PROPUESTA DE RETIRO

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Una nueva creación en Cristo. Camino permanente de conversión

Mi vida es un regalo de Dios

que no se cuenta en años

sino en amor vivido a cada instante.

Hoy es el día que hizo el Señor.

Lo planeó para que sea el más importante

de mi vida.

Ayer ya pasó para nunca más volver.

Así pues no debo preocuparme de él,

sino dejarlo en las manos de nuestro Dios.

Mañana y todo lo que traerá

es parte del misterio de su Amor.

Mañana tal vez no vendrá.

Solamente hoy está en mis manos.

Dios planifica cada día con su sabiduría infinita

y así me regocijo en el regalo de su presencia amorosa.

 

Le ofreceré cada día

con mi oración, mis trabajos, mis alegrías y sufrimientos.

Señor recibe el regalo de mi vida hoy.

Vivir anclados en Dios

Permanentemente anhelamos tener la garantía de un mañana en el que seremos mejores, más maduros, más plenos, más santos. Esta nostalgia nos habita porque la llevamos escrita en el ADN del espíritu personal, y nos invita a la vida en plenitud más allá de las mediocridades. En la impronta del Espíritu Santo.

Pero a menudo nos atrapa esa energía negativa que se instala como planta parásita que mina y absorbe lo mejor de nuestros sueños. A esa energía la llamamos el mal; persistentemente nos esclaviza y nos ancla en el pasado, y nos impide vivir creativamente en el presente de pie, como los árboles. La gloria de Dios es que tengamos vida en abundancia. Nos ocurre como a los israelitas que, ya liberados de la esclavitud de Egipto, caminando hambrientos por el desierto, en lugar de agradecer a Yahvé el regalo de su libertad, se quejaron añorando el pasado en el que comían ajos y cebollas.

“¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad (Ex 16, 3). Entre los israelitas se había mezclado gente de toda clase que sólo pensaba en comer. Y los israelitas, dejándose llevar por ellos se pusieron a llorar diciendo: ¡Quién nos diera carne! Cómo nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos, y melones, y puerros, y cebollas, y ajos. Pero ahora se nos quita el apetito de no ver más que maná (Nm 11, 4-6).

Puesto que sólo vivimos una vez, hay que destruir en nosotros la tentación de las involuciones que nos esclavizan en el pasado; hay que empeñarse en encontrar nuestro sentido vital para invertir en él lo mejor de nosotros mismos, conectados con la llamada personal que el Dios de la vida nos hace por la fe. Cuando hallamos esa razón que da sentido al morir ya hemos encontrado la razón para seguir viviendo en medio de todo lo que en la vida nos suceda, agradable o doloroso. Sólo anclados en el presente, en el aquí y ahora, podemos hallar esa piedra filosofal, el tesoro que está adentro y no afuera.

El 1 de febrero de 2003 moría en un trágico accidente la astronauta Kalpana Chawla con otros miembros de la nave que les traía de vuelta a casa tras varios días de vuelo en el espacio. Kalpana nació en una pequeña aldea de Kamal, en Haryana, al Norte de la India. A la edad de 11 años tuvo la oportunidad de hacer su primer vuelo en avión; esta experiencia creó en ella una especie de obsesión por la idea de volar. Esta idea se convirtió en una pasión que finalmente la llevó a ser la primera mujer asiática que entró en el espacio. Kalpana se presentó voluntaria para un equipo que se estaba formando para ser enviado al planeta Marte, incluso sabiendo que las posibilidades de regreso a la tierra serían prácticamente nulas. Con alegría sincera decía que prefería morir en el espacio, en medio de las estrellas. Aquel 1 de febrero del 2003, regresando de su segundo viaje al espacio, la nave espacial explotó en la atmósfera solamente 16 minutos antes del tiempo programado para el aterrizaje. Todos los astronautas murieron instantáneamente; los restos de su cuerpo fueron incinerados y, de acuerdo a su voluntad, sus cenizas fueron esparcidas a lo largo del Parque nacional de Utah y sobre las montañas del Himalaya. Su muerte fue exactamente de acuerdo a su profecía deseada. Ésta fue en suma la vida de esta mujer india que soñaba con alcanzar las estrellas. De hecho su nombre, Kalpana Chawla, significa imaginación.

