SÍNTESIS E IDEAS FUNDAMENTALES DEL SÍNODO 2018

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«Los Jóvenes y el discernimiento vocacional»

Es interesante y enriquecedor acercarse a un documento que sintetiza lo que fue la conversación y discusión de obispos, peritos y jóvenes procedentes de todas las partes del mundo sobre el tema de “la juventud y el discernimiento vocacional”. La catolicidad de la Iglesia y su presencia en tantas culturas permite una reflexión interesante, global y multifacética, sobre la juventud mundial en este momento de la historia que estamos viviendo.

El Sínodo, celebrado en Roma a lo largo del mes de octubre de 2018, no quiso completar el proceso de reflexión para el que fue convocado por el papa Francisco. ¡El proceso debe continuar!

Concluida esta etapa con un documento que la sintetiza y que aquí cito simplemente así (n.), se abre otra que ya corresponde a las Conferencias Episcopales y a las Iglesias particulares. Ellas deberán continuar este camino, participando en procesos de discernimiento comunitario que también incluyan en sus deliberaciones a quienes no son obispos, como lo hizo el Sínodo:

“El final de la asamblea y el documento que recoge los frutos no cierran el proceso sinodal, sino que constituyen una etapa. Dado que las condiciones concretas, las posibilidades reales y las necesidades urgentes de los jóvenes son muy diferentes entre países y continentes, incluso en la fe común, invitamos a las Conferencias

Episcopales y a las Iglesias particulares a continuar este camino, participando en procesos de discernimiento comunitario que también incluyen a aquellos que no son obispos en las deliberaciones, como lo hizo este Sínodo. El estilo de estos caminos eclesiales debe incluir la escucha fraterna y el diálogo intergeneracional, con el objetivo de desarrollar orientaciones pastorales especialmente atentas a los jóvenes marginados y a aquellos que tienen poco o ningún contacto con las comunidades eclesiales” (n.120).

Y así lo requiere también la sinodalidad, que es una característica fundamental de toda la Iglesia:

“Una Iglesia sinodal es una Iglesia de escucha, en la conciencia de que escuchar es más que sentir”. Es una escucha mutua en la que todos tenemos algo que aprender. Gente fiel, Colegio Episcopal, Obispo de Roma: uno escucha a los demás; y todos escuchando al Espíritu Santo, el “Espíritu de verdad” (Jn 14,17), para saber lo que “dice a las Iglesias” (Apocalipsis 2,7; n. 122).

El documento sinodal tomó como icono y texto estructural el encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús:

– Caminaba con ellos: situación de los jóvenes y su relación con la Iglesia.

– Se les abrieron los ojos: vocación y discernimiento.

– Partieron sin dilación: inclusión de los jóvenes en la “missio Dei”.

“Caminaba con ellos”

El encuentro de Jesús resucitado con los dos discípulos de Emaús, mientras ellos huían desencantados del centro, de Jerusalén, inspira a la Iglesia actual a vivir un proceso semejante con esos nuevos discípulos de Emaús que son los jóvenes de nuestro tiempo.

Una Iglesia que desea escuchar a los jóvenes, pero –a la vez– cercana y distante

La Iglesia se propone –antes de hablar– escuchar a los jóvenes. Pero la escucha solo es auténtica cuando acontece en libertad, y cuando es humilde, paciencia, deseos de comprender al otro, decidida a responder, pero no con tópicos, sino con un nuevo lenguaje, con nuevas formas. Con estas actitudes podrá la Iglesia establecer alianza con las nuevas generaciones. En la escucha se transforma el corazón. La conversación convierte. Así es como Dios se relaciona con su pueblo.

Hablar de “juventud”, de “nuevas generaciones” es referirse a un fenómeno plural. Hay diversos mundos juveniles (n.10). El Sínodo entiende que el grupo joven –desde el punto de vista de la edad–, va desde los 16 a los 29 años. Pero éste no debe ser el único punto de vista; hay otros como las etapas evolutivas, la situación religiosa, familiar, social, entre quienes tienen recursos y quienes quedan excluidos, descartados (n.12). La juventud está en permanente situación de cambio, des-configuración y configuración (n.11).

