VIDA RELIGIOSA, ENTRE EL OSO Y LAS HORMIGAS

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[Carles Such, Sch.P, Lima (Perú)].En estos días que hemos pasado en cuarentena, 107 para ser exactos, me ha dado tiempo para pensar, reflexionar y contrastar muchas cosas de nuestra vida religiosa a la luz de lo vivido. La cuarentena para nosotros los religiosos, en lo que tiene de ‘encierro’: relaciones personales intensas, permanencia en un lugar cerrado y privación de algunas experiencias sociales y relacionales, etc., solo nos ha devuelto una dimensión quizá algo olvidada o adulterada por la vida híper-activa que llevamos. La cuarentena nos ha recordado que toda vida religiosa tiene una dimensión contemplativa, un espacio de claustro, que no solo es consustancial a la vida religiosa misma, sino que perderla es relajar nuestra propia opción vocacional. Así que, por ese lado, para nosotros este tiempo de confinamiento, aislamiento… ha sido un tiempo de desierto, pero no de aridez y sequedad, de muerte y desolación, sino el lugar donde se renueva el primer amor, tal cual indica el profeta Oseas (2,14): «Así que voy a seducirla, la llevaré al desierto y allí le hablaré a su corazón».

¿Qué hemos escuchado en nuestro corazón estos días? ¿Qué encuentros interiores hemos experimentado en la oración y la contemplación, en el silencio y en la cadencia monótona de los días? ¿Qué pensamientos y reflexiones nos han ocupado fundamentalmente? ¿Qué emociones y sentimientos pasaron y cómo los vivimos? ¿Qué inquietudes aparecieron y quiénes eran el objeto de esas inquietudes? ‘Hablar al corazón’ no es una expresión afectiva exclusivamente, en la escritura, el corazón es la sede vital de la persona, pero quiere hablar de totalidad, no solo del ámbito emocional, por importante y significativo que sea. En el fondo, la pregunta fundamental a mi entender sería: ¿he vivido seducido por Dios en este tiempo? Y ciertamente hay indicadores objetivos para determinar con qué o con quién me he sentido seducido:

– El tiempo extra dónde lo he utilizado.

– En los momentos de ansiedad a qué o a quién me he agarrado.

– En el hastío y el cansancio dónde he reposado.

– Cuáles han sido mis preocupaciones fundamentales.

– ¿Han sido los pobres una inquietud fastidiosa de conciencia estos días?

Comparto parte de mi experiencia en este tiempo, en donde se me aparecieron estas dos posibilidades: vivir como un oso (y no solo por mi abundante pelo) o como hormiga.

Dos maneras de vivir el ‘invierno’: el oso y las hormigas

Cuando llega el invierno, ambiental o del alma (del que hablaban san Juan de la Cruz, santa Teresa y tantos otros santos), podemos enfrentarnos a dos posturas vitales que tienen su parangón en el mundo animal: los osos y las hormigas. Invierno es un tiempo ‘aparente’ de muerte o, al menos, de no vida (que no es lo mismo). Todo árbol, siendo árbol, no se reconoce muerto en su letargo invernal sino solo ‘en espera’, porque no tiene la posibilidad de la esperanza, sino solo de la sucesión temporal que más tarde o más temprano, acabará suscitando dentro de él una fuerza nueva (y vieja porque siempre es la misma) de vida, haciéndolo brotar nuevamente y suscitando fruto conforme a su naturaleza. Si esto lo ‘vive’ un vegetal, ¿por qué a los seres humanos nos cuesta tanto reconocer esta ley de vida que nos conforma? Y aún más en concreto, si la vida religiosa es signo y profecía del Evangelio y de Jesucristo mismo,  ¿por qué vivimos nuestro otoño e invierno como momentos de fragilidad, límite o final? Quizá, observar a nuestra naturaleza nos ayude a situarnos como personas y como religiosos. Aquí nace mi reflexión de hoy, fruto de este encierro civil y puesta la mirada en la creación que nos circunda.

¿Qué hacen los osos?

