PROPUESTA DE RETIRO

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Estaba allí la madre de Jesús
Juan 2, 1-12; Juan 19,16-30; Apoc.12, 1-17
Imaginémonos en un atardecer a la orilla del mar, mirando hacia el poniente. El sol acaba de esconderse en las aguas y el cielo ha quedado aun inundado con la luz de su ausencia reciente. Pero poco a poco todo eso comienza a alejarse. De pronto, como un pequeño parpadeo de luz se enciende sobre el horizonte. Tratamos de fijar la vista en ello, y no logramos retenerlo. Pero a los pocos minutos ya se nos presenta con más nitidez. Es una estrella. O mejor, un astro que recibe la luz del sol que se ha ido. Es el lucero de la tarde. A medida que pasa el tiempo, va ganando en luminosidad, y llega a distinguirse claramente por entre todas las otras luces con que el cielo se va tachonando.
Sabíamos que estaba allí. Pero la presencia del Sol con toda su luz nos la había escondido a nuestros ojos. Si hasta el mismo Lucero simplemente recibía su luz del Astro y por tanto participaba de lo mismo que todos nosotros. Pero ahora que el Sol se ha puesto y que nosotros nos vamos adentrando en la noche, toca a esa estrella el hablarnos claramente de él.
Algo parecido sucede con María en los escritos del Nuevo Testamento. En los primeros, que son las cartas de Pablo, ella no aparece nunca. A menos que interpretemos una frase de Gálatas en la que se nos dice como de pasada de Jesús “nacido de mujer”. Pero muchos exegetas lo interpretan como una frase similar a “hijo del hombre”. Un genérico para referirse a la humanidad del Señor. En los primeros evangelios generalmente María es incluida en la familia de Jesús, y como tal las referencias que se hacen a ella no son propiamente personales. Por que estaba claro que el tema del Reino no era cuestión de carne y de sangre, sino de obediencia a la Palabra de Dios. Y en la respuesta de Jesús a la mujer que la piropea por haberlo llevado en su seno y amamantado con sus pechos, Jesús le hará ver que su verdadera bienaventuranza estuvo en haber escuchado la palabra de Dios y haberla obedecido.
Tocará a Lucas, discípulo de los apóstoles, identificarla de una manera más personal, y ya claramente en su misterio de cercanía única con el Señor. Pero todavía María se mueve allí en el clima de Jesús hombre, a través de la encarnación de la Palabra en su seno.
Será Juan quien nos presentará a María en su verdadero papel de partícipe y mediadora junto al Señor. No porque hable muchas veces de Ella. Sino porque la coloca claramente en los dos momentos claves de la vida de Jesús: al inicio, cuando hace adelantar la Hora, y luego en la Hora de la Cruz. Y finalmente en el Apocalipsis cuando la identifique con la Mujer-Madre-Iglesia.
Juan no es un narrador de sucesos o un escritor de biografías. Espiga algunos sucesos escogidos, y luego los narra con detalles de tiempo y lugar, los utiliza como escenario para sus mensajes o discursos evangelizadores. Afirmando que se podrían escribir infinidad de libros sobre los hechos y dichos de Jesús. Pero que estos que se han consignado por escrito lo han sido para que lleguemos a creer que Jesús es el Mesías, y creyendo, tengamos Vida en Él.
Después que en el primer capítulo nos contó sus recuerdos sobre la forma en que conoció a Jesús, Juan arranca ahora con un acontecimiento aparentemente ordinario. Celebración de pueblo chico: un casamiento con fiesta y todo, como se acostumbraba en aquel entonces. El pueblito se llamaba Caná.
Y fue invitado Jesús. Quizás haya habido amistad o parentesco. Y Juan nos aporta un dato con una frase de esas típicas suyas, cuando quiere colocar un acontecimiento como marco para algo más importante. Frase que no está puesta porque sí. Es probable que sea el resultado de largas rumias, y sobre todo de las repetidas veces que el asunto se comentó en la Iglesia primitiva.
Y nos dice: también estaba allí la madrede Jesús. Y de esta manera por primera vez Juan nombra en su evangelio a la Virgen María. Y la nombra como la madre de Jesús. Y será la única vez en que nos relata una palabra de María. Será la primera y única vez que Juan la hace hablar. Ciertamente Ella aparecerá en otras ocasiones, e incluso nos contará cómo Jesús desde la cruz se la confió a él y lo confía a él como hijo de ella. Y que él la llevará a su casa. Pensemos en ese Juan tal como lo habíamos descrito en la otra reflexión. Solo dos frases cortas serán las que María dirá en el evangelio de Juan. La primera es para hacerle notar a su hijo, que en la fiesta se ha terminado el vino.