También hay que distinguir entre la juventud masculina, femenina, y la que podríamos definir “ambigua”, “indecisa”, que no corresponde a nuestras clasificaciones por su orientación sexual o estereotipos (n. 13). Hay también una juventud rebelde y otra colonizada (n. 14).

En no pocas regiones la Iglesia mantiene una presencia “viva y comprometida” con el mundo de los jóvenes (n. 15); intenta ofrecerles una educación integral, no discriminatoria, inspirada en el diálogo intercultural e interreligioso (n. 15) a través de sus escuelas, universidades, centros juveniles, oratorios, centros de refugiados, o de compromiso social (n. 15); plantea su pastoral juvenil con una impronta vocacional y la configura en procesos pastorales integrales (n. 16).

No obstante, allí donde la Iglesia está demasiado ocupada en tareas administrativas y burocráticas, allí está alejada de los jóvenes: no se encuentra con ellos, ni los escucha, ni acompaña (n. 17); reducen los procesos de iniciación cristiana a una mera instrucción religiosa (n. 19). Los jóvenes no encuentran en muchas parroquias dinamismos renovadores. Por eso, “a menudo el río de la vida juvenil fluye en los márgenes de las comunidades cristianas” (n. 18).

Incluso los centros de formación para seminaristas y consagrados no conectan con las experiencias previas de los candidatos; exigen meras posturas formales, pero no desarrollan –educan– los dones de Dios en ellos y no favorecen su profunda conversión (n. 20).

Tres desafíos cruciales: el entorno digital, la emigración y los abusos

El entorno digital es parte de la realidad diaria de muchos jóvenes: ahí pasan horas, ahí se reúnen (n. 22); surge de ahí otra concepción del tiempo, del espacio, otra forma de comunicación, aprendizaje, sentido crítico, información y relación; se privilegia la imagen sobre la lectura (n. 21). El entorno digital se convierte en el espacio de participación socio-política, de la ciudadanía activa, de la defensa de los débiles. En no pocos países es la web y redes sociales lugar indispensable para llegar a los jóvenes e involucrarlos en diversas iniciativas (n. 23). Pero existe también una web oscura: favorece la soledad, la manipulación, la violencia: es la web del ciber-acoso, pornografía, juego (n. 23), fake news (noticias falsas), dominada por gigantescos intereses económicos (n. 24).

La emigración, un fenómeno estructural, provocado por guerras, violencia y persecución, desastres naturales, que obligan a huir y muchos de los que huyen son jóvenes (n. 25). Están expuestos a enormes decepciones: tráfico, menores no acompañados y abusados, atrapados en países de tránsito, padeciendo mentalidades xenófobas (n. 26).

Abusos: El abuso de poder económico, de conciencia, sexual, se ejerce sobre jóvenes y niños. También entre ellos, los abusadores, hay obispos, sacerdotes, religiosos y laicos (n. 29).

Jóvenes en crisis de identidad

Hay situaciones múltiples que introducen a los jóvenes en crisis de identidad y tiene diversas procedencias:

– La propia familia: unos padres violentos o autoritarios, o en trance de separación o divorcio y como resultado una relación con segundas uniones, familias monoparentales, ausencia de la figura paterna y emergencia de la figura materna (n. 33). Allí donde las generaciones se ignoran, viven como mutuamente extrañas (jóvenes con jóvenes, mayores con mayores), no hay conflictos intergeneracionales, pero tampoco mutua identificación (n. 34).

