Propuesta de Retiro

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¡DICHOSO TÚ, PORQUE NO TE PUEDEN CORRESPONDER! (Lc14,14)

 Cuando se habla de Bienaventuranzas, en el lenguaje coloquialy ordinario cristiano, uno sabe de qué se está hablando: se estáhaciendo referencia a ciertos textos evangélicos. No cabe dudade que se está refiriendo a los relatos de Mateo (5, 1-12) y de Lucas(6, 20-26). Y, siendo un poco más generosos, se pueden ampliar las referencias de Mateo hasta 7, 29 y las de Lucas hasta 6, 49.


Éste sería fundamentalmente el discurso evangélico de Jesús en lo referente a las Bienaventuranzas. Como se ve, entonces, el texto de Lc 14,14, que intentamos comentar, no entraría en los capítulos que Mateo y Lucas dedican a ese “discurso”. Sin embargo, me parece elocuente que este texto comience con las palabras “dichoso tú”, que equivalen a “feliz de ti” o “bienaventurado” Con estas palabras empieza, de manera programática y refiriéndose a un sujeto plural y colectivo, cada una de las propuestas del Sermón del Monte. También me parece elocuente que, aun cuando, en su brevedad (no supera las seis palabras) y aun cuando la situación vital del “discurso” aquél (“viendo a la muchedumbre Jesús subió al monte, se sentó y sus discípulos se acercaron” Mt 5, 1-2) no sea la de éste (“habiendo entrado en sábado en casa de uno de los principales de los fariseos para comer, ellos le estaban observando” Lc 14, 1), sin embargo se mantiene el mismo mensaje paradójico y chocante y por idénticas o parecidas razones. En este sentido, creo que se puede decir que este texto pertenece al discurso evangélico del Sermón del Monte y que está perfectamente justificado hablar de “otras Bienaventuranzas”, que están presentes en éste y otros lugares del evangelio, esparcidas aquí y allá, como si hubiesen sido sembradas al boleo en el texto, para recordarnos que nuestro destino es la felicidad gozosa.

  En un día de retiro, como éste, no conviene perderse en distinciones académicas. Lo más importante, para no perder el tiempo, me parece que es poner nuestro corazón y nuestra vida delante de Dios (coram Deo, que dirían los Reformadores), en la gozosa desnudez de quien confía plenamente en Él y quiere dejarse hacer por Él. Sólo desde ahí tiene sentido preguntarse a fondo si yo soy feliz y qué es lo que me hace tal; si pertenezco a una comunidad de personas felices; y, si juntos, hacemos felices y dichosos a quienes se ponen en nuestro camino o en cuyo camino nosotros nos ponemos. Lo digo, porque sin duda, todos aspiramos a una vida “bienaventurada”, es decir, a una vida “feliz”, “dichosa” y perfectamente “lograda”. Lo que pasa es que no todos tenemos las mismas expectativas de cara a esta realidad. Por eso, nos conviene hurgarnos a nosotros mismos y dejarnos hurgar por Dios, en cuya presencia estamos, para que nos sondee y nos conozca (cf. Sal 138). Tenemos que preguntarnos en qué consiste esa vida y cuál es el camino para dar con ella. Y de esto es de lo que nos habla el texto de Lc 14,14. ¿A quién llama “dichoso tú” este texto, tan breve y tan enjundioso, y por qué lo llama así? ¿A qué se refiere el título de “dichoso” con el que se agracia a quien actúa de esa manera, de la que luego hablaremos? “Dichoso tú” Sin pretender rizar el rizo, a mi modo de ver las cosas, ser “dichoso” no es lo mismo que simplemente estar “alegre” o “gozoso”. Es mucho más. Ciertamente quien es dichoso tiene alegría y gozo. Pero no todo el que tiene gozo y alegría es dichoso. El gozo y la alegría pueden ser transitorias. Por eso, se utiliza el verbo “estar”, refiriéndose al estado de ánimo.

Puedo estar alegre y gozoso, en este momento, y estar triste en otro momento. Depende de los sentimientos. Tiene su tiempo el reír y tiene su tiempo el llorar (cf. Ectes 3, 4). En cambio, ser dichoso y feliz es algo más. Es algo permanente. Por supuesto, estoy convencido de que al cristiano evangélicamente le cuadra tener cara de fiesta, en lugar de tenerla de un huraño aguafiestas. Si no, que se lo pregunten a ese filósofo ateo, que decía, con agria ironía, que él se haría cristiano, si los cristianos tuvieran cara de redimidos. Cosa que, según él, no ocurriría, dada la moral de esclavos que practicaban. Estoy convencido de que hay que estar alegres, sí. Pero no por decreto, ni porque así lo prescriba algún maestro de la sospecha, sino porque el evangelio es buena noticia que prende en el corazón y lo enciende de pasión amorosa por Dios y por los hermanos. Hay que estar alegres, pero con esa auténtica alegría que sale de dentro y se hace difusiva de sí. Que sale a la luz del hecho de que uno es feliz y dichoso, vive en una comunidad feliz y dichosa y es fuente de felicidad y de dicha para cuantos se acercan a él en su contexto histórico. La dicha, lo mismo que la felicidad, es más amplia y más honda que la alegría. El gozo y la alegría surgen de la dicha y la felicidad. No al revés. Prueba de ello es que, a veces, resulta que, la risa fácil y bullanguera puede no tener nada que ver con la felicidad bienaventurada y sí mucho que ver con la huida de sí mismo y con la falta de profundidad en la relación con los demás. Vuelvo a repetir que, de vez en cuando, conviene que uno se hurgue a sí mismo y que se deje hurgar por Dios y por los hermanos. Es una buena manera de poder llamar a las cosas por su nombre.