María, que siempre se nos muestra como una mujer en segundo plano y al servicio, habrá andado por la cocina y de esa manera se enteró de la dificultad. Y del problema que significaría que en la mitad de una fiesta de casorio, se hubiera acabado el vino. Habrá habido imprevisión. O quizá exceso en el consumo inicial. O tal vez, al caer Jesús con un grupo de discípulos no calculados entre los invitados, aumentó la cantidad de consumidores. Lo cierto es que la cosa se complicó.
-¡No tienen vino!
La respuesta de Jesús ha sonado siempre como enigmática. Y hasta desconcertante, puesta así en un diálogo con su madre. Cada uno podrá darle el tono que prefiera, y la explicación que más le guste. Pero tal como la trae Juan, da a entender que Jesús no siente que tenga que ver en ese asunto. O que al menos no había conocido de antemano que allí tendría que actuar, porque le hubiera llegado la hora. La cuestión es que María entendió, y atendió. Y sobre todo, supo qué actitud tomar. Y dijo la segunda frase, que nos va a quedar para siempre como el gran mensaje de ella a la Iglesia. Se dirigió a los servidores y les pidió con toda sencillez:
-Haced todo lo que Él os diga.
Se trata de otra frase misteriosa que cada uno puede comentar como mejor le acomode al propio momento que esté viviendo. Pero lo cierto es que en todos los evangelios, pero de una manera especial en el de Juan, esta es la última vez que escuchamos hablar a María. No será su última actitud, ni la última vez que va a estar presente. Sabemos que estará junto a la cruz y en Pentecostés. Y que Juan la va a tener en su casa. Pero como palabra de ella, y sobre todo dirigida a quienes rodean a Jesús, es esta: Haced todo lo que Él os diga. Como si fuera la condensación del mensaje y de la actitud de María en el evangelio.
Nosotros sabemos que los evangelios no han pretendido traernos todo lo que sucedió. Su finalidad fue la de fundamentarnos en la fe. Y por ello se limitaron a dejarnos aquello que era necesario que supiéramos para tener una fe bien apoyada. A fin de que conociendo creyéramos que Jesús es el Hijo de Dios. Y de esta manera aceptáramos todo el misterio de la salvación.
Pero resulta que nosotros no nos podemos contentar sólo con aquello que apoya nuestra fe. A veces es bueno también seguir buscando lo que pueda satisfacer a nuestra curiosidad, sobre todo si ella nos ayuda a aceptar mejor un misterio o a sacar mayor provecho de él. Porque la sana curiosidad también es una virtud, madre de ciencias y necesaria. Por eso es lícito preguntarnos, quién era esta Madre de Jesús, que nosotros vemos aparecer tan de lleno ya en el inicio del evangelio de Juan.
Menos mal que Lucas nos lleva de la mano a un punto mucho anterior, y nos pone en contacto con ella. Nos la presenta jovencita, allá en Nazaret. Y ya comprometida con José. Y en ese contexto nos narra el anuncio del ángel. Por tanto en ese momento en que Lucas nos la presenta, María es una mujer joven. En cambio cuando nos la presenta Juan en las bodas de Caná unos treinta años más tarde, María ya es una persona casi anciana para aquella época. Pero en ambos casos, tanto ante María aún joven, o ya como mujer madura, nos queda siempre la pregunta: ¿quién fue ella? ¿Cómo fue su infancia y quiénes fueron sus padres? Los evangelios no nos dicen prácticamente nada sobre todo eso. Porque no consideraron que ello fuera algo que importara para fundamentar nuestra fe.
Pero vuelvo a insistir que más allá de lo que necesitamos para nuestra fe, es lícito tratar de buscar algo de aquello que pueda interesar a nuestra curiosidad o al deseo cariñoso de conocer mejor a las personas que el Señor mismo eligió para hacerlas sus especiales colaboradores. Por eso, desde muy antiguo aparecieron escritos (y aún hoy se siguen escribiendo) a veces no demasiado bien intencionados, y hasta peligrosos, que se llamaron los evangelios apócrifos. Este nombre de apócrifos encierra una cierta valoración peyorativa, en el sentido de que fueron excluidos de los escritos canónicos. Estos, los canónicos, son los que estaban en regla y eran los aceptados por la Iglesia como verdaderos.
