PROPUESTA DE RETIRO

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21-Retiro«TE HAS GUARDADO EL MEJOR VINO HASTA AHORA…» Volver a tocar nuestras heridas

El Resucitado conserva en las manos y el costado, abiertas, sus heridas. Es el Crucificado quien se nos presenta Vencedor de la muerte y capaz de engendrar en nosotros su Vida. Nos quiere mostrar sus heridas para que sepamos que se las ha apropiado, son las nuestras, pero le pertenecen porque ha cargado con nuestros delitos. Mostrar a otros las propias heridas es un desafío, supone apertura y humildad. Tocar, con pasmo, las heridas de los demás es un acto de comunión que nos resucita y nos incluye como a Tomás en la resurrección del Siervo.

 ¿Qué hacer con nuestras heridas?

Las heridas son lo vulnerado, desproporcionado, debilitado que ha quedado en nosotros de situaciones de sufrimiento o de frustración, y que se resiente (¡ahí nos duele!) porque nos señala un lugar en falso, mal cerrado, que nos avisa de que algo no ha ido y no va bien…

Pero hay variados tipos de heridas: heridas de inmadurez y viejas heridas ya muy encastilladas en nuestro corazón. Las heridas de inmadurez son producto de falsas motivaciones (ilusiones) que nos hacen creer que vamos bien pero que no fundan sólidamente la vida. Son típicas de fases de crecimiento.

Una señal de típica herida en el proceso de crecimientos es aquella que se produce cuando proponemos vivir, en realidad, para sobrevivir. En ella lo que prima sobre todo es una motivación afectiva de búsqueda de protección, de seguridad. Lo que nos revela una confianza de base muy dañada: de ella lo único que puede surgir es una actitud de supervivencia. Y además nos está revelando una imagen muy infantil de Dios.

Otra señal de estar en un estadio de inmadurez es la pretensión de buscar en todo beneficio. Afán de lograr un beneficio personal, que es típico de la fase de consolidación de la personalidad, de crecimiento. Se busca, sobre todo, cooptar a los otros, asegurarse el apoyo del otro o de la otra, porque no se está seguro de la propia valía. Y se vive en el temor de no conseguir lo que se pretende. Igualmente viven una imagen de Jesús solamente como un ideal abstracto que promueve felicidad, gozo, en el propio provecho.

También es una señal de infantilismo la tentación de guardar la imagen por encima de todo. Siempre se parte de una base inestable: dudas sobre las propias fuentes de alimentación afectiva. Y muestra una considerable falta de reconciliación con lo vulnerado, con lo dañado. Se despierta el mecanismo de la represión: fingir y mentir haciendo “como si…”. En realidad lo que se pretende es la búsqueda de seguridad aparente (“guardar la cara”). Y en el fondo lo que aparece es el deseo subconsciente de seguir manteniendo una imagen de Dios como exigencia imposible, como un código estricto que hay que cumplir.

Otras heridas más viejas y arraigadas

Hay antiguas heridas, viejas y arraigadas, que parasitan nuestras fuerzas para hacer más digna nuestra vida. Son como saboteadores que van mermando la estructura interna de la persona y le amargan la vida. Su aparición es típica en los momentos de crisis.

La autoprivación es una fijación nostálgica en carencias o frustraciones. Se muestra en sensaciones pantalla que buscan desviar la atención de lo vulnerado. Experiencias de privación en la infancia la pueden haber provocado: nos sentimos incapaces de merecer el regalo que se nos hace, nos negamos a ser felices y a vivir gratamente.

De igual manera podemos caer en el resentimiento. Vivido como una fijación en experiencias de poco aprecio, de traición en la confianza, de falta de correspondencia en la amistad o en el grupo de referencia. Es una experiencia de falta de urdimbre afectiva, que nos hace vivir resentidos real o imaginariamente.

Peor todavía es la obsesiva culpabilización. Es un mecanismo de fijación en lo mal hecho que deteriora la estima propia, porque convierto el malestar culpable en justificación. Mecanismo pernicioso que puede derivar, y frecuentemente lo hace, en intransigencia ante los defectos de los demás.

