PROPUESTA DE RETIRO. MAYO

0
312

Caminos de crecimiento y transformación

(Bonifacio Fernández). El itinerario espiritual se puede  describir como un viaje de la cabeza al corazón; es un viaje largo, difícil, pero apasionante. Se puede describir también como un proceso de transformación: del hombre viejo al hombre nuevo, de lo que uno es a lo que está llamado a ser, del hombre dividido al hombre unificado. El modelo más radical de transformación es la Pascua: el paso de la muerte a la vida, de la crucifixión a la glorificación.

Se pueden diferenciar distintas dimensiones de este proceso de trasformación que corresponden a la trama poliédrica de nuestras vidas: somos profundidad y superficialidad, banalidad y dramatismo, memoria y olvido, risas y lágrimas, lucha y contemplación, resignación y esperanza.

En la perspectiva temporal, una dimensión englobante es: de la instalación al crecimiento. Partimos de que la tendencia natural es ampararse en las zonas de comodidad. Nos da seguridad. Resulta más cómodo. Requiere menos energías. Los automatismos personales, pastorales y espirituales se hacen predominantes. La relación con los demás nos contagia en este mismo sentido. Influimos unos en otros a la hora de acomodarnos a los mínimos esfuerzos de superación y transformación.

Pero en el fondo de la condición humana bullen muchas inquietudes y preguntas. Es imposible acallarlas. ¿Qué da sentido a mi vida? ¿Gracias a quién soy yo quien soy? ¿Qué es lo que realmente mueve mi vida? ¿Me siento en camino de crecimiento personal, entrega pastoral y maduración espiritual o me veo realmente como petrificado?

 

De la rutina al asombro

Para la peregrinación de la fe pascual, se requiere una actitud abierta ante los cambios; entenderlos como desafíos y oportunidades de crecimiento personal y espiritual; analizar las resistencias ante los cambios, desbloquear. La inercia lleva a vivir lo ordinario, lo frecuente; nos cuesta admitir y saborear lo excepcional, lo extraordinario; nos movemos en un cierto escepticismo vital sin pasión por la vida y la misión. Tendemos a no creer apasionadamente en nada; no amar apasionadamente ni interesarnos por nada con frescura. Pero el camino de la fe nos lleva de asombro en asombro, de gracia en gracia. Los contenidos de la fe cristiana nos resultan familiares y, al mismo tiempo, sorprendentes, conocidos y desconocidos. La reacción de los oyentes ante las palabras y gestos de Jesús suele ser de asombro y de admiración. ¡Nunca hemos visto una cosa igual! ¡“Nadie ha hablado nunca como Él”! (Jn 7,46).

 

De la insignificancia a la relevancia evangélica

Los sentimientos de insignificancia son también un obstáculo para seguir apostando por el sentido apasionado de la vida. La sociedad nos apremia a sentirnos masa, uno de tantos. Una persona entre los miles de millones de seres humanos que viven ahora, que han vivido y vivirán. Por su parte, las magnitudes enormes del universo, de las que vamos tomando conciencia, refuerzan esa impresión de insignificancia de la existencia humana singular. En un ámbito más concreto, el sentimiento de insignificancia es una de las dificultades con las que contamos hoy en la vida cristiana y en la vida consagrada. El pluralismo religioso es un factor de relativización social de las identidades. Además, el crecimiento del subjetivismo y de la indiferencia con respecto a la existencia cristiana presiona para disminuir la significación y sentido de la creencia religiosa. En el ámbito de la vida eclesial la acentuación de la diversidad de formas de vida cristiana y santidad hace, de hecho, perder significado e importancia a la vida consagrada, como forma de vida carismática dentro de la Iglesia.

Esta crisis de insignificancia incluye el kairos de luchar por la relevancia evangélica, que no es la del poder de las instituciones y los medios; es la relevancia de la autenticidad, del testimonio de la imitación y la transparencia de Cristo.