Como Kalpana Chawala necesitamos soñar, vivir apasionadamente lo cotidiano para así entrenarnos para la muerte. Para ello hay que amarlo todo pues ahí descubrimos la huella del Misterio que nos invade. Los místicos testifican que el corazón no está donde palpita sino donde ama. Pedro Arrupe, sj, a quien se le compara con Ignacio de Loyola y a quien algunos le atribuyen ser refundador de la Compañía de Jesús, lo dice así:

Enamórate y permanece en el amor. Aquello por lo que tu amor se sienta atraído, lo que da forma a tu imaginación, afectará todo tus mañanas tus fines de semana lo que rasga tu corazón y lo que te llena de alegría y gratitud Ten un espíritu abierto y un corazón más grande que el mundo.

La mejor inversión vital consiste en vivir apasionadamente el momento presente, y la actitud fundamental para alimentar esta actitud tan evangélica es la de amar sin condiciones, pues al final descubrimos sin ambages que fuimos creados para amar: al atardecer de la vida seremos examinados en el amor1.

El mito del eterno retorno

El mito del eterno retorno invitaba y sigue invitando a la pasividad y al fatalismo donde no hay cabidas para la libertad y la creatividad encaminadas a hacer un mundo más justo, más humano y pacífico. Guiados por este mito llegamos a la conclusión de que todo está pre-fijado y viene a nosotros irremisiblemente como una losa sobre la espalda. En el libro del Eclesiastés aparece curiosamente un eco de esta mentalidad:

Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlo. ¿No se sacian los ojos de ver ni se cansan los oídos de oír? Lo que pasó, eso pasará; lo que se hizo, eso se hará: no hay nada nuevo bajo el sol. Si de algo se dice: Mira, esto es nuevo, eso ya sucedió en otros tiempos mucho antes de nosotros. Nadie se acuerda de los antiguos y lo mismo pasará con los que vengan: no se acordarán de ellos sus sucesores (Ecl 1, 8-11). No te dejes arrebatar por el enojo, porque el enojo se aloja en el pecho del necio. No preguntes: ¿Por qué los tiempos pasados eran mejores que los de ahora? Eso no lo pregunta un sabio (Ecl 7, 9-10).

Este autor bíblico aparece pesimista ante el suceder de la creación y de la historia humana. Pareciera que borra toda posibilidad humana de ayudar a Dios en el proceso creador al que se refiere el libro del Génesis (Gen 1, 28-31). Pero leyendo más de cerca veremos el realismo de su autor, con una filosofía que se atreve a ir hasta los límites de lo que significa ser humano para abrirse desde el vuelo de la fe en el Creador a la verdadera sabiduría. Y así concluye: Mira lo único que encontré: Dios hizo al hombre equilibrado, y él se buscó preocupaciones sin límite (Ecl 7, 29).

Nuestra mentalidad complicada y viciada nos desconecta de todo lo que es real y concreto, y perdemos la esencia de las cosas. Vivimos desconectados de la mente del Dios que por naturaleza no tiene fronteras ni límites; caminamos guiados por prejuicios, envidias, afán de poseer y de poder, perfeccionismo, placer, la indolencia, el individualismo, etc. Pero la Palabra de Dios persiste en mandarnos mensajes de esperanza de parte del Dios siempre sorprendente y amoroso:

Yo conozco mis designios para vosotros: designios de prosperidad, no de desgracia, pues les daré un porvenir y una esperanza. Me invocaréis, vendréis a rezarme y yo os escucharé; me buscaréis y me encontraréis, si me buscáis de todo corazón; me dejaré encontrar y cambiaré vuestra suerte dice el Señor. Os reuniré en todas las naciones y lugares adonde os arrojé dice el Señor y os volveré a traer al lugar de donde os desterré (Jer 29, 11-14). Y ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob; el que te formó, Israel: no temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo, la corriente no te anegará; cuando pases por el fuego, no te quemarás, la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador. Como rescate tuyo entregué a Egipto, a Etiopía y Sabá a cambio de ti; porque te aprecio y eres valioso y yo te quiero, entregaré hombres a cambio de ti, pueblos a cambio de tu vida: no temas, que contigo estoy yo; desde oriente traeré a tu descendencia, desde occidente te reuniré (Is 43, 1-5). No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el arenal (Is 43, 18-19).

El Dios de las sorpresas

Los dos grandes acontecimientos de la historia de la salvación son la Encarnación y la Resurrección. En la Encarnación Dios sorprende a la humanidad en su noche oscura y fría con la presencia de Jesús, Dios-con-nosotros, encarnado en María y nacido en la simplicidad de Belén. Desde su humanidad Jesús desplegó su poder sanando a los enfermos, devolviendo la vista a los ciegos, haciendo que los sordos oyeran y que los mudos hablaran, anunciando la Buena Nueva a los pobres, y trayendo así su Reino de misericordia y amor.

La Resurrección rasgó la oscuridad cósmica símbolo de las tinieblas de la muerte y el pecado, pues Jesús es el Sol que viene de lo Alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte (Lc 1, 79). La misma fuerza del Espíritu que lo resucitó cambió también de raíz la mentalidad temerosa de los Apóstoles y de los que hoy lo aceptamos como Señor de nuestras vidas. Pablo se encontró con el Resucitado y quedó transformado profundamente (Fil 3, 4-12). Esa experiencia no es patrimonio exclusivo de Pablo. Los que seguimos creyendo en Él tenemos acceso a su perdón, a su sanación y consuelo, pues Él nos devuelve la dignidad original, renovando así el entusiasmo perdido. El Resucitado nos devuelve la dirección vital que habíamos perdido.

No es infrecuente que precisamente en medio de noches oscuras, cuando hemos perdido un ser querido, en medio de tristezas, desorientados, cuando la salud se quiebra, quizás rechazados por otros el Resucitado nos visita y nos dice una vez más, susurrándonos por dentro: No temas, soy Yo. Te basta mi gracia, porque en tu debilidad se muestra mi fuerza. Y al sentir el consuelo de estas palabras reconfortantes nuestro ser se renueva y las piezas del puzle interior se ordenan hacia el fin para el fuimos creados, y se da una nueva creación. Y así avanzamos certificando existencialmente las palabras de Pablo:

Pues somos su obra de arte, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios mismo había predestinado que hiciéramos desde el principio (Ef 2,10). Así pues para el que está en Cristo hay una nueva creación, lo antiguo ha pasado; algo nuevo ha nacido(2 Co 5, 17). Porque ya no cuenta la circuncisión o la incircuncisión, sino la nueva creación (Gal 6,15).

¿Cuál es el significado de la Nueva Creación? Su verdadero alcance se da en la experiencia del encuentro con Cristo Resucitado. Se trata de haberse visto afectado por su persona y su mensaje de modo que la mente, el corazón y la voluntad van transformándose hasta que uno llega a tener la misma mente, las mismas entrañas de misericordia, la misma voluntad de Dios en Cristo. Pablo se refiere apasionadamente a esta realidad al hablar de la realidad mística del creyente que vive en Cristo, es decir, inmerso en lo cotidiano pero desde la mirada misma del Señor.

El código fundamental de quienes viven esta realidad ya no es la ley ni los meros deseos humanos, sino el espíritu de las Bienaventuranzas desde las que no sólo la persona sino todo lo que hace se van transformando, y así contribuye a que el mundo sea mejor. Es el efecto de la gracia que actúa en ellos y a través de ellos. Así se cumplen las palabras del profeta Isaías, Mirad, que estoy creando un cielo nuevo y una tierra nueva (Is 43, 19).