Para terminar en una tentación constante de compararnos con los otros. Al hacer juicios constantes sobre uno mismo y sobre los demás, en realidad estamos saboteando la propia imagen. El mecanismo de comparación es siempre injusto. Cada uno somos únicos y nos merecemos la vida.

 Aprender de las propias heridas

Las ataduras son parte de nuestro ser pero no nos deben imposibilitar caminar con gozo en el seguimiento del Señor. Podemos aborrecer lo que nos paraliza, lo que no nos deja caminar. El mal amor es lo que nos ata, nos crea dependencias malsanas, nos encorva sobre nosotros mismos.

Nos alteran la energía espiritual. Las reservas espirituales se debilitan en situaciones de crisis, de malestar profundo. Nos parece que andamos como sin rumbo, sin ganas, sin energía para afrontar los retos de la vida. Nos inclinan hacia la ambigüedad.

Es un momento propicio para el disimulo, para la improvisación, para el ocultamiento de la verdad, las agendas dobles, el engaño consentido. Nos hacen más frágiles. Hay ciertos puntos débiles que aparecen con más claridad, se desvela la inconsistencia de los cimientos sobre los que hemos construido nuestro seguimiento.

Lo importante no es solamente intentar curarlas, sino, sobre todo, integrar los dinamismos del Espíritu. Lo que nos vigoriza es recuperar la orientación de nuestra vida. No se trata de ignorar lo que nos pasa, sino de afrontarlo y de reorientar el deseo de nuestro corazón. Cambiar la dirección: salir del amor propio y experimentar el gozo de la abnegación, de la entrega.

Descubrir lo estéril del camino. Desatarnos con decisión de lo mal orientado, de lo mal hecho. Es el efecto primero de la gracia del perdón. No sustituir unos deseos por otros, sino cambiar la dirección. Aceptar la corrección fraterna.

La aceptación serena de lo que somos nos lleva a aceptar mejor el consejo de los demás, del superior, del acompañante. Abrazarnos a la debilidad es sanador. Dejarnos recrear por el Espíritu. La acogida del Señor es una liberación del estado anterior, del temor. Se nos abre una ocasión de novedad, de interiorizar la fuerza de Dios. La mirada se pone en el Salvador, abrazándose a su misericordia.

Hacernos entrañables: mostrar

las propias heridas

Las entrañas, aunque su realidad visceral parezca desmentirlo, se han convertido en un símbolo de sensibilidad muy poderoso en nuestro lenguaje cotidiano. Tener entrañas es, sobre todo, ser misericordioso, ya que tal y como nos recuerda el Evangelio, el hombre “sin entrañas” es aquel que no tiene piedad de su semejante. Seguramente se debe a la antropología del pueblo de la Biblia esta magnífica herencia cultural.

Las entrañas se nos estremecen, como a Jesús, el profeta de Nazaret, en muchas ocasiones de nuestra vida: sobre todo en aquellas en las que nos entra por los ojos el sufrimiento o la incuria en la que viven nuestros hermanos. Esta conexión, de nuevo, entre la mirada y el estremecimiento compasivo de las entrañas, nos pone en la pista de nuestra reflexión.

Hacernos entrañables también nos remite al fuego del hogar: lugar entrañable, sobre todo porque de ahí venimos, y en él nos acogemos cuando las inclemencias de la vida nos empujan y nos hielan el corazón. Personas entrañables son las acogedoras, las que nos acogen con gratitud, como si estuvieran recibiéndonos no como una obligación sino como un regalo.

En este camino de aprender la gracia de tener entrañas de misericordia, las trampas de la compasión pueden ser muy notorias: se nos advierte del peligro de que se congele la verdadera compasión en un sentimiento afectivo de debilidad, al nacer del amor propio exacerbado. De este modo podría incluso provocar la humillación del otro, y engendrar una conciencia culpable en el piadoso mismo.

Para pasar de la emoción piadosa a la virtud de la compasión hay que aprender a pasar un rubicón muy estrecho: aquel que separa el sentimiento de placer propio ante el dolor ajeno, del que nos hace entrar en la difícil comunión con la misma dignidad herida.

Superar la ambivalencia de la mera compasión superficial y transitoria nos debe llevar a reconocernos afectados por el sufrir de nuestro semejante, y decididos a poner remedio. Deberemos pasar de la “piedad peligrosa” denunciada por Stefan Zweig, a la piedad creativa, que nos implica en el reconocimiento de estar hechos de la misma arcilla.