 

Del aturdimiento a las decisiones de cambio

La sociedad actual es como una apisonadora que masifica y uniformiza a las personas. Los estilos de vida de la sociedad actual ejercen una gran presión. Los modelos de vida feliz y de éxito son enormemente atractivos. Ejercen un gran influjo. Suscitan el deseo de imitación. Es sorprendente la fuerza contagiosa de la moda, manejada por poderosos sistemas de publicidad. Surge una sociedad de imitadores de los valores y los desvalores de las clases dominantes. El resultado es que nuestras vidas están, en gran medida, manejadas por otros; no vivimos la vida que queremos vivir. Alguien está programando nuestra vida por nosotros. Nos hacen vivir la vida que a ellos les conviene; en ningún caso la vida que nos hace feliz y que anhelamos con toda el alma. El camino de la verdadera libertad personal y espiritual es hoy una senda contra-cultural. Requiere un constante ejercicio de la autenticidad y la honestidad consigo mismo. Es un proceso de confrontación con cuestiones básicas: ¿Vivo la vida que quiero vivir? ¿Qué anhelos profundos están moviendo mi existencia en el día a día?

 

De las prisas a la presencia del milagro de la vida

La misma realidad se puede contemplar desde otra perspectiva. Nuestra vida es como un surco en la tierra del tiempo en el que nacemos y crecemos. Es un surco abierto por otros. Nuestras vidas están encadenadas. Cada cual es simplemente un eslabón de la cadena que nos precede y que seguirá después de nosotros. El margen de innovación y creatividad es limitado. Siempre repetimos más comportamientos aprendidos que aquellos que innovamos.

Hace años era menester insistir en la conversión al futuro. El presente no tenía suficientes alicientes para cautivar y concentrar. Era preciso mirar al futuro. Se entendía que siempre “lo nuevo es mejor”. La experiencia de la conversión al futuro, en muchas personas, se ha mostrado como una huida de las posibilidades del presente. Los cambios decepcionan. La innovación en la condición humana es más bien escasa. Las transformaciones son más lentas de lo que cabría imaginar en la juventud.

Hoy vemos con más claridad el coste de la aceleración del tiempo. Hay que vivir, y vivir de prisa. El tiempo es corto. Hay que aprovecharlo. En la sociedad líquida se agiganta la prisa por las gratificaciones. Es muy difícil la paciencia. Si un logro requiere mucho esfuerzo y tiempo no vale la pena. Eso de aprender a esperar, que nos proponía Ernst Bloch con lucidez, nos viene a contrapelo.

Las prisas llevan a vivir en la clave de las impresiones presentes y los temores futuros. Se esfuma fácilmente la experiencia de la presencia en los distintos ámbitos. Estar presentes a nosotros mismos, ser capaces de interioridad y de encuentro con uno mismo. Los incentivos de la cultura actual son incitaciones a la exterioridad, a la imagen y la apariencia. No interesa tanto la verdad de las personas y las cosas; interesa contarlo desde los intereses de cada uno.

La experiencia del crecimiento en la fe y en el encuentro con el Dios vivo está llena de novedad. Pasa por momentos de aburrimiento y de desierto. Pero la novedad de Dios es siempre sorprendente; despierta nuestras aspiraciones hondas e ilumina también nuestros sentidos: la capacidad de ver, la capacidad de oír, de gustar la presencia y los dones del Dios de la vida y anhelar su plenitud.

 

Del cansancio existencial a la vitalidad y la excelencia

Partimos de la existencia de una cierta “atonía espiritual”. La indolencia espiritual del dejarse llevar de las costumbres aprendidas viviendo en una cierta inconsciencia, como en un estado hipnótico sin tomar conciencia del tiempo que pasa y de las oportunidades que no vuelven. El miedo, disfrazado de comodidad y confort, es lo que impide el crecimiento personal y espiritual.

En este contexto la obediencia puede ser entendida como conformismo, como seguir el surco que otros han trazado, sin innovar nada en la tierra de la herencia carismática que hemos recibido, como si uno estuviera encerrado en unos muros de cristal.

Se expresa la “atonía espiritual” en falta de motivaciones evangélicas, poco sentido de la transcendencia; oración ritualista; dificultad en compartir la fe, incoherencia entre la oración y la vida, una cierta superficialidad de vida; dejarse llevar, sin preguntarse para qué y para quién vivo. Se ven más los “frutos de la carne” que los del Espíritu. Escasa creatividad y vibración en el contacto con la palabra viva de Dios.