Las Bienaventuranzas no son leyes para simplemente evitar el mal, sino el potencial divino por el que actúa la gracia que creativamente extiende por doquier la Bondad y la Belleza divinas. Expresan de modo conciso y explícito el corazón mismo de Jesús y su deseo ardiente de contagiar a todos los que se encontraban con Él. En las Bienaventuranzas Jesús proclama que el verdadero secreto para una humanidad totalmente re-creada es el poder del amor y la misericordia, cimentadas en el común denominador de la humildad. Quienes transitan el camino de su vida guiados por el espíritu de las Bienaventuranzas son los santos:

– Son personas normales que se empeñan en vivir con mirada universal, según el principio ignaciano de que cuanto más universal, más divino.

– Personas en cuyo entorno se desatan corrientes de vida, esperanza, alegría de vivir, reconciliación y amor.

– Personas reconciliadas consigo mismas porque previamente han tenido la experiencia profunda de saberse perdonados miles de veces por el Resucitado.

– Personas entusiasmadas, más allá de toda negatividad y de todo prejuicio fundamentalista.

– Personas que saben escuchar y perder el tiempo con los demás, pues están convencidos de que la relación es más importante que el activismo.

– Personas que en su intimidad con Dios se van liberando del miedo que es enemigo del amor, pues les guía la voz del Resucitado: No tengas miedo, soy Yo.

– Personas que crean fraternidad, pues son iconos vivientes de Cristo y su Buena Nueva.

– Son personas a quienes nada les escandaliza, pues saben que la fuerza de la persona reside en su debilidad aceptada y sanada. Por eso mismo no critican ni condenan.

– No necesitan probar ni justificar nada a nadie.

– Se sienten inmerecidamente amados por el Padre de Jesús y cuentan con personas significativas en quienes confían y encuentran apoyo.

– Construyen su vida sobre la roca firme del amor incondicional y generoso, y cada día deciden amar.

Uno se pregunta cómo cambiarían nuestras vidas y nuestras relaciones con los demás si nos atreviéramos a vivir de esta manera. Sin duda se cumpliría el sueño de Dios para la humanidad, el objetivo esencial de la encarnación del Salvador: quedar libres de la oscuridad y del temor para servirle en santidad y justicia (cf. Lc 1, 74-75).

Transformados por el amor

Un discípulo se dirigió al Abba Josafat: Padre, yo acostumbro a ayunar, rezo y medito frecuentemente, intento vivir en paz con los demás, trabajo para purificar mi pensamiento, ahora dime, ¿qué más puedo hacer? Entonces Josafat se puso en pie, levantó sus manos al cielo y sus dedos se convirtieron en diez llamas y dijo: Si tú quieres, puedes prenderte fuego’”.

Dios no es un concepto filosófico, ni una idea teórica, ni un sistema de pensamiento. Dios no es esa fuerza casi mágica que puedo domesticar a mi capricho. Dios es ante todo una experiencia vital del Misterio que remueve todo mi ser y lo transforma en su luz divina. Es el fuego incandescente que quema y mata lo que es hojarasca y, como el ave Fénix, me hace renacer de las cenizas. Por eso los testigos de Dios son los místicos más que los teólogos; no hablan de memoria sino desde la experiencia que les ha herido dejando en ellos las cicatrices incurables del amor.

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste

Habiéndome herido;

Salí tras ti clamando, y eras ido?

Así comienza Juan de la Cruz el Cántico espiritual. Habla de una herida que no será curada sino con la presencia y la figura. Quien ha experimentado al menos una vez el toque del amor de Dios, llevará para siempre la marca de ese encuentro que le dejará inquieto hasta que se dé el Gran Encuentro en el que definitivamente le amaremos como Él nos ama. La espiritualidad que especialmente los religiosos estamos llamados a vivir se conecta con la nostalgia de un Dios que nos ha llagado con su amor, y cuya llaga sólo se sanará cuando se revele lo que seremos y le veamos tal cual es (1 Jn 3, 1-2). No es tanto el concepto de Dios cuanto la vida de Dios, no es tanto el saber teológico sino el sabor divino que marca el camino hacia la transformación en la que paulatinamente Dios amanece en alma del creyente-amante. Y para este dulce encuentro2 nos entrenamos a diario en medio de lo cotidiano bajo la mirada amorosa de Dios.

Se trata de vivir conscientemente que en Él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17, 28), abandonando responsablemente nuestros cuidados a su providencia, porque si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles (Salmo 126). Se trata de llegar a la hondura de nuestra debilidad, de nuestro aguijón personal, para experimentar que la gracia es nuestra fortaleza (2 Co 12, 7-10). María de Nazaret lo expresó bellamente en el Magníficat: El Poderoso ha hecho cosas grandes en mí. Incluso la experiencia mística no cristiana acaba diciendo lo mismo. Un poema hindú lo expresa así:

Mientras el elefante confiaba en sus solas fuerzas.

Sus esfuerzos fueron en balde.

Que el débil invoque la fuerza que viene de Rama.

Pues él vendrá en su auxilio

Incluso antes de pronunciar enteramente su nombre.

Este poema conecta con la Oración del nombre de Jesús, que consiste en la repetición del nombre de Jesús en el fondo del corazón hasta que éste se hace parte integral de nuestra consciencia vital y experimentamos que se convierte en el amigo fiel en quien confiamos incondicionalmente3. Si el afligido invoca al Señor Él lo escucha y lo libra de sus angustias, dice un salmo. Y en otra parte, El que ande en tinieblas, privado del resplandor, que confíe en el nombre de Yahvé y se apoye en su Dios (Is 50, 10). La práctica de esta oración no nos saca de la vida normal ni de la rutina, sino que ahí mismo, pronunciando sin interrupción el nombre de Jesús, nos liberamos paulatinamente de angustias y ansiedades; el alma se serena en medio de las tormentas porque Él calma la tempestad del mar. Quienes mejor viven esta realidad son las personas santas que genuinamente viven las realidades adversas o favorables sin huir del mundo, sino aprendiendo a ser visionarios que interpretan todo como signo diáfano de la presencia amorosa del Dios que nos sostiene en la palma de su mano.

La fe en Jesús nos libera de la religión de los lugares santos pues aprendemos a adorar a Dios en espíritu y en verdad. El lugar sagrado por excelencia es la interior bodega de nuestro yo profundo donde habita la vida trinitaria. Se trata de la adoración más allá del templo o del monte, siempre en contacto con la vida, con la realidad, que es lugar privilegiado de la presencia de Dios. Ni en Jerusalén ni en este monte, sino dentro del corazón (Jn 4, 21-24).

Desde este modo de entender a Dios nace la verdadera espiritualidad que nos ayuda a vivir integrados en proceso ascendente, desde la humildad de reconocer nuestra inadecuación, nuestra debilidad y nuestro pecado. Es la espiritualidad de la integración donde dejamos que el Espíritu de Jesús nos vaya moldeando y sanando a través de nuestras propias heridas. Un sacerdote dedicado a la guía espiritual decía que los agentes de pastoral más comprometidos constantemente suelen tener dificultades con el celibato y la sexualidad. Y es que afectividad y sexualidad son las fuentes de la vida. Si las integramos damos lo mejor de nosotros mismos en lo que damos a los demás; pero si no, corremos el riesgo de ser trabajadores competentes, duros, secos, sin alma, sin pasión ni compasión. Estamos llamados a experimentar la redención por la integración comenzando por reconocer nuestras zonas oscuras y débiles para ponerlas al servicio de la vida nueva que Jesús ha comenzado en nosotros por la fe que trabaja por el amor (Gal 5, 13-15).