 La revelación de la honda huella de lo sufrido

Seguramente aquello que nos amenaza siempre tiene alguna semilla de curación. Porque la principal dificultad para hacer crecer la virtud de la compasión reside a nuestro parecer, más en la dificultad de aceptar las propias heridas que en la insensibilidad ante la suerte de los otros.

Quizá el mayor peligro de la compasión resida en la exacerbación de la sensibilidad que nos provoca. No soportamos bien el sufrimiento de los hermanos porque nos revela la honda huella del propio que buscamos olvidar.

Vivimos en una cultura indolente: una cultura que quiere apartar de sí la vista del dolor; que no nos permite ser sino a lo más, meros espectadores de un mundo roto. El dios al que adora nuestra sociedad exige víctimas, pero, a la vez, tiene que borrarlas de nuestra conciencia. O justificarlas en aras de un avance del progreso que no consigue ocultar un fardo de intereses inconfesables.

Una gran parte de la vergüenza que sentimos los humanos en el tiempo presente tiene como origen la incapacidad para descubrir y afrontar el sufrimiento de los demás. O, dicho con más precisión, no querer ver la otra cara del bienestar: el malestar que causamos con nuestra actitud indolente.

Olvidar al hermano es ser homicida. Y olvidamos con enorme facilidad el rostro desfigurado del que sufre, porque incomoda a nuestro bienestar egoísta con sus carencias y fragiliza nuestra felicidad.

La idolatría de nuestros días es la compulsión de la seguridad a toda costa. A costa de quien sea: seguimos construyendo muros, unos visibles, otros invisibles, pero a cual más odioso e implacable. Necesitamos apartar de nuestra vista el sufrimiento que provocamos, y, como buenos asesinos en serie, borrar las huellas de nuestros crímenes.

El sufrimiento, en la mayoría de las criaturas, es un sufrimiento inútil: no repara nada, ni sirve de nada, a no ser para aumentar la conciencia desdichada que les ha llevado a maldecir el día en que nacieron.

El descubrimiento de la vida de los dolientes, y la implicación compasiva hacia ellos, nos descubre el sentimiento compasivo: nos hace tocar las propias heridas, heredadas o producidas por el intento de desarrollarnos como personas. Solo la comunión nos hace caer en la cuenta de que todos estamos heridos y nos lleva a descubrir la contingencia y la carencia propia y ajena.

La mirada entrañable que deseamos fomentar es un imperativo para crecer como personas. Pero esta mirada no se puede en verdad asomar a nuestros ojos tristes sino desde una verdadera purificación del corazón. El Dios de Jesús es el de la implicación con los dolientes y el que se ofrece desarmado en nuestras manos por amor y sólo por amor.

El sueño de un hogar común

Quizá la aspiración más central de los hombres y mujeres de nuestro mundo es la de encontrar una respiración común para todos y en todos los lugares de esta tierra: un sueño de Hogar universal. Pero quizá también el enemigo declarado de esa aspiración es la certeza de su imposibilidad radical.

¿Es realmente imposible desear un polo de comunión tan poderoso como para que todos tendamos hacia él? ¿Qué es lo que nos impide alcanzar una mirada más cohesiva frente a los urgentes problemas de diálogo, coexistencia y comunidad universal que vivimos en nuestros días?

En primer lugar queremos afirmar que no, que no es imposible; aún más, que es deseable. Y que, seguramente, ya se está dando esa respiración de todos y cada uno de los seres humanos hacia un mismo camino de reconciliación y de unidad. Se está dando, aunque no se vea, en todos los sitios y en todas las ocasiones.

Los movimientos íntimos de la humanidad tienen lugar en un inconsciente colectivo muy hondo, en estructuras profundas que generan semillas que deberemos despertar, animar, desbrozando la tierra de nuestras mil esclavitudes. ¿No percibís un deseo de mayor acogida, de más ganas de ser tratados con agrado, un deseo mayor de vivir en paz con todos, de buscar arreglos a los conflictos, de entregarse a la vida con más intensidad y con más garbo? Necesitamos con urgencia un signo nuevo de cohesión, de unidad estrecha, de vínculo que no ahogue sino que nos anude desde la libertad y la diferencia.