Sin embargo, hoy en día, a muchos de estos escritos apócrifos se les reconocen ciertos valores, más allá de que sean ortodoxos o no. En primer lugar, muchos de estos escritos son muy antiguos. Casi tan antiguos como los mismos evangelios. Nacieron generalmente en el ambiente mismo donde las cosas sucedieron. Por lo tanto conocían bien la cultura, las costumbres y la manera de pensar de la gente que rodeó a Jesús en su vida. Y sobre todo, lo importante es que en muchos casos, de verdad trataron de responder a la curiosidad y por tanto a lo que a nosotros nos gustaría saber.
Espigando un poco alrededor de los datos que estos escritos nos aportan, y basados siempre en los datos firmes que nos traen los escritos canónicos, podemos hacer algunas afirmaciones. La primera sería constatar que a menudo, cuando Dios necesita un hombre, elige una mujer. Esto significa que el Señor Dios prepara las cosas con mucho tiempo. Lo mismo que hace un campesino: cuando necesita pan, empieza por elegir una tierra. Y a esa tierra la prepara arándola y liberándola de todo lo que tiene encima. La pone en barbecho, dejándola como inútil para todo lo que ordinariamente se utiliza a un campo. La obliga durante el largo invierno a vivir un tiempo de esterilidad. Cuando está por llegar la primavera, ahí sí, se aceleran las urgencias de la siembra con todo lo que le sigue. De la misma manera, la Biblia nos muestra que cuando Dios necesita un hombre muy especial, como pudieron ser Isaac, Jacob, Sansón, Samuel, y otros, previamente Dios elige a sus padres a quienes prepara con una larga esterilidad que suele llegar hasta la ancianidad. Y cuando desaparecen los posibles humanos, entonces aparecen «los posibles» de Dios. Porque para Dios no hay nada imposible.
En estos apócrifos también se presentan a los padres de María como dos personas piadosas y ancianas, a quienes llaman Ana y Joaquín. Sabemos que eran parientes de Isabel y Zacarías, otros dos ancianos, también ellos estériles. Quizá hubiera más allá del parentesco, una especial amistad entre ambas parejas de personas mayores. Porque es importante aclarar un aspecto teológico de nuestra tradición: si Jesús es descendiente de David y de la tribu de Judá, fundamentalmente lo es porque lo era José. Es decir, aunque José no fuera biológicamente el padre de Jesús, fue Dios mismo quien lo invitó a entroncarlo con el rey patriarca David. Podríamos decir con muchos comentaristas de la Biblia, que por María Jesús fue de la raza humana, y por José lo fue de la descendencia davídica.
Los evangelios apócrifos nos cuentan que María habría nacido de estos dos ancianos, Joaquín y Ana, y que probablemente habría quedado huérfana de pequeña. Y continuando con una tradición y un deber de los sacerdotes que debían ocuparse de los huérfanos, las viudas y los desamparados, María habría sido recibida de pequeña en la casa de Isabel y Zacarías. Y así, María habría crecido junto a Isabel, y con ella habría aprendido todos los relatos bíblicos. Habrían hecho juntas la lectio de esos grandes relatos de la historia de la salvación que siempre terminaban con una clara reflexión común:
-¡Porque para Dios no hay nada imposible!
La anciana Sara, esposa de Abraham que será la madre de Isaac. Rebeca, la esposa de Isaac, que gracias a la oración consigue ser fecunda. La esposa de Manoaj, la madre de Sansón. Y sobre todo el caso arquetípico de Ana, la mujer de Elcaná, que será la madre del gran Samuel. Cuántas veces María e Isabel, partiendo de la realidad concreta de los padres de María, y que ahora era la de Isabel y Zacarías, habrán leído estos textos y habrán terminado alentando la esperanza y diciéndose mutuamente:
-¡Para Dios no hay nada imposible!
