RETIRO

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¿Qué buscáis? (Juan 1, 35-51)
Dejamos un poco a Juan el Bautista, y pasamos a otro joven, que también se llama Juan. Alguien que nos dejó estos relatos que estamos comentando. Nos los dejó escritos en el evangelio que lleva su nombre.
Actualmente son muchos los buenos comentaristas y estudiosos de la Biblia que afirman que no habría que confundir en uno solo a los varios personajes que la tradición identificó con Juan. Y fundamentan con buenos argumentos su afirmación. Según éstos, Juan el evangelista sería alguien distinto de Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Y sobre todo, sería distinto del discípulo amado del Señor. Ese discípulo que era tan amigo de la familia del sumo Sacerdote, que en una noche particular y complicada como aquella en que prendieron a Jesús, podía decirle a la portera de la casa del sumo Sacerdote, por Pedro:
-Mira. A éste déjalo entrar sin problemas, porque es mi amigo.
Uno no se explicaría mucho cómo Juan, un pescador galileo, podía tener tanta entrada a esos niveles sociales. Por esta y otras razones, muchos afirman que el discípulo amado de Jesús sería un personaje de Jerusalén. Otro sería el hijo del Zebedeo. Y un tercero sería Juan el evangelista que nos está trasmitiendo estos relatos escritos quizá por la comunidad que fue heredera de su predicación evangélica.
No vamos a entrar en más detalles de todo esto. Porque tampoco es lo que corresponde en el tipo de lectio que estamos haciendo. Siguiendo las huellas de ese gran pastor y biblista que es el cardenal Martini, para estas meditaciones tomaremos la Escritura así como aparece y en la acepción más tradicional. Tenemos entre nuestras manos un pedazo de pan del cual alimentarnos, y no queremos tomarlo simplemente como un objeto de frío estudio científico.
Partiendo de la idea de que se trata de un solo y mismo personaje, podríamos explicarlo de una manera, que no es del todo imposible ni fantasiosa. La madre de los hijos del Zebedeo (es decir, la esposa de Zebedeo) sería una mujer de Jerusalén, relacionada con amistades en las altas esferas. Incluso con la casa del sumo Sacerdote. Y usando un lenguaje nuestro, podríamos imaginar a Zebedeo como un empresario del norte en Galilea, que tiene barcas y peones. Y los dos hijos de esta pareja, que son Santiago y Juan, serían muchachos que habrían repartido un poco su vida entre el ambiente de su madre en la capital, y el trabajo del padre en el norte. De ser así, sería más fácil explicar por una parte su amistad con Pedro y con los otros discípulos, y por otro lado comprender cómo su madre pudo acercarse a Jesús para pedirle un puesto privilegiado para sus dos hijos:
-Maestro: te quisiera pedir una cosa. Que estos dos hijos míos, cuando la cosa llegue, ocupen los dos cargos más importantes.
Esto no lo hace normalmente una mujer campesina del norte, esposa de un pescador. Ésta es una actitud más bien típica de alguien que está acostumbrada a moverse en una sociedad, donde se manejan habitualmente las recomendaciones y las influencias que da la amistad femenina en su relación con la jerarquía, y en los ámbitos del poder. Por otro lado, cuando Jesús muere en la Cruz, y trata de que su madre no quede desamparada, Él la encomienda al discípulo amado y éste la recibe en su casa. Y luego cuando empiece la persecución al grupo de los seguidores del Galileo ajusticiado, el primero en ser identificado y ejecutado será Santiago, el hermano de Juan. Ciertamente alguien conocido en Jerusalén. Pedro lo será porque todos saben que era el líder de los seguidores de Jesús. El resto de los discípulos, probablemente eran unos desconocidos galileos que no preocupaban a nadie.
Si imaginamos la cosa más o menos así, entonces ¿quién era el Juan que nos cuenta estos relatos? Sobre todo tomando en cuenta que pareciera querer contarnos experiencias muy personales vividas hace mucho tiempo, y rumiadas ahora a la luz de la vida de la Iglesia de la segunda generación cristiana.
De entrada nos ha traído el himno que ya se cantaba en la liturgia, poniéndolo como prólogo a su escrito, y como resumen de todo lo que nos quiere trasmitir. Luego nos presentó al Bautista, y su misión de señalar a Jesús como el cordero de Dios. Todo este relato tiene una fuerte carga testimonial, basada en recuerdos personales que ahora son interpretados a la distancia desde la luz de la fe. Inmediatamente pasa a ser protagonista del relato al contarnos su recuerdo personal, del primer encuentro que tuvo con Jesús, y cómo a partir de allí comenzó su seguimiento. Y seguidamente en forma condensada el de todos sus compañeros los apóstoles.
Juan sería un joven, aparentemente de buena posición, tanto por la familia de su madre, como por el trabajo de su padre. Pero un joven insatisfecho. No se había amoldado a las ventajas que traían el poder o las influencias maternas, o cosas por el estilo. Así que, aunque tenía amistades en la familia del sumo sacerdote, no había agarrado la línea saducea de conseguir puestos o prebendas para lograr ubicarse en un estrato de poder. No era eso lo que le podría satisfacer. Los que hemos vivido la vida religiosa en la segunda mitad del siglo pasado y la hemos compartido con muchos hermanos de todo tipo, ciertamente hemos conocido muchos de estos jóvenes insatisfechos en un tiempo de esperas e impaciencias.
Era un joven insatisfecho que tampoco había optado por la línea farisea, donde él podía constatar mucho de hipocresía. Y menos aún lo convencía la línea revolucionaria, tira bombas o pisa brotes, de los fanáticos celotes. Por instinto buscaba la vida. Diría que era un típico joven que amaba la vida. Tenía ganas de vivir. Y allí donde veía vida, y vida en serio, por ese lado era capaz de comprometer el corazón.
Probablemente a través de lo que estaba sucediendo en el Jordán, allí cerca de Jerusalén, había descubierto a ese hombre de la clase sacerdotal que era Juan el Bautista. Y se había hecho su discípulo. Pero el Bautista les había avisado claramente a él, a su hermano Santiago y también a los otros amigos: Pedro, Andrés, Natanael y Felipe, que él no era el Mesías. Pero les garantizaba que cuando apareciera, él se los iba a señalar.
A continuación de todo esto Juan trae el relato del suceso que recuerda con precisión de horario y lugar. Un día estaba él con Andrés, que era el hermano de Pedro, de quien quizá era compañero de trabajo allá en el norte. En ese momento estaban al lado del Bautista. Algo los retenía allí. Quizá su deseo de vivir en serio. No el simple deseo de gozar de las sensaciones de la vida. Tal vez eso lo habrían podido conseguir sin mayor dificultad en Jerusalén, con sus otros amigos, ya que su posición les daba la oportunidad y las situaciones. Pero como tantas veces lo habían escuchado al cantar los salmos, les resonaba aquella invitación del Señor Dios:
-Mis jóvenes amigos:
venid y escuchadme.
¿Quién de vosotros ama la vida
y quiere ser feliz? (Salmo 33,12)