Los osos, junto a otros animales, ante el inclemente inverno por su temperatura extrema y la ausencia de comida (no es una propuesta voluntaria sino obligada por las situaciones) hacen acopio personal de alimento que acaba generando grasa corporal de la cual irán consumiendo en su temporada de inactividad y sueño. Es un ejercicio de supervivencia forzado y centrado en la propia vida, de tal manera que no se alimentan en el invierno de productos recolectados sino de los propios consumidos en exceso para crear lo que será su despensa hibernal, su propia grasa. (No podemos decir que sea una medida egoísta cuanto de supervivencia).

Este proceso lo viven centrados únicamente en sí mismos, ni siquiera los cachorros son alimentados por sus padres, sino que ellos mismos han de proveerse de un exceso de comida para que el periodo en el que tendrán que estar durmiendo (porque es el estado de menos consumo energético), puedan sobrevivir sin comer. Es tan extrema la situación que, si uno entrara en una guarida de osos en pleno invierno y los despertara, no nos mirarían con ojos tiernos como diciendo ‘déjame dormir que tengo mucho sueño’ cual buen adolescente humano, sino que con harta hambre y brutal ferocidad nos devoraría sin pensarlo al sentir la punzante hambre que le embarga. Que es precisamente lo que hará cuando acabe el periodo invernal y salga a cazar.

De esta práctica ursina sacamos algunas conclusiones evidentes:

– Ante la inclemencia y la escasez, hay que guardar personalmente para cuando no hay.

– Cuando la amenaza exterior es superior a mis fuerzas, lo mejor es prevenir, aunque conlleve un sacrificio físico (en este caso).

– Durante el invierno quien se cuida debe permanecer inactivo para no gastar energía que no le sobra.

– Lo importante es uno mismo, pues está en uno la capacidad de poder sobrevivir del excedente alimenticio adquirido en la época de primavera, verano y otoño.

¿Qué hacen las hormigas?

Las hormigas son una especie que destaca por su organización social. Cada una nace con ‘una vocación’ específica y algunas de ellas con la posibilidad de desarrollar esa vocación y convertirse en reinas. Básicamente están las obreras, las soldados, las princesas y la reina. Según la especie puede variar, pero poco. No vamos a dar una clase de mirmecología que es una rama de la entomología que estudia a estos insectos. Vamos a centrarnos en su respuesta al invierno, tal y como hemos visto en los osos. ¿Qué hacen las hormigas ante el invierno?

La necesidad de las hormigas no es esconderse porque no haya alimento en invierno, sino por el efecto que el frío provoca en sus cuerpos. Como en nosotros, el frío afecta su sistema linfático y las paraliza. Para evitarlo, o bien viven en lugares cálidos, pero donde hay invierno con bajas temperaturas necesitan hibernar. ¿Cómo se preparan? Pues de manera organizada, sin dejar de pensar (aunque no piensen) en el grupo, hacen acopio de alimentos que almacenan en sus alacenas (lugares del hormiguero bien ventilados para conservar el alimento). Tienden a profundizar, esto es, acudir a los lugares más hondos del hormiguero para encontrar mayor calor y siguen su actividad de manera más ralentizada. Las obreras alimentan a la reina y al resto; las soldados cuidan las larvas y mantienen la entrada protegida; y la reina continúa dando vida, esto es, poniendo huevos (larvas) que se convertirán en nuevas hormigas. Han de realizar labores de limpieza y de asegurar la entrada ante posibles peligros exteriores. Cuando el frío constante desaparece, aprovechan los momentos de sol para salir, tomar calor en su cuerpo y regresar a sus lugares, muy juntas para conservar el calor corporal y que se mantenga más tiempo.

De esta práctica sacamos otras conclusiones:

– Las hormigas no cesan su actividad en ningún momento, solo se reorganizan para poder subsistir y asegurar la producción de vida manteniendo a la reina.

– Los roles se mantienen, aunque diversifican los objetivos.

– Hay un movimiento generalizado a profundizar, donde el calor de la tierra les asegura la actividad y la vida.