En el anuncio del Ángel a María, el signo claro que éste le da, es el que Isabel también está embarazada, y ya de seis meses. Cosa que probablemente María no sabía. Para ella ese fue un argumento fenomenal que la hará poner también a ella en total disponibilidad. Esto hace suponer que el contacto entre Isabel y María, era no sólo de conocimiento, sino de vivencia por haber compartido la vida. Y cuando María se ponga inmediatamente en camino a fin de ayudarla a Isabel que ha entrado en reposo, Isabel va a reconocer el saludo de María sin haberla visto siquiera. Y este saludo le va a provocar una conmoción tan grande que su chico le da saltos en el vientre. Y las dos comienzan a hablar como si lo hubieran dejado de hacer hace seis meses atrás. Cada una da como por sobreentendido muchas cosas que ya han sido dichas. En todo caso, si leemos este relato de Lucas con sencillez y sin prejuicios, queda claro que entre estas dos mujeres ha habido ya mucha comunicación previa, y hasta podríamos decir, esperanzas compartidas. Sólo así comprendemos este gesto. Mucho más allá de lo que el Espíritu Santo les hubiera podido decir o revelar a cada una de ellas. Porque el Espíritu en general no suple lo que existe o lo humano. Lo toma, lo asume.
Pero vamos a ponernos allá en el año cero, tirando para marzo. ¿Veinticuatro de marzo?… o algo así. “Tata” Dios llama a un Ángel. Gabriel se llamaba. Lo llama y le dice en secreto:
-Anda, y anúnciale a aquella joven que está allí que acepte ser la madre del Redentor. La madre del Mesías.
Uno podría pensar que era evidente que María iba a decir que sí. Cierto, es evidente para nosotros que lo sabemos. Pero, ¿y si María hubiera dicho que no? ¿Jesús no se hubiera encarnado? El no del hombre, nunca impide el si de Dios. Lo que sí hace, es que ese hombre quede fuera del plan que Dios tenía para él. Y sino, recuerden al dueño de la fonda de Belén, ese hombre a quien el “Tata” Dios había elegido para que fuera quien le abriera las puertas de su casa al mismísimo Redentor a fin de que en ella viera por primera vez la luz de esta tierra. Porque el “Tata” Dios no quería que Jesús naciera entre los animales y en una gruta. Eso es un invento nuestro, como para excusarnos. El “Tata” Dios quería que su hijo naciera como la gente y entre la gente. Para eso ya tenía destinada la posada de Belén. Y en ella tenía elegido a Don Casimiro (¡digo no? Así se habrá llamado por un suponer!) para que fuera el gran personaje. Todo estaba preparado. En el último momento una orden del emperador romano había puesto en camino a José con María para que Jesús naciera allí. Lo único que faltaba era que Don Casimiro dijera que sí. Pero dijo que “no”.
Si hubiera dicho simplemente que sí, dejando que el Señor Dios fuera haciendo todo lo demás, Don Casimiro hoy sería San Casimiro (¡patrón de los alquileres!). En todo el mundo estaríamos haciendo los pesebritos con la figura de él. Pero dijo que no. ¿Eso paró el parto de María? ¿Suspendió la llegada de Jesús entre nosotros? No. Lo único que consiguió es que el nacimiento fuera a suceder en una cueva refugio de animales, donde ni siquiera había una puerta como para que pudiera decir que sí o que no. Y allí fue a ver la luz Jesús, porque nosotros le negamos la posibilidad de nacer donde hubiera debido. Porque el que tenía que decir que sí, dijo que no.
Dejadme por un momento seguir imaginando las consecuencias. Supongo que cuando Don Casimiro se murió, agarró para el cielo. Y Dios lo habrá recibido, porque sabemos que no es rencoroso. Pero dicen que el angelito encargado de darle pieza le dio una con ventana al mundo. Para que desde allí pudiera ver en todas las navidades cómo los niños se dedican a hacer el pesebrito. ¡Pobre Casimiro! ¡Qué mala fama se ha ganado desde hace dos milenios! Porque él ve, sin poder ni chistar, cómo se arman los belenes y su figurita no aparece por ninguna parte. Y en el lugar que tendría que estar él siempre colocan un burro orejón, y reemplazando a su señora ponen un buey, con los dos cuernos para adelante, como mirando al burro de reojo. ¡Que terrible! ¿no? Me imagino que el infierno ha de ser algo así. Poder ver toda la creación ya completa, perfecta, concluida, y en el momento que Cristo la entrega al Padre, darme cuenta que en el lugar magnífico y maravilloso que yo tendría que estar ocupando, está un bicho. Un lugar vacío porque yo no estoy allí.
Bueno, pero en fin, vayamos al grano. María dijo que “si”. Y se lo voy a contar como desde hace años se lo cuento a mi gente de la tribu de Coliqueo, en Los Toldos, donde suelo celebrar la noche de Navidad.
Dicen que el Ángel que tenía que hacer de “chasqui” llegó medio sofocado, se encontró con la Virgen y la saludó casi de sopetón:
-¡Alegráte, María eres la preferida
del “Tata” Dios, Él está contigo.