 Cuando nuestro texto dice “dichoso tú”, sinceramente creo que no se está refiriendo a ningún hombre de carácter y temperamento jovial, que no necesita que le animen mucho para ser “la alegría de la huerta”. A lo que sí se refiere, según mi parecer, es a ese hombre que en su encuentro con Dios, ha tenido una profunda experiencia de ser amado, valorado y tratado con una desbordante gratuidad misericordiosa. En un momento concreto de su vida, ha experimentado cómo Dios le ha invitado a participar en su mesa. Gratuita e inmerecidamente le ha hecho comensal en la mesa de su Reino. Le ha dado un puesto en la comunidad de Jesús. Y él, como es lógico, se ha visto inmensamente agraciado. Por eso, ha aceptado participar en ese banquete del Reino, sin ningún tipo de excusas (cf. Lc 14, 15-24), con alegría desbordante e incluso dispuesto a renunciar a lo que más quiere. A este hombre se le dice: “Dichoso tú”. Sí, “dichoso tú” que, inesperadamente y de manera sorpresiva, has encontrado la perla preciosa y el tesoro escondido. “Dichoso tú” por la alegría que has experimentado con el hallazgo. Feliz de ti, que has ido y has vendido todo lo que tenías para hacerte con ellos (cf. Mt 13, 44-46). Bienaventurado tú que te has quedado desnudo de todo, pero que no te importa lo más mínimo, porque ahora eres muchísimo más feliz y dichoso que cuando lo tenías todo. Esto que estoy diciendo me trae a la mente la experiencia del joven Francisco de Asís. Seducido por el evangelio, en plena plaza pública, se desnuda de todo y comienza a vivir la feliz y dichosa pasión por Dios, que inmediatamente se traduce en pasión por los hombres. No es un caso único y aislado. Antes y después, otros hicieron lo mismo, llenando las crónicas de la vida consagrada. En su ideal tensional, lo dejaron todo, fascinados por Jesús.