– La relación con el propio cuerpo y la afectividad. En no pocos ambientes juveniles se dan comportamientos de riesgo: sexualidad precoz, promiscuidad, turismo sexual, idolatría del aspecto físico, pornografía digital (n. 37). La moral sexual de la Iglesia y su doctrina sobre la diferenciación y tendencia sexual causa entre los jóvenes malentendidos y alejamiento de la Iglesia; lo ven como espacio de juicio y condena (nn. 38, 39) y no como propuesta para un camino de identidad.

– La sociedad: las nuevas generaciones están expuestas a nuevas formas de vulnerabilidad: exclusión, marginación, precariedad laboral (n. 40), situaciones de vio- lencia-secuestro, extorsión, crimen organizado, tráfico de seres humanos, esclavitud y explotación sexual, persecución (n. 41) marginación exclusión social, aborto, propagación de VIH, niños de la calle, prisioneros (n. 42), trastornos psíquicos, depresión, enfermedades mentales, suicidios (n. 43), víctimas de la cultura de residuos (n. 44).

Valores de la cultura juvenil de hoy

El Sínodo reconoce que el Espíritu vive y actúa en los jóvenes (n. 54). Y lo detecta en una serie de valores de la cultura juvenil actual.

Los jóvenes de hoy se acercan a la realidad a través de la imagen, las emociones, lo concreto; valoran la expresión artística, especialmente la música; también el deporte y el valor educativo del entrenamiento (n. 47).

No son teóricos: están abiertos a la diversidad, a la inclusión a la paz (n. 45); se comprometen socialmente y políticamente (son protagonistas en la lucha por la sostenibilidad –social y ambiental–  (nn. 46, 52).

En el ámbito de la espiritualidad-religiosidad hay minorías juveniles creativas, en las que renace el interés religioso (n. 48): buscan el sentido de la vida en el bienestar psicológico o en la búsqueda real del misterio de Dios (n. 49).

Aunque no pocos jóvenes están alejados de la figura de Jesús, hay otros que “quieren ver a Jesús”, inquietos por la investigación espiritual y por el amor (n. 50). Hay quienes se sienten atraídos por una liturgia “fresca, auténtica, alegre” (n. 51). Muchos jóvenes no le piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa, incluso molesta e irritante a causa de escándalos sexuales, económicos (n. 53).

Otros le piden a la Iglesia un mayor reconocimiento de la mujer en la sociedad y en ella misma (n. 55).

Se les abrieron los ojos

A los discípulos de Emaús se les encendió el corazón, abrieron los ojos, despertó en ellos la fe (n. 59). Fue el Espíritu creador el que actuó en ellos. El mismo Espíritu sigue actuando en todos los tiempos y lugares, contextos y culturas.

La juventud: decisiones vitales y llamada

El Sínodo insinúa una imagen de Jesús, joven entre los jóvenes (n. 63) y un acceso a la juventud como “lugar teológico” (n. 64). El Dios que habló a través del Jesús-joven, sigue hoy hablando a través de los jóvenes: de su creatividad y compromiso, de sus sufrimientos y necesidad de ayuda; en ellos, en sus inquietudes, en sus procesos, en sus heridas, podemos contemplar el porvenir de Dios, esperanzas y desafíos para construir el mañana (nn. 64, 65, 66, 67).

Aunque la juventud es solo una etapa de la vida, sin embargo, es decisiva porque en ella se realizan las grandes elecciones que orientan definitivamente la existencia de cada uno (n. 68). En su juventud cada ser humano descubre su misión (n. 69) y esta es la brújula segura en el camino de la vida, aunque no un navegador que muestre anticipadamente todo el camino (n. 70). La elección es adecuada cuando se realiza con libertad (n. 73), con responsabilidad (n.74), desde la fe (n. 75), que nos advierte que la misma libertad está herida, pero también ha sido redimida (n. 76).

Cuando un joven elige un camino en la vida desde la fe, está respondiendo a una llamada. El relato de la vocación del joven Samuel resulta aquí paradigmática (n. 77). Dios es quien llama a todo joven para que con Él establezca una Alianza: esa llamada no consiste en un guión escrito, que hay que acatar, ni en una encomienda de servicio que se debe obedecer, sino en una propuesta de amistad, o alianza de amor (n. 78).