En ese momento, Jesús que regresaba del desierto, pasaba nuevamente por allí. Juan el Bautista se lo señala a los dos discípulos y les repite lo que había dicho a todos, cuando viera descender el Espíritu sobre el recién bautizado:
-¡Este es el cordero de Dios!
Los dos discípulos se miran el uno al otro, y quizá sin decírselo se invitan a seguirlo. Algo tiene que haberlos atrapado en su persona. Copados por la vida que irradiaba, realizan ese gesto casi irreflexivo, pero profundamente vital de ponerse en su seguimiento. Y al verlos, Jesús se da vuelta, los mira y les pregunta en forma directa, y quizá un poco cortante:

-¿Qué buscáis?
Podrían haberle contestado, intentando iniciar un diálogo, preguntando cómo se llamaba. O podrían haberse defendido al igual que los fariseos con el Bautista, acorralándolo para que se identificara respondiendo si él era el verdadero Mesías. Así ellos sabrían a qué atenerse desde el “vamos”. Pero no. La cosa les dio en el centro de sus búsquedas, y frente a esa mirada llena de vida, les salió casi ingenuamente una pregunta que en el fondo era una súplica:
-Maestro ¿dónde vives? Porque tú tienes esa vida que nosotros andamos buscando.
Ubiquémonos nosotros también en un momento así. Imaginemos un lugar y un momento especial de nuestra vida de seguimiento del Señor. Sobre todo pienso en ti, que de veras amas la vida y deseas ser feliz. Piensa que el Señor Jesús se da la vuelta, te mira profundamente a los ojos y te hace esta pregunta quemante: ¿qué buscas? ¿qué es lo que te calienta? ¿qué piensas hacer con tu vida, en que quieres gastarla?

