Retos e inquietudes para la parroquia hoy

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Acabo de llegar a casa, besar a mi madre, y me siento  a contemplar y orar ante el Padre lo que he vivido en este día. Contemplo desde mi ventana cómo  el mismo sol que vimos aparecer, somnoliento entre las nubes, al comenzar la mañana -camino de Salamanca Paco Maya y yo-, ahora cuando ya hemos llegado de vuelta, se esconde entre las nubes. Él sigue siendo el mismo, las nubes son distintas. Mi corazón me dice que así eres tú para nosotros  cada día, nuestro único Señor-el mismo ayer, hoy y siempre-  en medio de la historia cambiante que nos llama a la fidelidad con novedad y creatividad.

Han sido miles de kilómetros recorridos entre todos, estábamos unos veinte sacerdotes venidos de lugares lejanos y distintos: Badajoz, Murcia, Málaga, Valladolid, Navarra, Burgos, Madrid, Valencia…nos encontrábamos en el noviciado de los Reparadores del Sagrado Corazón de Jesús en Salamanca.  La lejanía de origen se convertía en cercanía de Espíritu para el encuentro. Ellos, sacerdotes reparadores encargados de parroquias, cada año se reúnen a comienzos de curso  y al final, para ir compartiendo sus espacios de pastoral parroquial en diócesis distintas y distantes, que requieren respuestas actuales, creativas y originales para las preguntas que en torno al Misterio, único y permanente, se van haciendo distintas y nuevas, tanto al término de épocas, como al comienzo de las nuevas.

Juntos –desde un monográfico que publicamos en Imágenes de la fe en noviembre de 2011- hemos desbrozado como ahora toca algo nuevo, y cómo  el reto de saber responder con sabiduría al momento, con una buena lectura de los signos de los tiempos, se hace acuciante para todos. Nos hemos centrado en una visión del hoy, que precedida del análisis del cambio cultural, social y económico, nos ha llevado a una cuestión que es central y transversal por coherencia con el evangelio: los nuevos sufrimientos de hoy. La llamada e interpelación que la Iglesia recibe desde los que sufren en el mundo, en todas las dimensiones posibles que el dolor puede tener en el ser humano, y que hoy habita nuestras calles, nuestras plazas, escuelas y colegios, bares, diversiones, trabajos, carreteras, hospitales, universidades, cárceles, centros de discapacitados…No puede ni debe haber programación pastoral parroquial –ni comunidad- que no esté hecha desde el dolor y las necesidades de los hombres de hoy si queremos ser fieles a la historia de la salvación.

Dejar que el dolor nos lleve al Cristo del Evangelio, nos conduce sin barreras al  Jesús buen samaritano, que fija la mirada con amor al joven del camino que quiere ser feliz, que no deja de sanar y consolar a todo enfermo y triste que le rodea,  que siempre es buena noticia desde la bienaventuranza de la verdad, la vida, la justicia y el amor. La fuente abierta salta hasta nosotros en el deseo de una iglesia coherente con su fundamento y que se renueva queriendo ser buena samaritana, mirando con amor al mundo actual, dispuesta a perdonar, sanar, consolar, y lanzarse a cada rincón para que todo hombre tenga sentido y pueda experimentar la justicia de Dios que le dota de esperanza e ilusión, aunque en su vida sea de noche o esté ciego. El deseo de esta iglesia enseguida abre los ojos  y nos ha hace confesar que algo nuevo está brotando y lo notamos. La parroquia desea ser habitable, acogedora,  sanante, iluminadora, comunitaria, generosa, comprometida… y las claves articulan el sueño de una comunidad parroquial novedosa y creativa en el quehacer de la diaconía, la koinonía, la liturgia y el anuncio evangelizador de un noticia que se que convierte en la luz del camino y de la vida, sin oscuridad ni retroceso. Entendemos que en la comunidad cristiana no debe haber ni un segundo posible para la desesperanza y la frustración, aunque sin esperar  nunca un éxito que no esté validado por ser un tesoro  en el cielo, donde nadie puede roerlo ni carcomer. Ahí el lenguaje se hace ensayo y concierto, más aun deseo vivo: acogida de familias, café y camilla en el encuentro, porche para compartir y seguir celebrando al salir del templo con el canto de la vida, jóvenes inquietos y protagonistas que saltan a modos nuevos de compromiso y transformación, presencia en los ambientes, centro de escucha para el dolor y el sufrimiento, sanación de los rotos en el matrimonio, en la familia, en el paro, en el fracaso escolar, en el sinsentido  o la soledad, en la generosidad de un pan partido y repartido entre todos cada día. Todo esperado y querido con la paciencia del Padre, la que nace de una compasión sin límites y de una misericordia realmente poderosa.

El corazón a punto, los hermanos reflexionando sobre nuestro  ministerio, y acogiendo una llamada a la conversión, que nos pide salir de la seguridad institucional, del quehacer de siempre ya agotado, del cansancio que huele a despedida y pasividad, para adentrarnos en la novedad de que es posible nacer de nuevo como Nicodemo, y bañarnos en los sentimientos de Cristo, para ser pastores según su corazón, para poder tener como lema de todo nuestro quehacer y acompañar en el ministerio en nuestras parroquias, aquél que definió para los primeros cristianos al pastor de la vida: “Venid a mí todos los que estás cansado  y agobiados, que yo os aliviaré, que mi yugo es llevadero y mi carga ligera…”  y todo por un corazón traspasado de amor que repara, y reconcilia, sanando y consolando, vivificando  todo lo humano para que sea divino y alcance la felicidad, para que nos pueden identificar con “Aquél que pasando haciendo el bien y curando a  los oprimidos por el mal”. No hay duda hermanos, que hoy hemos sido Iglesia en misión, y que todas nuestras parroquias se han sentido hermanas, como fraternos hemos sido nosotros en la oración, en la contemplación de la vida, en el discernimiento evangélico, en el deseo y alumbramiento de lo nuevo para nuestras comunidades,  así como en la mesa copiosa y festiva que la comunidad de Salamanca nos ha puesto  como banquete, para que la ilusión del Reino también tuviera concreción el “convivium”, en la riqueza de comer juntos porque juntos hemos sido llamados a la vida y a la entrega, con una mesa desbordante y con un bueno vino, que hace nos hace próximos en el ya de esa plenitud que va a llegar.