lunes, 21 junio, 2021

“Vete y haz tu lo mismo”: El otro mandato misionero

La parábola del buen samaritano es una enseñanza del Maestro que concluye no en el conocer, o en la transmisión de conocimientos, sino en el “ir” y el “hacer”. El “ir” tiene que ver con el “bajar”, con el “descender”. No con el “subir”, ni “escalar”. El descenso tiene como objetivo dirigirse a los lugares peligrosos del mundo, a los bajos fondos, allí donde la gente se ve despojada, herida y malherida. Se trata de acercarse sin rodeos y enfrentarse con la realidad humana, con la que uno se encuentra. El “hacer” tiene que ver con la conducta de quien no da rodeos, sino que se pone en acción inmediatamente ante la urgencia de la situación. No se trata de un “hacer” desganado o asalariado, ni de un hacer comprendido como mero trabajo. Es un “hacer” que brota de la compasión, de la misericordia abundante y que se expresa en diversas acciones que tienden hacia la restauración de la salud.

La parábola no es frecuentemente interpretada como un “mandato misionero”. Este tipo de calificación se reserva a otros textos como “Id y anunciad el evangelio a todos los pueblos…”. Sin embargo, aquí vemos cómo el Señor, con lenguaje imperativo, le dice al escriba que le había preguntado ¿quién es mi prójimo? ¡Anda! No le dice: ¡Quédate aquí conmigo! Jesús lo envía a los caminos del mundo, a los caminos del descenso y le confía una tarea: ¡Hacer!, no enseñar. El escriba no debe irse para establecer una escuela de teología, sino para innovarse con una praxis según el modelo que se le ha propuesto: el samaritano.

Ambos son textos de misión: los que se refieren al “enseñar” y los que se refieren al “hacer”. Y esto conecta con el estilo de Jesús al anunciar el Evangelio del Reino de Dios: aquello que Jesús “comenzó a hacer y a enseñar” (Hech 1,1). Por una parte la acción, por otra parte la enseñanza.

Da la impresión de que en “la misión del hacer” Dios no es explícitamente mencionado. Y da la impresión, incluso, que el sistema religioso queda intencionalmente malparado: tanto el sacerdote (representante oficial de la religión), como el levita (el pensador y practicante de la fe religiosa) alejan el sistema religioso que representan del acontecimiento y viendo la situación no actúan. Si Dios se acerca al pobre hombre malherido no es a través de sus mensajeros explícitos, sino oculto en un samaritano, considerado hereje por la religión oficial de Israel. Movido por un arrebato de compasión se abaja ante el pobre hombre malherido, lo atiende y lo cuida hasta sacarlo totalmente del peligro. No hay signos sagrados en la historia que Jesús narra; pero todo se vuelve sagrado porque el actuar mismo del samaritano revela la compasión de Dios. Nada extraño, que en otro momento Jesús diga: “tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitásteis…” (Mt 25).

Hemos de tomar en serio este “otro mandato misionero”: es la “misión del hacer samaritano”, “el envío del descenso”, la misión en el ámbito de la sanación y la expulsión de malos espíritus. Es una de las dimensiones imprescindibles de la “nueva evangelización”. Muchos institutos religiosos llevan adelante esa misión. Es la “misión de Dios” que cuida de sus hijos e hijas; en ella lo más importante es el lenguaje del Amor, que conecta inmediatamente con Dios.

Jesús lo dijo de otra forma: “Como el Padre me envío, así os envío yo: ¡amaos… como yo os he amado”. Esta Iglesia sí que se hace creíble y suscita en los demás el interés por conocer a Jesús.

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