UNA CONGREGACIÓN NO ES UNA EMPRESA

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(Fernando Torres). La frase del título: “una congregación no es una empresa” se le podría atribuir a generales, provinciales y religiosos y religiosas de base. Muchos lo piensan. Y tienen razones para pensarlo. Porque la vida religiosa no fue concebida ni nació como una empresa. Nada que ver. Ni a sus miembros se les forma como trabajadores ni directivos altos ni medios de una empresa. Ni el objetivo de la vida religiosa es la maximización del beneficio. Ahí estamos todos de acuerdo.

Porque todo empezó de una forma muy sencilla. Como se lee en el relato fundacional de la mayoría de las congregaciones, un pequeño grupo de gente llena de buena voluntad y generosidad evangélica se unieron para anunciar (de mil formas distintas según las urgencias del tiempo y el lugar de la fundación) el evangelio y hacer presente el amor de Dios a los hombres y mujeres de su tiempo.

Pero la vida da muchas vueltas. Pasan los años. Y lo que tenemos hoy entre manos es una realidad muy diferente de aquella que fue. Aunque a veces no nos guste mirarla de frente ni nos sintamos preparados para ello. La realidad es que hoy nuestras actividades se han hecho mucho más complejas. Pienso en provincias religiosas que cuentan con 200 religiosos y más de 800 empleados. Tocan a cuatro empleados por cada religioso (que son la propiedad, los patrones, guste o no y por mucho que se hable de “misión compartida”).

La situación es peor si cabe si se tiene en cuenta que de esos 200 religiosos posiblemente no haya más de 50 ó 60 en activo (los demás están jubilados, algunos hacen lo que pueden y muchos ya no pueden hacer nada y necesitan ser asistidos). Ahí la proporción ya no es de cuatro empleados por cada religioso sino de trece empleados por cada religioso.

Una actividad que tiene 800 empleados no se puede decir que no es una empresa. Ni siquiera, se puede hablar de “empresa familiar”. Es una empresa media-grande. Y eso si pensamos en cada provincia como una realidad aparte. Si pensamos en la congregación en conjunto, entonces las dimensiones se nos van de las manos.

Es cierto: el objetivo de una congregación no es obtener el máximo beneficio posible. Pero hay que funcionar. Y a esos niveles de complejidad no basta la buena voluntad ni la dirección espiritual. Hay que gestionar esa realidad tan compleja. Y hacerlo bien. Hay muchos sueldos que pagar a fin de mes. Hay muchas familias que dependen de esos sueldos. Hay un nivel de calidad que hay que prestar en los servicios que ofrecemos, que para nosotros tienen que ser básicamente evangelizadores pero que ante la sociedad son educativos, hospitalarios, etc. Y como tales deben respetar los estándares que la sociedad, a través de sus leyes, exige.

Vale. No estamos preparados para ello. Es más, cuando se elige o nombra al provincial o general y su gobierno, no solemos pensar en este aspecto de la gestión sino en otros más pastorales. Pero, habrá que empezar a tenerlo presente. Porque las actividades que hemos montado con el paso de los años, su finalidad evangelizadora, la calidad del servicio ofrecido, el respeto a las personas que colaboran con nosotros y a los destinatarios de la misión, lo exigen. Sólo una buena gestión de nuestras obras (que ciertamente no son empresas pero tienen un tamaño como si lo fueran y que necesariamente tienen que funcionar y ser gestionadas de una forma parecida, aunque solo sea por el tamaño) garantizará la misión.