Por otro lado, la tendencia a auto-trascenderse brota de una necesidad profundamente humana que constituye un dinamismo fundamental. La auto-superación es una lucha contra el hastío y una búsqueda de felicidad plena, de plenitud. El estilo de vida consumista tiende a obsesionarnos; pero no anula la capacidad de sobreponerse y buscar nuevas formas de vivir. “La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida” (LS 223).

En este contexto es claro que no conviene definir la obediencia como dependencia sin más, pues eso lleva a la uniformidad y estandarización. La obediencia de la fe, y la obediencia religiosa, es creatividad en el discernimiento de los signos de los tiempos y en la actitud creativa ante los cambios y transformaciones sociales.

De la productividad activista a la fecundidad

Vivimos en tiempos de activismo. Las agendas son imprescindibles. Y suelen estar muy llenas. Reflejan el ritmo de una vida agitada. Los quehaceres nos superan. Los deseos van siempre por delante de las manos. Las tareas en que debería encarnarse la misión evangelizadora superan con creces las posibilidades de las personas. Muchas cosas se quedan sin hacer. Estupendas iniciativas tienen que ser aparcadas.

En esta situación se corre el peligro de entender la vida unilateralmente como tareas a realizar con la sobrecarga que ello implica, y la posible frustración.

Es preciso recordar que la actividad no es necesariamente fecundidad, que es la calidad de la vida, de la relación y del amor lo que realmente evangeliza. Que el hecho de terminar cansados al final del día, puede hacernos sentir satisfechos, pero no es el criterio más evangélico de auto-evaluación. No debemos olvidar que, además de tarea, la vida es regalo de Dios que nos llama al asombro y a la adoración. Y que, además de tarea y regalo, la vida personal tiene una dimensión de destino, forjado en la historia familiar y cultural. Y, por último, la vida humana, bajo la palabra y el silencio de Dios, es un arte que hay que aprender y ejercitar para que en ella se puedan percibir los signos de la presencia del Dios de la alianza y de las promesas.

 

De la posesión al desprendimiento

También este es un camino de conversión y transformación: ir viendo la realidad a través de los ojos de Dios tal como se nos muestran en la visión y praxis de Jesús. Se nos tienen que caer las escamas de los ojos como a Pablo; tiene que curar nuestra ceguera como uno de los signos mesiánicos: los ciegos ven. La tendencia a poseer, dominar a las cosas y a las personas, vive en nosotros. La codicia nos hace posesivos. Los deseos se vuelven insaciables. Necesitamos hacer el viaje a la apertura holística y global. La tendencia natural nace de la codicia que se expresa en la urgencia de poseer y el miedo a no tener bastante y, por ende, la necesidad de acaparar. “Cuando las personas se vuelven auto-referenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad” (LS 204). Lo expresa muy bien un slogan publicitario de El Corte Inglés: “Quiéreteme. Es hora de pensar en ti. Date un caprichito hoy”.

Los caminos del Espíritu, por su parte, llevan al desasimiento de los bienes, de las ideas, de los afectos. Requiere desasirse de todo lo que se tiene y renunciar a tener más, de lo cual habrá que desasirse un día. Es más fácil no haberlo tenido, que renunciar a ello cuando se ha tenido. El camino de la transformación implica reconocer la importancia de la vida sencilla y sobria. Es sabio caer en la cuenta de que vivimos una sobre-excitación del deseo de posesión. Tenemos que hacer la experiencia de que se puede prescindir de la mayoría de las cosas que se nos ofrecen. El papa Francisco nos recuerda que «la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo. Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que “menos es más”» (Laudato si´222).

Si confesamos y vivimos que Dios es nuestro gran tesoro, seguramente que pierden esplendor y atractivo los bienes que nos dan seguridad, popularidad, status social y protagonismo pastoral; pierden su atractivo idolátrico. Pierden reclamo y atractivo también nuestras heridas y resentimientos. Y ello nos permite liberarnos de los deseos de venganza que nos atan, de las ideas rígidas que comprimen y oprimen la mente y la vida.