Lo que más impide esa aspiración universal a la vida buena, a la convivencia, al mayor respeto de unos por otros, es esa tentación tan nuestra de subrayar lo individual, de concebirnos como seres cerrados, únicos, completos. Olvidar el nosotros del que procedemos, el nudo de relaciones que hemos ido siendo, el tapiz que forman todos los hilos de nuestra vida.

Nadie es él en su oronda individualidad. Junto a cada una de las experiencias vividas se anudan otras personas que se nos han hecho parte de la vida; otras vidas que se han entrelazado con la nuestra, de manera que, aunque siempre originales, estamos trenzados con otros y otras, que forman parte, lo quieran o no, de nuestra síntesis existencial. Se trata de recuperar esa trama de mutualidad, de las otras vidas que nos constituyen, aunque la conciencia siga siendo personal y única.

No somos sino una unidad de muchos haces, de muchas y diferentes vidas: tramos de otros, sentimientos prestados o provocados por otros, experiencias siempre compartidas, lenguajes de los que participamos como hablantes, pero que nos recuerdan que antes que existiéramos, ya existía ese tesoro de las palabras compartidas a las que hemos ido sumando nuestras propias vivencias personales.

La falsa afirmación de sí, como un círculo cerrado, como un embrión que se desarrollara desde sí mismo, sin necesitar de nada ni de nadie, nos atenaza y nos tortura demasiadas veces. Somos únicos, pero plurales, y si queremos prescindir de los demás, nos arrancamos del suelo nutricio que nos alimenta y nos protege. No podemos vivir con las raíces al aire.

Volver a la Eucaristía como el Hogar Universal

Deseamos recuperar el origen común, volver a la acogida, al Hogar universal, al nido de significaciones que hemos vivido, gozado y también sufrido con los demás, es la fuente para remozar la protección de confianza, la coraza que nos defiende de las inclemencias de la vida. Y hacerlo no caminando hacia atrás, como los cangrejos, sino hacia delante, hacia el futuro común de una comunidad del corazón.

Los cristianos vivimos de un símbolo de unidad que nos atrae y nos polariza; que nos hace saber de una entrega ofrecida que nos vincula desde lo fragmentado y roto: el pan y la copa que compartimos y que nos une en una aspiración de unidad con todos y con todo. Para nosotros la Eucaristía es el Hogar del Amor universal.

La comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor nos enseña a los creyentes en Jesús el único camino para la inclusión, porque es lo único que nos capacita para recoger toda la historia del mundo, y convertir el pasado en un presente que ya tiende hacia el futuro de Dios.

Toda la historia del mundo, que no es única sino múltiple, formada, como el pan y el vino, por muchas espigas particulares que se extienden, como un haz de relatos, por los montes del mundo. O como muchos granos de uva, exprimidos y fermentados en el arcano de la historia humana, que sabe de gozos, y también de sufrimientos.

 INVITADOS A UNA BODA

La boda hace alusión a la alianza de Dios con su pueblo. Fiesta de vida y comunión a la que todos somos invitados. Se nos atrae, con María nuestra madre, a la fiesta: a compartir nuestra existencia con mucha otra gente, a vivir a impulsos del Espíritu.

Queremos volver la mirada a nuestros orígenes, con profundidad, para unificar nuestra vida y hacerla significativa para este tiempo nuevo.

De este modo la propia existencia se transforma desde Jesús en un bien a compartir por los demás, porque sólo nos realizamos en el amor.

Escuchando las palabras de María: “¡Haced lo que él os diga!” (Jn 2, 5) se nos agudiza el oído interior y se percibe mejor el clamor de los empobrecidos que nos llega de muchas partes del mundo. Es el clamor de nuestro mundo.

María de Nazaret nos recuerda que la falta de vino es olvido de la fraternidad, es falta de amor y de comunión, es la ausencia del Reinado de Dios entre nosotros. En medio de las carencias de todo tipo se destacan también signos del Reino: deseos de solidaridad, gente que protege la vida, hombres y mujeres que buscan a Dios y se deshacen por defender la vida tantas veces amenazada.

