“PADRE NUESTRO”

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DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO- CICLO C

Él no es sólo tu prójimo, el de una humanidad que sufre abandonada al borde del camino; él no es sólo tu casa, la de una humanidad que permaneciendo en el amor permanece en Dios; él es también tu Padre, el de una humanidad de hijos de Dios, que por ser nacidos de ese único Padre, son todos ellos hermanos entre sí.

La liturgia de este domingo supone que conoces tu condición filial y sabes de qué amor has nacido, qué Espíritu has recibido, qué vida se te ha comunicado. Por eso te invita a discernir deseos y palabras para tiempos de encuentro con tu Padre del cielo en la intimidad familiar.

Tú dices “Padre”, y, si lo dices con verdad, lo dices confiado y atrevido, lo dices con gozo, lo dices en la certeza de la esperanza y en la paz.

El salmista aquietaba todo deseo en la plenitud que es Dios: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”. Tú, acogido al amparo de la misma plenitud, avivas en el encuentro tus ansias, y pides con el fuego de un deseo que te consume: “Santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad”.

Tú dices “Padre”, y todo tu ser se remansa en la fe, porque “Dios ha enviado a tu corazón el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!

Tú dices “Padre nuestro”, y aunque lo digas desde la singularidad personal, si lo dices con verdad, hallarás tu soledad poblada de hermanos, y tu corazón será casa abierta para la humanidad entera.

Entra ahora en el misterio de la eucaristía que celebras y de la comunión que haces. La fe te ha enseñado que comulgas con Cristo cabeza de la Iglesia; comulgas con la Iglesia cuerpo de Cristo; comulgas con “los hombres que Dios ama”, comulgas con todos para ser un pueblo “unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Entra en el misterio de este pueblo, de este cuerpo único, y escucha cómo resuena en ese templo de piedras vivas el eco de la oración común –la tuya, la de la Iglesia, la de la humanidad, la oración de Cristo Jesús-: “¡Abbá, Padre!” “¡Padre nuestro!”

Las palabras de tu invocación envuelven en el amor del Padre todo lo que deseas, lo que pides, lo que buscas, lo que necesitas para acoger en la noche a tu amigo. Y con esas mismas palabras reconoces ya otorgado lo que de tu Padre del cielo esperabas recibir.

Feliz domingo, Iglesia de Dios. Feliz domingo, hermanos.