Si se vive la honda experiencia de ser hijos amados incondicionalmente por Dios, que es Él el único capaz de asegurar la vida, es obvio reconocer que los bienes y recursos, materiales y espirituales, de las comunidades, como las comunidades mismas, pertenecen al pueblo de Dios; están al servicio del pueblo de Dios; no son para apropiárselos sino para compartirlos al servicio del reino de Dios.

Por su propio dinamismo, la biografía personal de cada uno conduce a un proceso de desposeimiento; el tiempo va recortando posibilidades y sueños diurnos. Suscita otros nuevos deseos; remodela unos y otros. La vida decepciona las expectativas de felicidad. Nuestra existencia, que es temporal y mortal, implica una mezcla del miedo a la vida y de la pasión por la vida. Según la Carta a los Hebreos el temor a la muerte es lo que nos tiene esclavizados a este mundo (Hb 2,14-15). Liberarnos del miedo a la muerte es un proceso que dura toda la vida, gracias a la esperanza en la vida eterna.

De la exclusión a la inclusión y la comunión

Ya la formación inicial para la vida consagrada ha estimulado el camino del yo al no-sotros. La profesión religiosa implica inclusión y pertenencia a un proyecto carismático de vida y misión reconocido por la Iglesia como camino de santidad y de evangelización. La persona ha adquirido una nueva pertenencia y comunión que implica definitivamente la vida entera. La verdad es, sin embargo, que actualmente vivimos la situación cultural de exaltación de lo privado e individual. Parece que es una nota común en la sensibilidad actual; se entiende la libertad como libertad-de, y se olvida la libertad-para. Se exalta la diferencia, la independencia. Se huye del compromiso, de las vinculaciones. Estimula la competitividad y dificulta la comunicación profunda de las personas; la escucha es un arte poco practicado. En las comunidades religiosas cuesta asumir las tareas comunes. Crecer personalmente implica desarrollar las actitudes que construyen comunidad: disponibilidad, generosidad. La nueva situación histórica de la vida religiosa requiere potenciar la importancia de la participación y colaboración activa para renovar el proyecto carismático común que cuenta con todas las personas que lo comparten. El camino hacia el encuentro interpersonal, hacia la comunicación profunda es hoy una tarea urgente de crecimiento personal y espiritual.

 

De la doctrina y las normas al acompañamiento y discernimiento

Es este otro cambio de mentalidad pastoral de gran calado. Desde hace tiempo, el estilo pastoral ha acentuado la importancia de la recta doctrina, del ideal evangélico, pero ahora se ve la necesidad de acentuar la cercanía con respecto a las personas y sus situaciones biográficas. Es preciso mantener la tensión entre las dos dimensiones. Pero el desafío consiste desarrollar realmente una presencia pastoral de acompañamiento.

Es preciso hacer la propuesta positiva de las aspiraciones profundamente humanas; hacer una presentación del proyecto cristiano como un proyecto de felicidad y de plenitud humana. “Las realidades que nos preocupan son desafíos. No caigamos en la trampa de desgastarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de despertar una creatividad misionera” (AL 57). La visión biográfica de las personas, con sus etapas y sus crisis, sus progresos y retrocesos, requiere una actitud de discernimiento y de motivación. No es buen estilo el insistir y proponer una y otra vez la necesidad de cumplir las normas como si fueran solamente mandatos extrínsecos a las personas.

 

De la idolatría a la teolatría

El itinerario espiritual hace pasar por la experiencia de la decepción de las esperas, del sentimiento de abandono de Dios, del aparente silencio e indiferencia de Dios mismo ante los males del mundo. Se trata de un proceso doloroso. La tentación de Pedro es hacer un Mesías a su medida, según sus expectativas y aspiraciones, según sus intereses. La tentación que se le propone a Jesús es presentar a un Dios del poder, del tener y del aparecer para suscitar la admiración pero no la conversión del corazón.