Estamos invitados de nuevo a las bodas del Cordero.

“Haced lo que él os diga!” (Jn 2, 5)

Señor de la Vida y de la fiesta. Que comes con pecadores y mujeres prostituidas, que acudes con tus amigos a festejar en una boda.

La mesa del banquete a la que nos invitas es nuestro lugar de encuentro con los hermanos y hermanas.

Contigo “bebedor de vino”,( “oinopótes”, Lc 7, 34) nos abrimos a la desmesura de la fiesta. ¿Era una fiesta de bodas el lugar más adecuado para una iniciación al discipulado?

Tú nos comunicas que el vino nutre nuestra comunión y nos da fuerzas para el camino. Pero los comensales nos sentimos también inquietos, porque la carencia de vino amenaza con apagar la fiesta: nos falta el vino de la confianza, de la ilusión, el calor del primer encuentro.

Entonces volvemos los ojos a María, la Madre siempre discreta y atenta que interviene, se te acerca y renovando la confianza en nuestro desorientado corazón nos dice: “¡Haced lo que Él os diga!”.

Verbo del amor eterno, cómo descubrimos entonces que necesitamos volver a escuchar con más atención tu Palabra, la que tú nos diriges, y discernir mejor tu invitación. Sentimos que nos faltan respuestas, pero solo tu Palabra es Espíritu y Vida. Tu sabiduría para discernir: acierto, empuje, confianza…

 “¡Llenad las tinajas de agua!” (Jn 2, 7)

Tu Palabra resuena en nuestros oídos como un imperativo: ¡llenad! Pero no te comprendemos, nos sentimos desconcertados: hay tanto vacío en nuestras vidas, en nuestra comunidad ¿qué sentido tiene llenarlas de agua, si lo que nos falta es vino?

Señor de la abundancia y el derroche, lo que nosotros podemos ofrecer no atraerá a nadie, lo que tenemos no es suficiente, nuestros esfuerzos van a ser inútiles, baldíos… Vamos a perder el tiempo llenando tinajas que no van a servir para la fiesta, que no nos van a congregar, que no van a atraer a nadie.

Confiamos en tu Palabra, que sostiene los mundos, y nuestro desconcierto tiene que ceder a la confianza en tu amable corazón. Nuestra rebeldía incluso se tiene que declarar desarmada a tus pies.

Solo tú puedes iniciar en nosotros el movimiento de la entrega confiada, de la fe que busca entenderte a ti en tu anhelo festivo. Tu palabra puede transformar nuestra oscuridad en luz, nuestra desconfianza en convicción, nuestra agua en su vino.

La tarea es ardua, porque tenemos que vaciarnos de muchos impedimentos y limpiarnos de mucha inseguridad. Pero la fe en ti nos mueve, y nuestra tarea se convierte en misión.

Amor fecundo, tú nos cambias de perspectiva el banquete, la boda se hace ofrecimiento, hacemos lo que tú nos has dicho: prepararnos para el milagro de tu “hora”, que se adelanta y recrea nuestra fe.

 “Te has guardado el mejor vino hasta ahora” (Jn 2, 10)

Señor del mejor vino: que nos despiertas el sabor, la dulzura de la comunión, el banquete de la fraternidad.

Es tu mirada, como Esposo amante, la que transforma a la Esposa, la embellece para disfrutar y compartir la vida.

El Espíritu creador recrea a la nueva humanidad en una convocatoria universal para el Banquete.

Nos convoca para la Eucaristía. Pan multiplicado y vino derrochado del Reinado de Dios.

Amigo de las fiestas, que comes con pecadores, desde tu amor somos convocados a la plenitud de la comunión con Dios y con los hermanos y hermanas. Ningún obstáculo podrá impedir o ensombrecer la Fiesta a la que tú nos convocas siempre de nuevo.

Nuestro ser de criaturas, deseadas por el Amor más grande, nos mantiene vigilantes a tu voz y con las lámparas encendidas. Como los amigos del Novio, como las compañeras de la Novia: alegres e iluminadas.

Las tinajas de nuestro corazón eclesial rebosan de un Vino nuevo, el mejor, el que se nos regala en el caminar cotidiano, siempre a la espera del Esposo, hasta que tú vuelvas.