– Se da una tendencia a juntarse más para mantener mejor la temperatura corporal y evitar que se queden paralizadas por el frío exterior.

– La producción de vida no se interrumpe, por eso, continúan sirviendo a la reina y cuidando las larvas.

Y presentados estas dos maneras de afrontar el invierno, ¿qué tiene que ver esto con la vida religiosa? Pues son como dos parábolas modernas, actuales, que intentan reflejar dos actitudes de la vida religiosa al momento en el que estamos y que denominamos ‘invierno’ (por falta de vocaciones, por la pandemia, por la falta de valores cristianos en la sociedad…).

¿Por qué les habla en parábolas?

Cuando Jesús insiste en hablar con parábolas a los que le siguen para escucharle, acaba suscitando una pregunta entre el grupo más íntimo. Este momento lo refleja el Evangelio de Mateo y en concreto en medio de la parábola del sembrador. El motivo de estas comparaciones anteriores quiere tener también este marco evangélico (Mt 13,10-16).

¿Por qué les habla en parábolas?

Jesús les contestó: «A ustedes, Dios les da a conocer los secretos del Reino de los cielos; pero a ellos no. Pues al que tiene, se le dará más, y tendrá bastante; pero al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará. Por eso les hablo por medio de parábolas; porque ellos miran, pero no ven; escuchan, pero no oyen ni entienden. Así, en el caso de ellos se cumple lo que dijo el profeta Isaías:

“Por más que escuchen, no entenderán,

por más que miren, no verán.

Pues la mente de este pueblo

está entorpecida,

tienen tapados los oídos

y han cerrado sus ojos,

para no ver ni oír,

para no entender ni volverse a mí,

para que yo no los sane”.

Pero dichosos ustedes, porque tienen ojos que ven y oídos que oyen. Les aseguro que muchos profetas y personas justas quisieron ver esto que ustedes ven, y no lo vieron; quisieron oír esto que ustedes oyen, y no lo oyeron».

Tras escuchar la primera parte desarrollada y este texto del Evangelio, ¿dónde nos situamos? ¿Entre los que ‘conocemos los secretos del Reino de los cielos’; entre los que ‘tienen tapados los oídos y han cerrado sus ojos’ o en la dicha de ‘tener ojos que ven y oídos que oyen’?

La vida religiosa tiene vocación de intimidad, de ser parte de ese grupo pequeño que acompaña a Jesús presente en nuestro tiempo. El origen de la vida religiosa no es tanto la misión evangelizadora como hoy la entendemos sino el testimonio vivo de reflejar la vida de Jesucristo. Estamos llamados a discernir su presencia y su vida en los acontecimientos presentes, en las personas contemporáneas, en la lectura creyente de la historia reciente para encarnarla y reflejar a Jesús hoy. Tener oídos que oyen y ojos que ven es tener la capacidad, el don, de escuchar con los oídos de Jesús y tener la mirada del Cristo.

Los osos se parecen a (cf. Lc 12,13-21) «aquel hombre rico, cuyas tierras dieron una gran cosecha. El rico se puso a pensar: “¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Y se dijo: “Ya sé lo que voy a hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes, para guardar en ellos toda mi cosecha y todo lo que tengo. Luego me diré: Amigo, tienes muchas cosas guardadas para muchos años; descansa, come, bebe, goza de la vida”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta misma noche perderás la vida, y lo que tienes guardado, ¿para quién será?”. Así le pasa al hombre que amontona riquezas para sí mismo, pero es pobre delante de Dios».

Hoy vivimos en esta tensión de sobrevivir a toda costa, pero sobrevivir yo, mi comunidad, mi congregación, al estilo del oso. Hagamos campaña vocacional agresiva, engrosemos cuanto podamos y repleguémonos en nuestra misión, en nuestro espacio y con nuestra gente. Permanezcamos escondidos ante tanta inclemencia ambiental, distanciémonos de la amenaza y creemos espacios para la supervivencia. Sé que es una ‘exageración’ como cada una de las parábolas de Jesús en el Evangelio, pero aumentando la realidad es donde se ven los recovecos a limpiar y renovar. Analicemos más en concreto actitudes que se pueden estar dando entre nosotros y que nos sirva como materia para nuestra reflexión y discernimiento.

