¿SALVAR LA NAVIDAD?

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Los preparativos para diciembre están en marcha. La guerra comercial a la espera. Todo para que las cifras de contagios puedan ser engullidas con una falsa normalidad. No importa lo que queda por el camino y quienes quedan en el intento. Ahora, lo importante es salvar la Navidad.

Ante esta paradoja, cuando menos deberíamos objetar que la Navidad no ha de ser salvada, sino que ella es cauce de salvación. Y además que la preparación para una «Navidad salvada» no se llama prudencia en las relaciones o distancia social, sino Adviento. Porque verbos como salvar, solo pueden referirse a Dios.

Los consagrados, para serlo, hemos de comprometernos, sin duda, con la sociedad. Ser buenos ciudadanos posibilita que la corresponsabilidad y la búsqueda del bien común nos lleve a encontrarnos con otros y otras que, aún sin saberlo, están edificando el Reino de Dios. Ocurre, sin embargo, que diluidos en un contexto social de postración y/o depresión podemos caer también en una amnesia de referencia. Llegando a confundir así, los valores que nos sostienen, con el comercio que nos ocupa y despista.

Nuestra sociedad necesita consumo. A través de él conecta con una «normalidad» añorada y perdida. Necesita horizontes de esperanza: «si ahora somos responsables, los días de Navidad puede haber encuentro, fiesta y compras…» dicen los políticos. Pero los consagrados necesitamos ubicarnos. Caer en la cuenta de que el tiempo corre y no es todo igual o lo mismo. Que el ciclo litúrgico es mucho más que el paso de los días y, en verdad, nos ayuda a conectar la propia existencia con el paso de Dios.

Comenzamos el Adviento que es infinita espera y esperanza porque vendrá la Navidad que salva. Y lo hará gracias a que es un Misterio, algo no controlado, ni tasado, ni calculado. Lo hará porque sí o sí, Dios sigue empeñado en hacer historia con la humanidad encarnándose, amando, curando y salvando. Viene la Navidad, para encontrarnos donde estemos. Viene y, para poder captarlo, nos concedemos un tiempo para hacer gradual y sostenida la esperanza. Nos preparamos no para que la Navidad se salve, sino para que podamos tomar conciencia de la salvación que nos llega. Convendría, de una buena vez, llegar a entender que en la vida, lo fundamental ni se compra ni se vaticina…se descubre como sorpresa.

No, ninguno de nosotros puede salvar la Navidad, aunque conviene que sepamos esperarla con prudencia y responsabilidad. Ninguno de nosotros puede añadir un gramo de felicidad a la felicidad que es la encarnación de Dios con nosotros. Ninguno puede cambiar las tornas, manejar el calendario o pretender organizar al mismo Dios para que las cosas sucedan sin sobresalto.

Estos clamores comerciales que piden salvar la Navidad, o aguantar para poder disfrutar después… recuerdan a aquellos pasajes bíblicos que alertaban frente a la falsa seguridad… No sea que tranquilos por haber «llenado los graneros», no sepamos qué hacer con tanto grano. Preocupados de organizarlo todo para cuando se pueda disfrutar, nos olvidemos de cómo se disfruta porque estemos convirtiendo el Adviento no en la esperanza que lo sostiene, sino en una resignación que lo desvirtúa.

La Navidad está salvada, porque es salvación. Pero la preparación para ella no es contenerse para poder ser buenos en su contemplación, sino empezar a vivir gestos íntimos que la puedan hacer real, cuando llegue. La prevención, la distancia social y la asepsia, no significan que la vida consagrada aprenda a vivir aislada, contenida o encerrada, sino que ha de cuidar, todavía más, los valores que la hacen real con cada persona: una opción decidida por el otro, un agradecimiento explícito por la propia vida y las vidas del entorno; por poder respirar, por tener un corazón capaz de sobrecogerse ante cualquier alegría y cualquier necesidad; con la justicia y la injusticia que el mundo diariamente anuncia. Dar gracias por tener tarea con los propios errores que nos mantienen ocupados y libres de la tentación de querer contar y controlar los de los demás.

La preparación para una Navidad que salva es vivir un Adviento como salvados, en camino y proceso. Ofreciendo a nuestro mundo-mercado la visión y el testimonio de que nada conseguirá quitarnos la alegría de entender la vida como regalo. Nada, ni siguiera la atrocidad de una pandemia que, aunque dormida o disimulada, estará con nosotros ante el Misterio en esta Navidad.