La llamada se descubre en un misterioso proceso de comprensión progresiva, en un largo viaje durante el cual se va revelando gradualmente la misión a la que uno es llamado y que ofrece el sentido de una vida  (n. 77). Todo bautizado debe descubrir su vocación (n. 80): seguir a Jesús, vincularse con Él, dejarse atraer e inspirar por Él (n. 81). Se trata de una llamada, que puede ser vivida en condiciones normales o en una existencia itinerante y profética como la de Jesús (n.  82). La orientación vocacional se descubre en la orientación profesional (n. 86); en la vocación familiar, esponsalidad y paternidad-maternidad (n. 87), en la vida consagrada, misionera (n. 88), en el ministerio ordenado (n.89), o en el ser soltero (n. 90).

Hay muchas vocaciones en la Iglesia. Todas ellas están articuladas (n. 84) en un solo cuerpo. En ese “cuerpo” las diversas vocaciones encuentran su razón de ser, su sentido y su contribución (n. 85).

El arte del discernimiento

Ante decisiones importantes en la vida el discernimiento es absolutamente necesario. Consiste en una dinámica espiritual por la cual una persona, grupo o comunidad intenta reconocer la voz del Espíritu (n. 106) y reconoce su voluntad (n. 104).

Pero también hay que atender a la voz de la conciencia. Ésta es el núcleo más secreto, el santuario del ser humano; la conciencia es testigo de una presencia trascendente que cada persona encuentra en sí misma (n. 107). En la intimidad de la propia conciencia se escucha la voz de Dios (GS 16); no se confunde con un sentimiento inmediato y superficial ni con la “autoconciencia”. Pero la conciencia puede deformarse, y, por eso, necesita ser formada, examinada (108). La conciencia eclesial arropa y transforma la conciencia personal.

El discernimiento es más luminoso cuando existe familiaridad con Jesús (n. 110), apertura cordial al Espíritu (n. 111), pureza de corazón, diálogo con los otros (n. 112), toma de decisiones (n. 113).

El don de consejo y acompañamiento

Los jóvenes necesitan ser acompañados por personas con el don de consejo: maestros, animadores, entrenadores, profesionales, religiosos, religiosas (nn. 91-93, 95, 97).

Acompañar (en latín “cum pane”) hace referencia al pan compartido, e incluso a la dimensión eucarística del acompañamiento. Se requieren para ello acompañantes cualificados (n. 101), respetuosos con los jóvenes (n. 102) y cultivadores de la vida espiritual (n. 103).

El acompañamiento atiende holísticamente tanto al crecimiento espiritual y prácticas de vida cristiana, como al crecimiento humano y a la aceptación progresiva de responsabilidades en los ámbitos empresariales, profesionales, socio-políticos (n. 94).

«Y partieron sin dilación»

María Magdalena, primero, y los dos discípulos de Emaús son el icono de una Iglesia joven que se siente amada, convocada y lanzada a la misión de proclamar el Evangelio (n. 115). Una Iglesia sinodal cree en los jóvenes, crece con ellos y busca nuevas y más auténticas formas de misión (n. 116, 118). Todos los jóvenes, sin exclusión están en el corazón de Dios y, por lo tanto, en el corazón de la Iglesia (n.117).

“En misión con los jóvenes”

Esta es la gran prioridad pastoral de nuestra época: “en misión con los jóvenes”. En ella hay que invertir tiempo, energías y recursos (n. 119). Los jóvenes, que viven diariamente en contacto con sus compañeros de otras confesiones cristianas, religiones, creencias y culturas, están capacitados para estimular a toda la comunidad cristiana a vivir el ecumenismo y el diálogo interreligioso (n. 126).