La parábola que acabamos de escuchar y que refleja muy bien esa actitud «osuna», se reconoce en nuestras vidas en algunos indicadores:

– El texto bíblico advierte sobre ‘Cuidarse de toda avaricia’. La avaricia es un afán desordenado de poseer con la característica de no compartir con nadie. Estoy seguro que ninguno de nosotros acaparamos plata en nuestras cuentas, y si la hay, es para las necesidades ordinarias, pero sí podemos estar cayendo en la segunda parte de la avaricia ‘no compartir con otros’. En momentos de dificultad, prueba, escasez, la tendencia es guardarse o aprovecharse. Debemos analizar cuál es nuestra postura como religiosos, si en estos días estamos compartiendo lo que somos y lo que tenemos o solo guardando para los nuestros. Y ciertamente no hablo solo de bienes materiales (que también deberemos examinarnos ahí mirando a nuestro alrededor), sino de los dones espirituales y carismáticos. La donación tiene que ver con disponibilidad (y aquí entra de lleno nuestra obediencia a nuestros superiores y a la misma Iglesia), tiene que ver con la entrega desinteresada, en la que no busco que me necesiten (sutilidad muy arraigada en la vida consagrada) sino dar indiscriminadamente (la actitud del sembrador) y con la respuesta acomodada a la realidad, de manera que cada cual aporta su don carismático, pero asegurando que responde a la realidad en la que estamos. Está muy bien rezar por los que sufren, pero quizá necesitan una llamada y unas palabras de aliento. Está muy bien asegurar la catequesis, pero quizá necesitan comer. Está muy bien asegurar el servicio educativo, pero quizá está viviendo un entorno hostil y agresivo por la situación.

– Otra advertencia del Evangelio es ‘Amontonar riquezas para un mismo’. De nuevo si entendemos estas riquezas desde la perspectiva material ninguno nos veremos reflejados en la afirmación, pero y si, como los osos, estamos amontonando riquezas espirituales para engrosar la grasa corporal de nuestro espíritu. Aquí entraría esa realidad a la que el papa Francisco llama autorreferencialidad. Donde el centro de mi vida espiritual soy yo y mis necesidades. ¿Cuántos estos días hemos expresado a alguien: es que necesito respirar, necesito mi espacio personal, tiempo para…? Es una necesidad psicológica sin duda, es un sentimiento que aparece sin yo buscarlo. Pero en este tiempo en donde se ha entronizado el mundo emocional o los reclamos de la propia biología, hemos de recordarnos que además de realidad afectiva y biológica soy también un ser racional, volitivo y espiritual. Las riquezas se amontonan cuando no logro equilibrar estas cinco dimensiones de mi persona: corporal, emocional, racional, voluntad y espiritual. Fíjense que somos capaces de determinar con facilidad a una persona que amontona riquezas de su cuerpo (gimnasios, vivir de la apariencia, obsesión por el peso y la talla…), o incluso por lo emocional (yo me siento así –y por tanto la realidad es solo lo que yo siento–, es que necesito sentir que valgo, que soy útil… y no logras sacarlos de ahí), o por lo racional (muy centrados en la lógica, lo intelectivo, los estudios propios o la emancipación intelectual que hablan ex cátedra). Pero, ¿qué sería en nuestra vida amontonar riqueza de voluntad o riqueza espiritual? La primera tiene que ver, de nuevo, con la obediencia, con la docilidad interior (que nunca es sumisión), con la apertura a la voluntad de Dios –no amontono, si me vivo en búsqueda–, pues la voluntad de Dios que me saca de la tiranía de mi propia voluntad y juicio, siempre es una búsqueda y, normalmente, compartida, de ahí que requiere de otras instancias, de poder ser acompañado y contrastado. Y la segunda, el amontonar riquezas espirituales hace referencia a lo que Francisco señala como enemigos de la santidad en GeE y en EG: el gnosticismo. Que es esa seguridad de estar en la verdad y controlarla por medios espirituales, la obsesión por la pureza doctrinal, el liturgismo y que sesga la realidad para hacerla maniquea (lo bueno y lo malo; lo correcto y lo erróneo; lo verdadero y lo falso…) sin dar opción a los matices, a la interpretación, a la contextualización.

Y finalmente, esta parábola de Jesús concluye con una advertencia: ‘rico para uno mismo y pobre delante de Dios’. Y ciertamente no hace referencia a la pobreza como actitud humilde ante Dios, sino como la persona que se llena de sí (de cualquiera de sus riquezas), centra su atención en las ganancias de este mundo. Podemos ubicar bien esta expresión recordando las palabras de Jesús en el sermón del monte cuando habla de la limosna, la oración y el ayuno. Hay acciones o adquisiciones que su premio es precisamente lo que adquirimos con ellas. Pero hay otra manera de vivir, que es hacerse rico ante Dios, bienaventurado, pobre. Y esto pasa necesariamente por la discreción, el anonimato, cambiando el horizonte de nuestras acciones.

Las hormigas se parecen (cf. Mt 6,25-34) a aquellos de los que Jesús dijo: «…No se preocupen por lo que han de comer o beber para vivir, ni por la ropa que necesitan para el cuerpo. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves que vuelan por el aire: no siembran ni cosechan ni guardan la cosecha en graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en el cielo les da de comer. ¡Y ustedes valen más que las aves! En todo caso, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora? ¿Y por qué se preocupan ustedes por la ropa? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¡con mayor razón los vestirá a ustedes, gente falta de fe! Así que no se preocupen, preguntándose: “¿qué vamos a comer?” o “¿qué vamos a beber?” o “¿con qué vamos a vestirnos?”. Todas estas cosas son las que preocupan a los paganos, pero ustedes tienen un Padre celestial que ya sabe que las necesitan. Por lo tanto, pongan toda su atención en el Reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios, y recibirán también todas estas cosas. No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas».

Lo primero a resaltar de la imagen de las hormigas es que dan una respuesta comunitaria ante una amenaza ambiental. La vida religiosa es entrañablemente comunitaria. La vivencia del carisma, el desarrollo y actualización del mismo, la misión, la postura y actuación que debe adoptar la congregación ante la realidad debe ser un ejercicio comunitario y, como hacen esos peculiares insectos, discernido. Cada uno tiene sus dones para el enriquecimiento y el bien del resto. Acogiendo la llamada del Papa a vivirnos en continuo discernimiento, y este es un ejercicio, una tarea que no debemos dar por hecha. Discernir no es una práctica sin más, es una manera de vivir. ¿Nos hemos preguntado en este tiempo cómo debemos afrontar este momento como comunidad, como congregación? No es tiempo de cambiar dones y talentos sino de ajustar objetivos y divisar nuevos horizontes.

En segundo lugar, destaco esta tendencia de las hormigas a profundizar. Qué imagen tan sugerente, poder acudir a un lugar donde la vida es posible porque hay más calor, un medio más adecuado. ¿Qué es profundizar para un religioso? Ir al centro, ir a la fuente, ir a lo esencial. Es un momento privilegiado para la mística. Como se nos recordaba hace años con el sínodo que se celebró sobre la vida consagrada de donde nació Vita consecrata y que animaba a recuperar esta dimensión inherente a nuestra esencia. Porque mística no es rezar mucho, es hacer experiencia, provocar en uno y en la comunidad la experiencia de Dios, ayudar a constatarla, a buscarla, a desearla. En muchas ocasiones dedicamos muchos tiempos a capacitarnos, a las charlas, incluso a los retiros, y es bueno, pero ¿conseguimos incrementar nuestro deseo de Dios? Como dice el poeta Luis Rosales ‘de noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra’. ¡Vivimos un momento tan adecuado para ser testigos de lo que profesamos! Jesús en este Evangelio que enmarca esta imagen que estoy utilizando hace una llamada a creer. Se percibe cierta ‘sabia rabia’ al decir: Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¡con mayor razón los vestirá a ustedes, gente falta de fe! Tendremos que preguntarnos si las palabras, preocupaciones y temores han tenido el mismo contenido en una casa de estera en el cerro o en nuestra comunidad religiosa. Profundizar para salvaguardar la vida…

En tercer lugar, qué hermosa imagen la de las hormigas amontonadas unas sobre otras para conservar el calor más tiempo. Si una situación como la pandemia no nos une fraternalmente qué debemos esperar más. Ante tanta búsqueda de seguridad y precauciones (que están bien como ejemplo de ciudadanía, sin duda) no deberíamos taparnos los oídos a esa exclamación de Jesús en forma de pregunta: En todo caso, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora? La preocupación es un movimiento espontáneo del ser humano, pero depositar en preocupación en el centro de nuestra vida es vivir como paganos, como increyentes, como personas sin fe. ¿Dónde se apoyan nuestras palabras cuando nuestras obras no las sostienen? La palabra de un consagrado debería ser un sacramento y esto solo se da si entre nuestra vida y nuestras palabras hay una conexión estrecha y coherente, aunque imperfecta porque no puede ser de otra manera. La vida comunitaria ha de salir fortalecida de este tiempo acogiendo las necesidades personales de cada uno y evangelizándolas. No perdamos esta oportunidad escondiendo nuestras heridas, nuestras flaquezas, nuestras debilidades, pues solo el compartir la mutua fragilidad provoca la fortaleza evangélica: ‘porque cuando soy débil, entonces soy fuerte’ reconocerá san Pablo. ¿Se han dado cuenta la tremenda diferencia que hay entre un oso y una hormiga? Pues toda la potencia, fuerza y magnificencia de los osos desgraciadamente no los salvará de la extinción. Las hormigas, en cambio, perdurarán en su minoridad. Son la especie más adaptativa y que mejor ha sabido adaptarse a cada época junto con la especie humana.

Y finalmente, el motor, la razón de ser, de vivir de una hormiga: seguir cuidando la generación de la vida estando al servicio de su reina. Toda su atención en el Reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios, y recibirán también todas estas cosas, nos deja dicho Jesús en este Evangelio. Necesito salud, vocaciones, claridad, ánimo, esperanza, luz, acogida, comprensión, ser querida, realizarme… Busca el Reino de Dios, pues todo el resto es ‘añadidura’ de Dios. Así paga Él. ¿Sabe cuál es la característica que se le da a las hormigas? Providentes. Y nosotros tenemos a la misma Providencia que nos anima a decidirnos por la vida. Cómo resuenan estos días las palabras de Benedicto XVI en Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Es el momento de propiciar y alimentar este encuentro con esta Persona, con el acontecimiento pascual, qué es si no lo que estamos viviendo. ¿Se puede consolar una pérdida humana robada atrozmente por un virus? No, no hay consuelo para la esposa ni para el hijo ni para el hermano. O vivimos la dinámica pascual o esto es el mayor de los tormentos. Preguntémonos pues, este día, a la luz de cómo hemos vivido estos días, cuál es nuestro horizonte y qué orientación decisiva le hemos dado. A mí me ha llenado de orgullo de clan (aunque suene mal), ver a mis hermanos sacerdotes en las parroquias saliendo de sus esquemas, estructuras y mediaciones enmohecidas por la rutina para dar una respuesta a los que pasan hambre, necesitan oxígeno, piden la Palabra y la Eucaristía. Este virus para la Iglesia, para la vida religiosa, puede ser la piedrecita que derribe al gigante del que habla Daniel en su profecía con pies de barro o, una maldición, teniendo la misma mirada que los paganos que se preocupan por el mañana, cuando cada día tiene su propio afán. Nosotros tenemos un Padre en el cielo que ya sabe lo que necesitamos, pues vivamos el Padrenuestro y cuando lo recemos, que lo vean impreso en nuestras obras, en nuestros gestos, en nuestras palabras, en nuestra vida.

Ahí queda el reto, el desafío. Afrontar nuestra vida consagrada como los osos o como las hormigas. Ahí les dejo.