Y no hay quien te libre!
-¡Epa! -le dice María- ¿Tú estás loco o te arrancaron verde?
-No, perdonáme María. Lo que pasa es que vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo.
-¡Momentito, momentito! Yo no sé si entendiste lo que te quiero decir.
Mirá que yo no tengo relaciones con mi novio.
Entonces el angelito se dio cuenta que había metido la pata por apurado, y quiso empezar todo de vuelta.
-No. ¡Perdón María! Lo que pasa es que el Espíritu Santo va a venir y te va a cubrir con su sombra. Por eso lo que va a nacer de vos, va a ser llamado Santo. Va a ser de Dios. Y te aviso que también tu parienta Isabel ya está de seis meses, y eso que decían que no había caso.
Al escuchar esto María cayó en cuenta de qué se trataba. Y entonces dijo:
-¡Ah, vienes de parte de Dios! Hubiéramos comenzado por ahí, flaco.
Si esto es de Dios, ya no hay nada que añadir. Yo soy la esclava del Señor.
Que Él cumpla en mí su Palabra. Porque yo sé que para Él no hay nada imposible.
Y sí desembarcó la Palabra de Dios. O mejor, utilizando una expresión más teológica y bíblica: el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, la Sabiduría de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad desembarcó en nuestra historia humana. De una manera totalmente nueva. Y desembarcó en el seno tibio y puro de una joven, también ella totalmente pura y limpia de toda mancha original. Porque Ella le dijo “sí” a Dios en sus entrañas. Y cuando María le dijo que sí a Dios en sus entrañas:
-El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Y después de haberle dado el sí a Dios desde sus entrañas, María quedó con sus manos libres para ponerlas al servicio. Se fue presurosa y primorosa a Ain Karim, el pueblito donde vivía su pariente Isabel. Se fue a Guadalupe para ayudar a la América que nacía. Se vino a Luján. Y así está en Caacupé, y en el Valle, e Itatí, y en miles de otros lugares donde haya pobres a quienes acompañar en el duro parto de la vida. Y en Copacabana y en Aparecida. Casi siempre con las manitas juntas. No tiene el niño en sus brazos, porque lo lleva en su seno desde que le ha dicho que sí a Dios en sus entrañas. Pero tiene sus manos libres para ponerlas al servicio. Y casi siempre cae por la puerta de servicio. Por la puerta lateral. Se le aparece a un indiecito. La descubren unos paisanos que llevan carretas tierra adentro. La encuentra un pescador, que tiene que recomponerla porque está rota. Se presenta detrás de un árbol a un indio fugitivo. Así ha aparecido en nuestra América. La Virgencita, embarazada de Dios como en Guadalupe.
Y así también, vemos que nos la presenta Juan por primera vez. En una fiesta. Después de habernos hablado de Jesús, de habernos dicho que es el Cordero de Dios. Luego de haber llamado a los discípulos. Ahora aparece presentándonos una fiesta de casamiento y diciéndonos que Jesús y sus discípulos también habían sido invitados. Y allí estaba la mamá de Jesús.
¡Qué lindo que es pensar que donde Jesús es invitado con sus discípulos, que son la Iglesia, allí también está la mamá de Jesús! Y está con una misión muy especial. La misión de ver cuáles son las necesidades de la gente que se ha reunido. Para que no falte la alegría, para que no falte la fiesta ni el vino.
Porque Jesús no vino para purificar el agua que el hombre había contaminado. Vino para convertirla en vino. Jesús no vino a la tierra simplemente para volver ha rearmar más o menos, de la mejor manera posible, el plan de “Tata” Dios que el hombre había estropeado. No. Vino para cambiarlo y hacerlo camino de santidad. ¿Los hombres querían ser como Dios? Está bien. Dios se hizo hombre para que los hombres encuentren un camino por el cual puedan llegar a ser hijos de Dios.
Y cuando esto sucede, allí siempre está también la Madre de Jesús.
Sugerencias
Si estuvieras cerca de algún santuario popular de María, vete a visitarla. Préndele una vela pequeña, y quédate junto a ella todo el tiempo “hasta que la vela no arda”.
Dile lo que se te ocurra.
Háblale del vino.
De la fiesta de bodas.
De la Cruz. De tu orfandad.
De la Iglesia que te duele.
De los recuerdos de tu madre.
Y si no puedes otra cosa, reza los misterios Dolorosos del Rosario.