lo de la Eucaristía de hoy. Cuando prestamos más atención a nosotros mismos y nos centramos en nuestro pecado, en nuestra fragilidad o en nuestra impotencia, no es difícil “quedarnos a oscuras” y regodeándonos en nuestro barro. Pero es la voz de Otro, con la Buena Noticia de que sólo Él es Quien transforma, Quien sana y Quien ama sin condiciones, lo que pone una luz nueva capaz de hacernos salir de esos agujeros negros en los que, una vez que entramos, resulta difícil salir.

Ojalá en este tiempo podamos confesar eso que canta Izal, “eres luz que va llenando cada espacio hueco que se va encontrando”.

Publicado en Sin categoría | 3 comentarios

Tomar distancia

La verdad es que, aunque viajo bastante, pocas veces tengo que hacerlo en avión. El otro día fue una de esas ocasiones. Aunque era muy temprano y mi rutina favorita en estos casos es dormir, me estuve fijando en cómo íbamos cogiendo altura. A medida que subíamos, la bulliciosa ciudad de Madrid, que estaba amaneciendo a sus prisas, se quedaba pequeñita y daba la sensación de que su velocidad se iba menguando.

No sé muy bien cuál fue la relación de ideas, pero mientras ascendíamos me acordé de algo que me había contado una amiga. Ella me explicaba cómo una situación que había intentado evitar sin éxito le parecía una nimiedad desde que se había enterado de que una amiga suya tenía una grave enfermedad. Y es que sólo apreciamos las verdaderas dimensiones de cuanto nos sucede cuando nos alejamos de ellas y nos damos cuenta de que su tamaño no es tan grande, cuando, como sucede al despegar, trascendemos a nuestra percepción y miramos la realidad desde otra perspectiva.

Quizá confiar en Dios tiene que ver también con ser “aviones” que ascienden para descubrir que los problemas no son tan grandes, que las prisas son inútiles y que nuestras inquietudes son relativas porque “¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?” (Mt 6,27).

Publicado en Sin categoría | 2 comentarios

Una “pareja de hecho”

En el tiempo ordinario y en las lecturas diarias no suele haber ninguna relación entre la primera y el evangelio, pero el otro día la liturgia presentaba dos personajes que me parecieron que hacían una muy buena pareja: Ana, la estéril madre de Samuel (1Sam 1,9-18), y el endemoniado que se encuentra con Jesús en la sinagoga (Mc 1,23-26). Ya sé que no lo parece a simple vista, pero ambos tienen en común un modo poco “políticamente correcto” de relacionarse con el Señor.

Ana es una mujer que sufre porque es incapaz de engendrar vida en su seno. Toda la amargura y el dolor que llenan su corazón los vuelca sin reserva ante Dios, hasta el punto de perder toda compostura y que los demás piensen que está borracha. Del endemoniado que nos dibuja Marcos no sabemos nada, sólo que salta por los aires toda censura para dirigirse a Jesús en unos términos trasgresores: “¿Qué tenemos contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?” (Mc 1,24). Los dos, tras encontrarse con el Señor de esta manera tan desencarnada, quedaron transformados. Si bien Ana “ya no parecía la misma” después de desahogarse en el santuario (1Sam 1,18), también el espíritu inmundo abandonó al poseído obedeciendo al Galileo.

Quizá esta “pareja de hecho” que reunió el otro día las lecturas de la liturgia se nos convierte en una invitación a que nuestra relación con Dios no quede configurada por el formalismo o el lenguaje moderado, sino por esa honesta confianza de quienes no tienen reparo en perder las formas externas por expresarse en verdad o de quienes son capaces de verbalizar esa inconfesable sospecha de que, si dejamos entrar a Jesús en nuestra existencia, es muy capaz de ponerlo todo “patas arriba” y  algo en nosotros va a ser destruido. Quizá esta sea la forma de dejarle a Él que nos vaya transformando por dentro.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario