SORPRENDENTE ESPERANZA

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En estos tiempos difíciles hay una ola de comunicación por medios no presenciales, que muestra la necesidad que tenemos de sentirnos acompañados. Y hay una ola de solidaridad, de apoyo y ayuda, que tiene su mejor expresión en la labor que hacen médicos y enfermeras. Pero también en otras manifestaciones mas sencillas, como cuando un amigo te pregunta sinceramente si puede hacer algo por ti. En muchos monasterios, las monjas, esas mujeres que cuando no se las conoce parece que están alejadas de la gente, resulta que dedican su tiempo a hacer mascarillas que luego reparten gratuitamente a instituciones y personas. Esta ola de solidaridad no sorprende demasiado, porque en el fondo todos tenemos un corazón sensible y vemos nuestra pena reflejada en la pena de los demás.

En estos difíciles momentos hay también una ola de fe en Dios, que se manifiesta, por ejemplo, en el seguimiento que tienen las muchas eucaristías virtuales, y también muchos rezos corales en los monasterios. O en las cadenas de oración, unas más acertadas que otras. Dice el refrán que la gente se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, es decir, en caso de necesidad los creyentes buscan la ayuda de Dios, lo cual es una manera de reconocer la propia limitación. Nos creemos muy poderosos y, de pronto, descubrimos que no podemos con todo ni lo podemos todo. Tampoco, pues, resulta sorprendente este despertar de la fe en medio de las dificultades.

Pero lo que sí resulta sorprendente es la esperanza. Cada día ojeamos los periódicos, escuchamos la radio, buscamos en internet noticias positivas, datos que nos permitan pensar que eso que hoy va tan mal, mañana irá mejor. Sin esta esperanza los sanitarios no se esforzarían, las personas no tomarían precauciones. La esperanza es lo que nos mueve y nos sostiene. Pero resulta sorprendente que el presente no augure nada bueno y, sin embargo, estemos luchando por un mañana mejor. Hace falta una gracia increíble para convencerse de que después de cada noche viene un amanecer.