UNGIDOS… ¿CON VICKS VAPORUB?

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(Rosa Ruiz). Es una palabra rara. No es coloquial, al menos. Literalmente, ungir algo es untarlo, pringarlo. Me trae recuerdos de infancia, cuando estábamos constipados o con tos y mi madre venía a darnos friegas de vicks vaporub. No quiero hacer propaganda gratis, pero ese momento era genial. Y creo que no lo era tanto por el ungüento en sí, sino por la mano de mi madre o de mi abuela acariciándonos el pecho, la espalda, la garganta y, a veces, ¡hasta los pies! Dicen que tal práctica no solo cura, sino que sobretodo protege y previene, te fortalece, te ayuda a respirar mejor.

La Palabra define a Jesús -entre otras cosas- como “el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38). No sé si resultará irreverente, pero mi recuerdo de infancia me ayuda a entender mejor la unción de Jesús. Y por analogía la nuestra, la de todos. No solo la de los llamados “consagrados” en la Iglesia, sino la de todo ser humano, creatura querida y acariciada por Dios desde el inicio.

Imagino a Dios Padre moldeando a cada nueva criatura desde el seno materno y ungiéndola con el Espíritu Santo, que da calor, fortalece, protege, sella. También con Jesús, niño en el vientre de María, como acabamos de celebrar en navidad, aunque enseguida se nos olvida cuando le contemplamos en el Jordán bautizándose o predicando por los caminos.

Imagino también a Jesús recibiendo la unción serena y luminosa antes de comenzar su misión tras recibir el bautismo de Juan. Nueva etapa. Nueva misión. Nuevos miedos. Nuevos sueños. No en vano, el siguiente paso serán las tentaciones del desierto. Ninguna unción nos lleva en volandas a predicar, a curar, a hacer milagros, a generar seguidores… Siempre hay que pasar por silencio, desierto, soledad y tentaciones. Es humano. Es lo de todos. Pero no es igual pasarlo con el calor de la unción en el pecho (vicks vaporub, con perdón, entiéndanme) y con el toque cálido de quien nos quiere y nos ha dado la vida.

No es igual ir por la vida y afrontar la vocación y la misión sin la mano del Padre sobre la cabeza y el ungüento del Espíritu Santo en el corazón. Vivir así también es ser como Jesús. Intentar vivir como vivió Él: ungidos, haciendo el bien y curando.

Todo lo demás, al final, no pasa de ser unciones para sentirnos como el Emperador, como un semidios alzado o como alguien que puede ejercer el poder dado de lo alto. No veo nada de esto en Jesús. Y menos en la escena del Bautismo. Ojalá aprendamos a vivirnos como criaturas y como bautizados (los que lo estemos) y como consagrados (los que lo estemos) desde dentro. Pasando por uno de tantos.