PENSAR EN DIOS

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Llevo dándole vueltas unas cuantas horas a una expresión. Se trata de las «hojas de ruta» que queremos sacar adelante a cualquier precio. Los planteamientos que en otro tiempo parecían seguros y que hoy nada tienen que ver con las necesidades reales de las personas. Ahora que estamos en un inicio pastoral tan extraño porque el horizonte es absolutamente incierto, sin embargo, programamos con gel hidroalcohólico y la pretensión de que nuestras palabras provoquen la normalidad de siempre.

Sé que el aprendizaje sobre los acontecimientos no es inmediato. Necesitamos dejar paso a otras generaciones que sepan rehacerse y se embarquen en estilos inéditos, imposibles para quienes estamos acostumbrados a ofrecer respuestas u «hojas de ruta».

Me suena que el Espíritu no se somete a planteamientos férreos o seguros. El Espíritu que aletea en la humanidad, vive con pasión en una comunidad mundial azotada por una pandemia que, después de meses, sigue inexplicable y casi inexpugnable. Y, sin embargo, qué difícil nos resulta asumir teológica y vitalmente la inseguridad, el silencio, la espera y la esperanza. Qué estériles se presentan la infinidad de análisis de la realidad, cuestionarios y «opciones» que, con dedicación, hemos elaborado y están «sepultados» en las memorias de los ordenadores esperando el tiempo propicio de la luz que, para nosotros, son los capítulos, asambleas o encuentros.

No me apena el sentido laborioso que, desde siempre, acompaña a la consagración. Me apena la falta de visión. El esperar a que pase el tiempo, el soñar con una normalidad que no existe –porque probablemente nunca existió– y no atrevernos a innovar o crear espacios y estilos que este tiempo incierto pide a la consagración que, por definición, es el todo para Dios.

Cuando llegue la vacuna, que felizmente llegará, habremos vencido un virus que nos ha dado una noticia terrible sobre la verdad de la globalización. ¡Mira que habíamos estudiado el tema! Por fin, habremos aprendido que lo de la «misma barca» no era ficción. El problema es que quedaremos tocados, muy tocados, y quizá empecemos a confundir creatividad con restauración; comunidad con organización y misión con producción. A lo peor, hasta se nos olvida el valor de un abrazo, la proximidad del acompañamiento, el triunfo y la fiesta de la mesa compartida y nazca una consagración en celofán, aséptica y segura; estable, ordenada, organizada y garantizada… Claro que esto que escribo es imposible, porque una vida consagrada así no existe. Consagrados por Cristo lo somos para hacer camino con la humanidad. Para tropezar, caer, enfermar, perdonar y recibir perdón, para soñar y para abrazar la vida como es. Hoy con virus.

¿No estará el Espíritu esperando a que pongamos en común nuestro pensar en Dios de estos meses? ¿No nacerá así un nuevo modo de ser religioso o religiosa? ¿No adquirirán fuerza intuiciones de nueva vida que hoy solo son texto? ¿No será ese el camino de dar novedad a familias religiosas hoy agotadas por el miedo, la protección e información?

Somos hombres y mujeres de esperanza, pero no conviene caer en el autoengaño. El virus nos sorprendió cuando ya teníamos un problema serio de polilla en el carisma. Somos una población de riesgo por edad elevada y costumbres enquistadas. Lo urgente hoy es reaccionar, dejarnos afectar y crear algo nuevo… Esperar que pase es pensar solo en nosotros y no en Dios. Y así, aunque el virus se venza, no habrá porvenir.