PROMESAS DE DIOS – COM-PROMISOS NUESTROS

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Traigo hoy a mi sección de “Textos que impresionan” éste de san Agustín en su comentario al salmo 109.  En él se descubre que Dios no pide sin antes dar. Lo primero es “la Gracia” y lo segundo la “acción de gracias”; lo primero es “las promesas De Dios” y lo segundo “los com-promisos” (com-promesas) del ser humano.  ¡Así es la alianza establecida con nosotros! Tenemos un Dios comprometido con nosotros  hasta el máximo. Antes de hacerle nosotros nuestros votos, Él nos hace sus Promesas. Y sus votos son “para siempre”.  Meditemos atentamente este texto del gran pastor de la comunidad cristiana, San Agustín.

Dios estableció el tiempo de sus promesas y el momento de su cumplimiento. 

El período de las promesas se extiende desde los profetas hasta Juan Bautista.

El período del cumplimiento, desde Juan Bautista hasta el fin de los tiempos.

Dios se ha constituido en deudor nuestro,

no porque haya recibido nada de nosotros,

sino por lo mucho que nos ha prometido.

La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, haciéndonos un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento.

El tiempo profético era el del anuncio de las promesas.

Prometió

la salud eterna,

la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles,

la herencia inmarcesible,

la gloria eterna,

la dulzura de su rostro,

la casa de su santidad en los cielos

y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos.

Esta última es como su promesa final,

a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos

y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna.

Tampoco silenció en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.

Prometió

a los hombres la divinidad,

a los mortales la inmortalidad,

a los pecadores la justificación,

a los miserables la glorificación.

Como a los hombres les parecía increíble lo prometido por Dios —a saber, que los hombres habían de igualarse a los ángeles de Dios, saliendo de esta mortalidad, corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza—,

no sólo entregó la Escritura a los hombres para que creyesen, sino que también puso un Mediador de su fidelidad.

Y no a cualquier príncipe, o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único.

Por medio de éste había de mostrarnos y ofrecernos el camino por donde nos llevaría al fin prometido.

Poco hubiera sido para Dios haber hecho a su Hijo manifestador del camino.

Por eso, le hizo camino, para que, bajo su guía, pudieras caminar por él.

Debía, pues, ser anunciado el unigénito Hijo de Dios en todos sus detalles:

en que había de venir a los hombres y asumir lo humano,

y, por lo asumido, ser hombre, morir y resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir entre las gentes lo que prometió.

Y, después del cumplimiento de sus promesas, también cumpliría su anuncio de una segunda venida, para pedir cuentas de sus dones, discernir los vasos de ira de los de misericordia, y dar a los impíos las penas con que amenazó, y a los justos los premios que ofreció.

Todo esto debió ser profetizado, anunciado, encomiado como venidero, para que no asustase si acontecía de repente, sino que fuera esperado porque primero fue creído.

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
(Salmo 109,1-3: CCL 40,1601-1603)