Espiritualidad de la integración

Un hombre que se enorgullecía de su césped, se encontró que en jardín habían crecido muchos dientes de león. Para eliminarlos probó todos los medios que tenía a su alcance; ninguno dio resultado. Así que escribió al Departamento Nacional de Agricultura enumerando todos los remedios que había intentado en balde y preguntó: ¿Qué debo hacer ahora? La respuesta no se hizo esperar: le aconsejamos que aprenda a quererlos.

Yo estaba orgulloso de mi césped pero también estaba atormentado por los dientes de león a los que combatía por todos los medios posibles. Aprender a amarlos no fue una tarea fácil. Comencé a hablar con ellos cada día, de manera cordial y amistosa. Ellos mantuvieron un silencio esquivo. Se sentían dolidos por la guerra que había emprendido contra ellos, y sospechaban de mis motivos. Pero llegó un día en que sonrieron y se relajaron. Y empezamos a ser amigos. Mi césped, claro, estaba arruinado, pero mi jardín se volvió tan atractivo…” (Tony de Mello).

Dios quiere hacer algo nuevo siempre en nosotros, usando nuestra debilidad. Para ello hay que vivir la Pascua del desencanto a la experiencia del encanto por haber encontrado el tesoro escondido. La frustración, la monotonía, la desilusión, la pasividad, el escabullirse de responsabilidades personales o comunitarias, el enfado como sello indeleble de la relaciones Nos llevan a la muerte. Por el contrario la experiencia genuina de Dios nos lleva, a la espiritualidad del en-canto Pascual: alegría y confianza en Dios y en las personas, frescura y espontaneidad, optimismo estimulante que atrae a otros hacia Dios, gracia, amistad, imaginación, fantasía, fortaleza, entusiasmo y esperanza

Y esto hay que vivirlo en lo ordinario pues entre los pucheros también anda Dios. Hay que vivirlo con esperanza que no siempre es optimismo; la auténtica esperanza no es barita mágica que nos garantiza que todo cambiará según nuestras expectativas. Esperanza es ante todo confianza absoluta de que TODO tiene sentido porque lo vivimos en la confianza en un Dios Bueno que sabe más que nuestro pobre y limitado entendimiento. De aquí nace nuestra alegría aún en medio de las dificultades y de los aparentes sinsentidos de la vida.

María vivió a fondo la espiritualidad de la integración porque vivió desde la humildad y el vaciamiento personal. Así Dios tomó posesión de todo su ser y la hizo Madre del Redentor. Acogió de tal manera la Palabra que se convirtió por el Espíritu en Madre de la Palabra Encarnada. Acabamos nuestro retiro con un pensamiento bellísimo de Teilhard de Chardin que nos invita a nunca quedar esclavos del pasado sino a mirar hacia adelante anclados en el Gran Futuro.

No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere lo que quiere Dios. Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades, el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo, acepta los designios de su providencia. Poco importa que te consideres un frustrado si Dios te considera plenamente realizado a su gusto. Piérdete confiado ciegamente en ese Dios que te quiere para sí. Piensa que estás en sus manos, tanto más fuertemente cogido cuanto más decaído y triste te encuentres. Vive feliz, te lo suplico. Vive en paz, que nadie te altere, que nada sea capaz de quitarte tu paz. Ni la fatiga psíquica, ni tus fallos morales. Haz que brote y que permanezca sobre tu rostro una dulce sonrisa, reflejo de la que continuamente el Señor te dirige. Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso. Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios. Por eso, cuando te sientas apesadumbrado y triste, adora y confía (Teilhard de Chardin, sj.).

1 San Juan de la Cruz.

2 Acaba ya de vero: rompe la tela de este dulce encuentro: expresión poética de San Juan de la Cruz en su poema Llama de amor viva.

3 Este tipo de oración aparece muy bien descrito en el libro de El peregrino ruso.