El camino de la fe pascual necesita hacerse imágenes de Dios. Vamos aprendiendo que se parecen mucho a nosotros mismos. Las imágenes de Dios que tiene cada uno en su mente, la imagen de Dios a la que se quiere parecer, ante la que puede vivir y morir, necesita ser purificada según la Pascua de Jesús. Entra aquí la dolorosa experiencia del silencio de Dios, silencio de Dios en el universo (la ciencia no lo encuentra), silencio ante el drama de la historia del mal, silencio ante la perversidad de algunos mortales. Las crisis de la fe en nuestro mundo representan un desafío de purificación de la fe y descentramiento de uno mismo para centrarse en el Dios que resucitó a Jesucristo de entre los muertos. La ausencia, lejanía y silencio de Dios en la creación ante el conocimiento científico, se desvela en la teología pascual de la muerte y la resurrección de Jesucristo. El silencio es entrega radical de amor. Nos enseña a adorar el misterio.

 

Para la reflexión y oración personal:

Después de haber leído o escuchado el texto precedente:

¿En qué aspecto me veo más llamado a mejorar?

¿Qué rasgos de crecimiento personal y espiritual me atrae más?

 

Para la asamblea comunitaria:

  1. Parábola para la reflexión comunitaria

“Marco Polo describe un puente, piedra a piedra.

– ¿Pero cuál es la piedra que sostiene al puente? –pregunta Kublai Kan.

– El puente no está sostenido por esta piedra o por aquella –respondio Marco–, sino por la línea del arco que ellas forman.

Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:

– ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.

Polo responde:

– Sin piedras no hay arco”.

(Según Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles, Madrid 1998, p. 96)

  1. ¿Qué me dice esta parábola sobre mi experiencia de comunidad? ¿Es comparable al arco y las piedras?
  2. Ejercicio de visualización: el árbol de mi vida.

(Texto para ser leído por una persona en el grupo)

Me busco la posición cómoda en la silla… Me imagino que mi vida es como un árbol dentro del jardín de la Iglesia. Elijo un árbol que me gusta: un cedro, la higuera, palmera, olivo, chopo… Me fijo en él, lo miro con atención; me identifico con él. Representa mi vida… llevo mi atención a las raíces de mi árbol. ¿Cómo las siento? ¿Qué relación siento con la tierra donde arraigo: familia, Iglesia, congregación? ¿Son raíces fuertes, profundas, extendidas capilarmente en la tierra…? ¿Dan estabilidad y firmeza a mi vida…? ¿Me siento con raíces en la vida que quiero vivir? ¿Me veo frágil y movedizo cuando arrecian los vientos de la adversidad? ¿Voy creciendo en hondura, en estabilidad, en unidad?

Llevo la atención al tronco de mi árbol. Contemplo su corteza y me fijo en su aspereza o suavidad o rugosidad. Trato de sentir el tacto, abrazo simbólicamente el tronco de mi árbol. Caigo en la cuenta de su fortaleza, puedo mirar dentro y contemplar los años de mi árbol, y a través de ellos veo la historia de mi vida… distintas etapas, cambios significativos. Traigo a mi memoria algunas relaciones personales que están moviendo y transformado mi vida… Dejo fluir en mi mente sentimientos de agradecimiento hacia esas personas. Evoco las palabras del Génesis: Yavéh Dios hizo brotar del suelo toda clase se árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, en medio del jardín el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal… me identifico con ese árbol de la vida que es la inmortalidad… Llevo mi atención a las palabras del salmo: dichoso el que espera en el Señor, el que medita la ley del Señor… Es como un árbol plantado junto a las corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, que no se marchitan sus hojas (Sal 1). ¿Cómo siento la vitalidad de mi vida? ¿Siento la pasión de vivir en plenitud y dar fruto? ¿Experimento con intensidad la fecundidad de mi vida o estoy viviendo momentos en los que prevalece la impresión de esterilidad e irrelevancia?

¿Noto cambios significativos en mi forma de pensar… sobre mí mismo… mi vocación y misión? Tomo conciencia de las transformaciones en mi mundo afectivo…¿Me veo más capaz de amar gratuitamente? ¿Qué rasgos de narcisismo sigo descubriendo en mis relaciones con los demás, con Dios?

Vuelvo la atención a mi cuerpo, mi respiración… voy moviendo mis manos y mis pies… y termino el ejercicio.

 

Tomo nota de lo más significativo de este ejercicio.

Comparto (si lo hacemos en comunidad).