LO QUE PASA Y LO QUE PERMANECE (1 COR 7, 29-31)

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(Comunidad ecuménica de Taizé). Resulta fácil malinterpretar algunos pasajes de las cartas de San Pablo. La Primera Carta a los Corintios es, en gran medida, la reacción de Pablo ante diversos malentendidos.  Estos son numerosos: acerca de la libertad de un cristiano, acerca del matrimonio y el celibato, acerca de la resurrección y otros muchos. Los corintios prácticamente habían reducido las enseñanzas de Pablo a una serie de slogans. En la carta que les dirige, Pablo pretende aportar las clarificaciones necesarias. Clarificar para él no supone imponer reglas nuevas más estrictas o limitar una libertad que pudiera haber sido mal usada en el pasado. Significa, por encima de todo, ayudar a los cristianos de Corinto a comprender el mundo y su vida con «la mente del Señor» (1 Cor 2, 16). De ahí deriva una comprensión de todos los matices, que tome en serio la situación de cada persona para discernir correctamente.

Cuando Pablo afirma «la representación de este mundo se está acabando», no pretende descalificar lo humano, como si estuviera diciendo «ningún aspecto de vuestra vida humana tiene valor verdadero. Solo lo invisible importa». No podemos entender la originalidad de Pablo si le leemos de esta manera. Pablo no está animándonos a abandonar la tierra y las responsabilidades humanas. No habla como un filósofo hastiado de la vida, lleno de desdén por el mundo. Nótese que el verbo está conjugado en presente: «se está acabando». Pablo no escribe que «la representación de este mundo se acabará». Ya desde hoy, en nuestra realidad diaria, hay una nueva vida que brota, una nueva       creación. Se nos invita a que nuestras mentalidades, nuestras opciones, nuestras preocupaciones, nuestros comportamientos, estén en consonancia con este hecho. ¡Hay que implicarse en este nuevo mundo! Es como si Pablo nos dijera «los esquemas que os ayudan a dar sentido a este mundo ya no son válidos, no porque el mundo ya no tenga valor, sino porque ha recibido un valor adicional en Cristo resucitado. Así pues, hay que mirar la realidad desde la perspectiva de la resurrección. No podemos contentarnos con menos». Este es el mensaje de Pablo. Aquel que vive en esta esperanza verá que sus preocupaciones y prioridades cambian. Su atención y sus energías se verán desplazadas hacia lo que no desaparece. Resulta significativo que cuando el Concilio Vaticano II cita a San Pablo hablando de la representación de este mundo y su final recuerda, en el mismo párrafo, que «el amor y sus obras permanecerán» (GS 39, 1). ¿Cuáles son nuestros criterios a la hora de determinar nuestras prioridades y discernir lo que pasa y lo que permanece?