Los dos discípulos quizá conocían muy poco de él. No más de lo que el Bautista les había dicho y lo que ellos mismos habían visto. Pero eso era suficiente como para preguntarle:
-Dónde vives. De dónde sacaste esa vida. Porque nosotros nos damos cuenta de que tú realmente tienes vida. Tú tienes palabras de vida eterna (dirán más tarde). Lo que trasparentas, tu misma presencia, tu entrega total, tu manera de convertirte a Dios e irte al desierto, volviendo de esta manera, nos indica que estás viviendo. ¿Dónde vives? ¿Dónde se puede hacer eso que tú haces?
Entonces Jesús les hace una invitación muy linda, y quizá cambiando de tono los anima:

-Venid y lo veréis.
Y fueron con él. ¿De qué habrán habaldo? No lo dice Juan. Seguramente se habrán sentido contentos de que Jesús les haya hecho a ellos personalmente esa invitación. Venid y lo veréis. No hay secretos. Sólo la vida les revelará el misterio en el que se están adentrando al aceptar esa primera invitación aparentemente tan sencilla.
Fueron. Vieron donde vivía. Y desde aquel día se quedaron a vivir con Él. Así lo cuenta en el inicio de su evangelio este Juan que tal vez ya anciano, después de haberlo contado tantas veces a la Iglesia, un día lo pone por escrito. Y recuerda que eso sucedió como a las cuatro de la tarde. Y fijáos cómo aparece tres veces la palabra vida:
-Dónde vives.
-Fueron y vieron dónde vivía.
-Y se quedaron a vivir con Él.

Y Juan nos cuenta que uno de estos dos que vivieron aquella primera experiencia era él. El otro era Andrés, quien lo primero que hizo fue ir a decirle a su hermano Simón:

-¡Oye Simón! ¿sabes una cosa? ¡Lo hemos encontrado!
Es Jesús el de Nazaret.
Y Andrés lo lleva a Simón para presentárselo a Jesús. Y el maestro lo ve y lo identifica. Y en lo que siguió, tal vez haya algún juego de palabras, de esos que tanto le gustaban a los de su tiempo. Simón era hijo de Jonás, que puede significar: la paloma. Si esto fuera así, la frase de Jesús habría sonado más o menos de esta manera: Tú eres Jonás, el “simplote”. Pero te vas a convertir en roca, en piedra. Más tarde les dirá a varios de los primeros que dejaron barcas y redes para seguirlo, que los convertiría en pescadores de hombres. Lo cierto es que a partir de ese momento Jesús lo va a llamar Pedro, a éste que simplemente era Simón bar Jona. Jesús lo eligió y se lo ganó.
Quizá después habrá sido Santiago el que recibió la misma noticia por su hermano Juan, y según nos cuenta el relato, ya al día siguiente Jesús invita a Felipe a que lo siga en su proyecto de irse para Galilea. Este lo ve a su amigo Natanael y le dice:
-¿Sabes la noticia? ¡Mañana me voy!
-¿Para dónde?
-¡Ah! ¿Pero no te enteraste? ¡Lo hemos encontrado!
-¿A quién?
-A aquel de quien hablan los profetas y todos.
-¿Y quién es?
-Es Jesús el hijo de José de Nazaret.
-No me bromees, hermano. Estamos hablando de algo serio. ¿Cómo va a venir el Mesías de Nazaret?
-Bueno: ¡Ven y conócelo!
Y si bien Jesús lo ve, también a él lo cala como un hombre sin dobladillo. Ya lo conocía. Y hasta le revela un secreto de su vida, que para nosotros quedará en secreto, porque aparentemente nunca lo contó. Pero que a Natanael le bastó para reconocer en Jesús a aquel a quien siempre había estado esperando. Y lo confiesa apasionadamente como el Mesías. A lo que Jesús le responde, asegurándole que recién comienza un camino, que lo ha de llevar muy lejos.
Pensemos que todo esto está escrito mucho tiempo después. Y que mientras tanto estos recuerdos han sido rumiados y narrados a la luz del misterio pascual del Señor, y de la vida de la Iglesia. Para nosotros suenan como una invitación a sentirlo parte de nuestra apropia vida. En este tercer milenio que hemos comenzado, ese Juan podría ser yo, tú, o cualquiera de nosotros. Me gusta imaginar en esta meditación a algún joven, chica o muchacho, que pueda estar leyendo esto. De esos jóvenes que conozco insatisfechos, los que tal vez por cualidades u oportunidades podrían buscar la vida a través de las sensaciones como el deporte más excitante y arriesgado. De esta manera viajar por un mundo fantasioso, que no te regala nada, pero al fin te quita la vida.
Bueno: para ti que tienes ganas de vivir. Que quieres darle un sentido a tu vida y ser feliz. Que no quieres que te hagan el verso. Imagínate que te encuentras frente a frente con el Señor, que se da vuelta, te mira a los ojos a las cuatro de la tarde y te pregunta: ¡Qué buscas! ¿Qué le responderías?
Y no hay que pensar que esto le pueda suceder solo a quien aún le queda el futuro por decidir. O a alguien que en plenitud de vida se enfrente con una nueva e importante decisión. Pongámonos nosotros mismos en el momento en que estemos viviendo nuestra etapa final. Imaginémonos postrados y con una enfermedad terminal, con todas las angustias que nos traerá tanto el desprendernos de lo que queremos, como el temor a lo que nos espera, y que en ese momento se nos acerca el Señor, se sienta como un amigo al borde de nuestra cama, nos toma de la mano, nos mira a los ojos, y nos dice a lo más profundo de nuestra angustia:


-¿Qué buscas?
-¡La vida, Señor! ¡Quiero vivir! ¿Dónde vives? ¡Siento que tú tienes, que eres la Vida!
Qué hermoso será entonces sentir esa invitación que nos traerá todo el consuelo y hasta la paz para la aceptación del paso doloroso de la muerte:
-Ven y verás. Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Es que mientras no lo veamos a Cristo así, como alguien rico en vida, no lograremos sentir que nos puede seducir, invitándonos a un seguimiento que comprometa nuestra vida en totalidad. Tal vez por eso, cuando el Papa Juan Pablo II tuvo que elegir un lema para el encuentro con los jóvenes en Norteamérica, eligió la frase de Juan 10,10: “Yo he venido para que tengan vida. Y vivan en plenitud”.
¿Qué joven de corazón sano no desea vivir? Y vivir plenamente, no sólo en un sentido físico de sensaciones. Sobre todo espiritual, de motivaciones. Gastar la vida viviendo para algo y con alguien. Porque la vida es como el dinero. Un billete de100 euros es simplemente un papelito, hasta el momento en que lo utilizas. Cuando lo gastas adquiere el valor de aquello en que lo gastaste. Si compraste comida, tendrá el valor del alimento. Y si fue en sensaciones, lo habrás quemado en algo que terminó allí mismo. La vida adquiere el valor de aquello en lo que la gastes.
Pensemos en la vida de Teresa de Calcuta, Albert Schweizer, Martín Lutero King, o Mahatma Gandhi. Fueron personas que amaron la vida. Tuvieron ganas de vivir. Porque vale la pena vivir por aquello que vale la pena morir. Tal vez para muchos de los jóvenes que podrán estar leyendo esto, algunos de estos nombres no le digan mucho. Pero si comparten en su corazón ese anhelo profundo de vivir para algo, se sentirán interpelados por lo mismo que siempre ha animado a los mejores entre los humanos. Algo que duerme en el fondo de cada uno de nosotros. Recuerdo con cariño aquella estrofa de Gustavo Adolfo Becquer:

– “¡Ay! –pensé- cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: ¡Levántate y anda!”