Para que ello sea posible la Iglesia y sus comunidades deben cambiar y entrar en serios procesos de transformación.  Y esto ha de notarse en cada diócesis y, ante todo, en cada parroquia. Esta ha de emerger:

– Como un entorno significativo e interpelante para los jóvenes (n. 129).

– Como un espacio de proximidad donde las diversas formas de vida cristiana comparten espacios y actividades (n.130).

– Como un auténtico templo cuyo

eco-sistema litúrgico-sacramental les seduce, les integra y los transforma (nn.134-136).

– Como una rampa de extroversión misionera que cuenta con los jóvenes para ejercer la diakonía (n.137), especialmente con los más pobres y marginados.

Para ello se les pide a las Conferencias

Episcopales la preparación de un serio “directorio de Pastoral Juvenil” (n. 140).

En clave de innovación ante los desafíos de nuestro tiempo

Se espera de la Iglesia un renovado impulso misionero que reconfigure su actuación misionera con los jóvenes:

– En el entorno digital: este entorno cuestiona formas –ya obsoletas– de transmitir la fe basadas en la escucha y la mera lectura. Los jóvenes cristianos tienen aquí el deber de ofrecer aportaciones inéditas en las formas de comunicación, en el lenguaje, y en los modos de expandir la buena nueva y seducir con ella (n.145).

– En el campo de la inmigración: las migraciones humanas favorecen el encuentro intercultural, intergeneracional, interreligioso; los jóvenes están especialmente habilitados para activar “los tres verbos sinodales” que en este contexto son: acoger, proteger, promover e integrar (n.147).

– Respecto al protagonismo femenino:

Una vez más el Sínodo pide –¡y esta vez sin vuelta atrás!– que las mujeres estén presentes en los cuerpos y organizaciones eclesiales y en todos los niveles; también en funciones de responsabilidad y participación en la toma de decisiones, respetando el ministerio ordenado (n.148).

– En el espacio de la ética sexual cristiana para nuestro tiempo: el Sínodo pide proponer a los jóvenes una antropología de la afectividad y la sexualidad, que sea capaz de presentar el valor correcto a la castidad, como carisma del Espíritu y consejo evangélico; que cuente con la pedagogía evolutiva del crecimiento personal y sea aplicable para las diversas formas estables de vida cristiana (n.149). Reconoce el Sínodo que preguntas sobre el cuerpo, la afectividad y la sexualidad requieren una elaboración antropológica, teológica y pastoral más profunda (n. 150).

– En el ámbito de la orientación sexual: Dios ama a cada persona y también ha de hacerlo la Iglesia, renovando su compromiso contra toda discriminación y violencia sobre una base sexual. Reafirma igualmente la determinante importancia antropológica de la diferencia y la reciprocidad entre el hombre y la mujer y considera que es reductivo definir la identidad de las personas a partir de su “orientación sexual” (n.150).

– En otros ámbitos como la economía, la política, el trabajo, la nostalgia por la casa común (nn. 151-154), el diálogo intercultural, interreligioso, ecuménico (nn.155-156), la Iglesia quiere contar con la capacidad innovadora y creativa de las jóvenes generaciones.

Estos nuevos desafíos requieren un nuevo enfoque educativo-formativo, que apunte hacia la integración de las diversas perspectivas (n. 157). Por lo tanto, es necesario que la comunidad cristiana:

– Tenga una presencia significativa e inspiradora en el ámbito educativo de la escuela, de la universidad, con un compromiso cultural que fascine (n.158).

– Promueva la inmensa creatividad de los jóvenes en los más diversos campos; que los jóvenes descubran y desplieguen sus talentos y contribuyan a la misión de la transformación de nuestro mundo según Dios (n.158).

– Colabore con el Espíritu en la formación de discípulos misioneros (n.160). Por este motivo, el Sínodo propone el mejoramiento de las experiencias de la misión juvenil mediante el establecimiento de centros de capacitación para la evangelización de jóvenes y parejas jóvenes a través de una experiencia integral que finalizará con la misión.