 Y, ligeros de equipaje, vivieron la pasión por Dios y por los hombres de manera tan radical que, cogiendo únicamente lo que les cabía en un “atillo misionero”, se hicieron presentes, allí donde, sólo por gusto, nadie en sus cabales y con un poco de sensatez, hubiese elegido estar: en las periferias, fronteras y desiertos del mundo. Allí es donde se encuentran con los pobres y los marginados de la historia. Estando con ellos, son felices y dichosos. Se creen bienaventurados, aunque nadie pueda corresponder a sus desvelos. Mucho menos los pobres y los excluidos. Ellos, en principio, no tienen con qué. Así es que esa felicidad es el fruto del triunfo de la gratuidad. Para quien se cree agraciado por esta experiencia dichosa, el texto de Lc 14, 14 no hace más que confirmarles en su elección. Leamos el texto un poco ampliado en los versículos 12-14: “Cuando des una comida o una cena, -dice Jesús- no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos”. Jesús se dirige al fariseo “principal”, que le ha invitado a comer o a cenar, en calidad de anfitrión, y al resto de los que están observando. Les viene a decir que esquemas de actuación, basados en la pura correspondencia del “do ut des” (que se puede traducir, en román paladino: “tanto doy cuanto espero recibir y tanto espero recibir cuanto doy”), olvidan la presencia de la pura gracia. Les advierte que, la actuación de Dios y la de quienes actúan como Él, no es así. Ellos saben muy bien -porque lo han orado más de una vez, cuando han recitado los Salmos y, en particular, el Salmo 40- que es “dichoso el que se cuida del pobre y del desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor” (Sal 40, 2). Éste es un texto que tiene múltiples coincidencias con el texto de Lucas. En los dos se llama “dichoso” a quien se comporta de esta manera con los pobres: sea cuidando de ellos, sea preparando un banquete en el que puedan sentarse, sin ser excluidos. De todas formas, su dicha no la encuentra en la respuesta misma de los pobres y desvalidos, sino en la acción liberadora de Dios (“en el día aciago” o en el día de la resurrección de los justos). De los pobres ni se debe, ni se puede esperar que haya correspondencia. Lo que se puede esperar es que, si no hay esta correspondencia, haya una total gratuidad por parte de ésos que se han convertido en dichosos benefactores. Éstos no pueden esperar ningún trueque de favores. No pueden esperar recibir nada a cambio. No recibirán condecoración por haber donado su corazón. Lo suyo será hacer de su entrega una donación a fondo perdido. ¿Y por qué actúan de esta manera tan obstinadamente gratuita? ¿Por qué son felices al hacerlo? No faltará quien diga que, ante todo, son felices, porque han aquietado los deseos de su corazón, dejando de aspirar a grandezas que superan su capacidad. Porque intentan vivir confiadamente como un niño en brazos de su madre, sin esperas, pero cargados de esperanza (cf. Salm 130). Y, además, porque son realistas y conscientes de lo que da de sí la realidad de las relaciones humanas, en las que hay que repetir, con frecuencia, esos versillos de la sabiduría popular, que dicen: “Como el almendro florido / has de ser en los rigores: / si un duro golpe recibe / manda una lluvia de flores”. Pero, por otra parte, existe otra razón evangélica, última y más importante: y es que éste es el modo de actuar con los hombres de ese Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre malos y buenos. Que no ama sólo a sus amigos, sino que de igual manera ama a sus enemigos. Que es gratuito en la entrega de sus dones. Quien cae en la cuenta de esta forma de actuar de Dios y se propone con firmeza imitarlo, se volverá cada vez más perfectamente gratuito en el amor misericordioso y samaritano. Y se hará cada vez más bienaventurado (cf. Mt 5, 43-48; Lc 6, 36). Una reacción sorprendente Tal y como pensé este día de retiro, hasta aquí hubiera llegado mi reflexión y comentario al texto de Lc 14, 14. Pero hubo una sorpresa que me trastocó el esquema redondo que quería presentar con la mayor claridad posible. Me viene a la memoria, en este momento, una conversación que sostuve con una persona, a la que acompañaba en su caminar. No sé por qué, en un momento de nuestra conversación, le recomendé que leyera el evangelio. Sorprendido por semejante recomendación, me dijo que él intentaba ser un hombre piadoso y que ya lo había leído varias veces, hasta el punto de que se lo sabía muy bien. Incluso se lo sabía de memoria en no pocos versículos. Entonces le dije que no dudaba de que así fuera. Que me alegraba con él y también por él. Pero que, con mi llamada de atención, le exhortaba a que se dejara cuestionar, estrenando corazón de niño en cada encuentro con el evangelio. En el fondo le estaba pidiendo que tuviera ojos para ver y oídos para oír. Que se pusiera a escuchar con el corazón, dejándose sorprender por él. Pues bien, ahora tengo que reconocer que he de aplicarme a mí mismo lo que le decía a esa persona. Se trata de dejarme descolocar por el Dios sorprendente y siempre mayor. ¡Y vaya si me descolocó! La sorpresa me vino como una luz, procedente de lo vivido en otros tiempos, siempre añorados. Era la experiencia, no de invitar a mi mesa a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, sino de ser yo invitado por ellos gratuitamente. Me sentí profundamente abrumado por su generosidad. Por no cansar, sólo voy a narrar con brevedad una pequeña anécdota, que me parece significativa. Un día de invierno, un seminarista, me invitó a merendar con su familia. Llegué harto de pisar charcos a una casa de madera, sin más suelo que la tierra. El cuarto de estar era prácticamente toda la casa. Eso sí: estaba sobria, pero pulcramente adornada. Después de los saludos de rigor, la madre hizo un té, sacó un pequeño y redondo panecillo y una pequeña barra d margarina con lo cual merendamos. Mientras lo hacíamos, la madre me contó que en su país había una institución muy antigua: la institución no oficial pero sí real del allegado. El allegado era un paisano que venía de cualquier parte, llamaba a una puerta, entraba y se quedaba por el tiempo que necesitara. No recuerdo que habláramos de otra cosa. Nos despedimos y nos fuimos por el mismo camino de charcos que habíamos traído. Durante el trayecto, el seminarista me pidió perdón por la escasez de la merienda, pero me dijo que se sentía feliz de que hubiera aceptado sentarme a su mesa y conocido a su madre, a pesar de que al día siguiente sólo tendrían el té para desayunar. Llegado a la casa donde vivía, me eché a llorar. Estuve bastante tiempo impactado por esos pobres que, además de pobreza, tienen una gratuidad desbordante y una riquísima cultura samaritana.

Cuestionario para la reflexión
¿Soy feliz? ¿Qué es lo que me hace feliz?
¿Vivo en una comunidad de personas felices?
¿Qué aporto yo para que mi comunidad sea feliz?
¿Irradio felicidad y tengo cara de redimido?
¿Me dejo hacer por Dios? ¿En qué lo noto?