SOMOS SIGNO DE CONFIANZA Y DEBILIDAD QUE ESPERA

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El paso de los días va relajando la excepción y la convierte en la norma de lo diario. La vida consagrada, frecuentemente atenta a la información, vive en estas jornadas un almacenamiento peligroso de datos. Integramos cifras de enfermos, fallecidos y curados como si se tratase de lo más normal. Acostumbramos la retina a una sucesión de personas que, desde diferentes áreas, nos dan la misma noticia sobre unas mascarillas, que existen, pero todo indica que no llegan ni llegarán para quienes las necesitan. Fundamentalmente sabemos que no es la misma rueda de prensa porque desgraciadamente varían los datos de infectados y bajas, de lo contrario podría tratarse de la misma película, con idéntica puesta en escena, sucesión de intervenciones y liturgia de preguntas, perfectamente domesticadas, para no intranquilizar a los comparecientes. Mientras tanto, telediarios eternos y monocordes con imágenes de residencias de ancianos que se suceden en las noticias dando a entender que, como siempre, la debilidad es más fuerte con los frágiles. Gestos de solidaridad, nuevos hospitales, personal sanitario agotado y enfermo, difuntos solos… Y a las ocho, aplausos y emoción contenida. Esto un día y otro, y se anuncian muchos más…

La lectura de la realidad que hace un corazón consagrado es no solo una particular manera de entender el amor, sino un ejercicio concreto de amar. La misma vida y relación en los espacios comunitarios, siempre artificial, adquiere en estos días una mezcla extraña entre experimento, aventura y lamento. No son días para forzar la máquina, debemos ofrecernos argumentos que sostengan la esperanza. Estamos invitados a ser ciudadanos que sepan convivir desde una cierta separación y, por supuesto, un real compromiso. Quizá nuestras comunidades tengan que trabajar el antídoto del signo frente a la híper información. Se trata de trabajar la mirada, la sonrisa, la complicidad desde el silencio. Estos días en los que estamos heridos, porque formamos parte de una sociedad profundamente herida, lejos de proferir palabras, hay que entender que se necesita un testimonio silencioso de serenidad. Lejos de grabar y regrabar lo que se nos ocurre, necesita hacer fuerte el testimonio interior de una cuidada oración personal. Lo que da intensidad a nuestra consagración es esa profunda pertenencia al Pueblo de Dios: con él esperamos, nos comprometemos, callamos, oramos y lloramos. Ese es nuestro sacrificio agradable, porque esa es nuestra vida entendida y ofrecida como expresión de amor. Tan real y duradera que nos cuesta conciliar el sueño por los lamentos de nuestro pueblo; vivimos, frecuentemente, la agitación de no poder pensar en paz; relajamos eso sí, cuando al atardecer nos sorprenden los aplausos que nos devuelven a una identidad de pueblo agradecido y caminante hacia un mañana mejor. Entonces es cuando la emoción, nos pide hablarle a Dios y, entre lágrimas, le decimos sin entender: ¡Sigue cuidando a tu pueblo!

Me serena, en el momento único de la Eucaristía, hacer recuerdo de la jornada, comienzo por los aplausos, continúo por las iniciativas sencillas de la infinidad de religiosos y religiosas que se ofrecen diariamente para interceder y orar por necesitados; hago presente el testimonio de tantos como en estos días están cuidando a los más vulnerables y contagiados, pido por tantos sencillos y sencillas que han convertido sus comunidades en improvisadas fábricas de mascarillas, recorro los nombres de quienes arriesgan su vida, porque lo necesitan, como capellanes, animadores anónimos en medio de lugares inhóspitos; sacerdotes que ofrecen aliento y oración a quienes son almacenados, cada jornada, en ese balance terrible de cadáveres…

En cada Eucaristía, que celebro solo, participa, sin embargo, la humanidad contagiada, que espera, confía y camina… porque ese es el lugar de los consagrados en medio de sus hermanos: ser signo de confianza y debilidad que espera.