Es probable que si las cosas las sientes así, te atrevas a preguntarle al Señor: ¿Dónde vives? Y la respuesta nunca será algo intelectual que se puede dejar para más tarde. Será una invitación concreta: ¡Ven y ve! Algo así le pasó a aquel otro joven que quería tener vida. El Señor le señaló el camino de los mandamientos. Pero eso al muchacho no le bastaba. Quería algo más comprometedor, algo más intenso. Y Jesús lo miró y lo amó, y la cosa fue en serio:
-Si quieres vivir en serio, anda, vende todo lo que tienes, descargate de la mochila, alivia a los demás con lo que a ti te carga, dalo a los pobres. Ven y sígueme.

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si al final pierde su vida por no habérsela jugado?

Jesús es el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Pero por el momento no le dice eso. Se lo irá diciendo más adelante. Y les costará entenderlo. Ya les mostrará la puerta angosta por la que el Padre los invita a pasar a la vida. Cuando el camino entre en la etapa final, entonces la invitación se hará más concreta y exigente:
-Tomad la cruz y seguidme.
Una experiencia
Cumplí mis 60 años en Cuba, en la ciudad de Santa Clara. Fue casi al final de enero del 2002, después de tres semanas muy intensas en las que acompañé prácticamente a todo el clero de esa Iglesia en su retiro anual. La primera semana en La Habana, con el cardenal, dos obispos y varias decenas de sacerdotes. La segunda fue más masiva en Santiago de Cuba, en el extremo oriente de la Isla, con nueve obispos y casi 80 curas. Y finalmente en la ciudad del Che, frente mismo a los Cayos de Florida.
Fueron tres semanas muy plenas de experiencias, de cansancio y de emociones encontradas. No imaginé que todo ello, sumado a los habanos que me fumaba por la noche “para descansar” me iba a afectar tanto mi sistema cardio circulatorio. Lo cierto fue que a los muy pocos días de mi regreso me tuvieron que internar de urgencia en la Unidad coronaria de la Fundación Favaloro.
Cuando me dieron el alta tomé conciencia plena de lo que había vivido. El parte médico decía: infarto agudo de miocardio por obstrucción de coronarias. Y seguía un detalle de lo detectado en el cateterismo y de lo realizado en la angioplastia. Así como del tratamiento y medicación a la que tendría que atenerme en el futuro. Y digo que fue recién a mi salida cuando tomé conciencia de todo, porque durante mi internación viví una gran paz espiritual, mezcla de sedantes y de descanso obligado.

Creo que fue durante la primera noche, cuando volvieron a repetirse con más fuerza los dolores del angor. De repente me sentí rodeado de médicos, aparatos y voces que usaban términos extraños, pero claramente preocupantes. Dios y los médicos hicieron lo suyo y el cuadro fue superado en mi caso. Pero no sucedió lo mismo con otro paciente que estaba a mi lado. Él no superó el paro cardíaco y falleció.
Me quedé desvelado, plenamente lúcido, pero en una extraña situación reflexiva en aquella sala con paredes de vidrio y absolutamente desprovista de cualquier cosa que no fueran aparatos con referencia a una situación extrema. Todo me hablaba al desnudo de la vida y de la muerte. Yo también me encontraba totalmente desnudo, conectado a catorce electrodos y a un par de bolsas de suero que terminaban en las venas de mis brazos.
Me preguntaba por qué no era yo el que había muerto. O mejor: para qué Dios me dejaba el resto de mi vida. Porque seguramente Dios tenía un “para qué”. Y tuve la profunda sensación de que ese “para qué” no hacía referencia a mí mismo sino a los demás. Si Dios me dejaba en esta vida, era para los demás. La vida la recibimos gratuitamente y la vamos a merecer dándola.
Desde entonces comencé a rezar una oración con la que inicio cada día mi jornada monástica al levantarme:

¡Señor: que hoy no me meta en lo que no me llames, ni me niegue para lo que me necesites! Pero permíteme estar contigo.
Sugerencias para una noche
de insomnio:
-La vida es valiosa. Lo mismo que el dinero. Pero tiene un valor potencial.
Así también la vida: adquirirá el valor de aquello en lo que la gaste. Al final de mi vida sabré el valor que ella tuvo al recordar aquello en lo que la haya gastado.
-Cuando me llegue el momento final me preguntaré en qué me gustaría haber gastado mi vida. ¿Porqué esperar al momento final?