martes, 23 julio, 2024

OTRA NO HACE FALTA…

Siempre que llega el dos de febrero, algunos nos sentimos «obligados» a hablar de la vida consagrada. Frecuentemente, además, aprovechamos para relatar las maravillas de lo que supone que existan mujeres y hombres consagrados para la sociedad y la Iglesia.  Disfrutamos «el viaje» también para subrayar qué supone, marca o diferencia la consagración… Es como si esta fecha «mágica» despertase nuestra memoria para poner por escrito, o dedicar la lectura, a las loas de lo que unas cuantas mujeres y hombres de nuestro mundo intentan vivir como forma concreta de seguir a Jesús.

Este año me van a permitir que me salga del guion. No quiero hablar de maravillas y éxitos. No quiero tratar de convencer y mucho menos justificar. Tampoco quiero entrar en el relato engañoso de por qué hoy somos pocos y mañana, seguramente, menos. No quiero tapar la debilidad, ni tampoco el error. Sencillamente, quiero dejar por escrito qué vida consagrada desde mi punto de vista hace falta y encarnan muchos hombres y mujeres desde el silencio, la verdad y la fe. Otra, no hace falta.

Una vida consagrada sin miedo. Que mira al presente a los ojos y dialoga con él. Que está dispuesta a aprender y no a defenderse. Que abraza la vulnerabilidad de lo que vive sin disimulos. Que deja de hablar del mañana con proyectos que sabe no va a poder vivir, sino con docilidad para aceptar la providencia y el plan de Dios. Que sale del encasillamiento de una «vida en paralelo» que no existe. Que aprende a respirar y vivir lo que viven sus contemporáneos. Que llama a las cosas por su nombre.

Una vida consagrada que comparte. Que pasa del texto al gesto. Que abre puertas y se arriesga a que el aire entre. Que comparte espacios. Que pierde todavía más dinero, mucho más y no se lamenta. Que se queda con lo estrictamente imprescindible, que es menos que lo necesario. Que es la palabra y el ejemplo que cualquiera puede poner cuando quiere hablar de solidaridad. Que no le sobra nadie y no le falta nadie porque piensa distinto, sueña distinto o ama distinto. Es una vida consagrada que conoce la calle porque la pisa; y le duele porque la ama. No habla en teoría, desde el aislamiento o desde la anacronía de otro tiempo. Es una vida consagrada con vocación de aprender, no de enseñar; de trazar un camino nuevo, no de reiterar aquel que el tiempo y las zarzas han ido cubriendo.

Una vida consagrada que crea hogar. Está compuesta de hombres y mujeres que saben amar. Con vocación de amar. Que han descubierto el amor como sentido de la vida. Por eso, donde están, recrean la vida. Son capaces de acogerse y perdonarse, porque se sienten amados o amadas. Se esperan, caminan juntos y juntas, aún con ritmos distintos porque se aman. Sus casas son espacios vivos. Son hogares: «todo es nuestro». Todo es de todos y todas y es para todos. Quienes viven en la comunidad-hogar lo celebran; quienes desde la calle lo contemplan sienten qué significa la vida feliz compartida. Gestan hogar porque tienen el corazón hecho y satisfecho y así, respiran y aman; aman y respiran, porque no hay distancia entre lo que viven, lo que desean, lo que buscan y lo que con sus hermanos, o hermanas, anuncian. Nadie se siente extraño y a nadie extraña que esto suceda, porque son hogares que irradian y gritan el nombre de Dios que hasta los niños entienden.

Una vida consagrada bien formada. Estudia, lee, reflexiona, contrasta y discierne. Abierta al inabarcable momento cultural en el que estamos. Dispuesta a encontrar el bien donde se genere y anuncie. Es una vida consagrada sin enemigos, por eso lee con limpieza de ojos y corazón, también aquello que cuestiona, critica o desenmascara nuestra historia. Está bien formada porque es plural en sus planteamientos y búsquedas. Porque no tapa con piedad lo que necesita crecer con el sentido común, la formación, el intelecto y la razón. Porque se abre al discurso del reconocimiento del ser humano, y no se conforma con los relatos endogámicos que, hablando de nosotros, solo a nosotros nos convenzan.

Una vida consagrada libre. Ha descubierto la grandeza de la vida. La inmensidad de dones que este tiempo nos propicia. No tiene fronteras, ni colores ni idiomas… es intercultural fresca y nueva. Es capaz de hacerse presente en los lugares donde la palabra Dios no aparece; es capaz de significar perdón donde los valores humanos están heridos; es capaz de devolver esperanza allí donde la fragilidad se ha hecho fuerte. Es libre porque, de una buena vez, se atreve a salir de casa… de tantas casas que ayer lo fueron y hoy solo albergan recuerdos de algo que ocurrió, sirvió y sembró…pero era otro tiempo.

Una vida consagrada humana. Sabe que no es perfecta, por eso es capaz de reconocer el don de Dios. Disfruta con los gestos de acogida, reconciliación y solidaridad. Gasta sus horas aplaudiendo la creación, la humanidad y el progreso. Es consciente de su debilidad, por eso quiere ser lugar al que puedan recurrir todos los débiles. Cuida los gestos, los detalles y el desarrollo de cada uno de sus miembros. No cae en la descalificación, ni en los cotos cerrados, parcelas o lobbies… Es madura y no se reduce a los afines. Es humana porque ha descubierto que todos los que la integran son hermanos o hermanas… no unos más hermanos que otros.

Una vida consagrada feliz. Porque está sustentada en la fe. Con frecuencia es el valor que aparece y acredita lo que se busca, propone y realiza. Es una celebración de fe para quienes están y una llamada a la fe para quienes la contemplan. Es una vida consagrada que ha conseguido unir espiritualidad y felicidad, superando así la inercia de quienes interpretan que creer y celebrar la fe tiene que costar trabajo. Por eso no tiene que medir sus horas de oración, las busca; no tiene que imponerse complejos itinerarios, sabe compartir la fe; no tiene que revestir el seguimiento de Jesús de fuerza de voluntad, es una necesidad.

Una vida consagrada que está en su sitio. Es una vida consagrada en el corazón del pueblo de Dios. Es sinodal de verdad, no por estética. No sobreactúa con el laicado, con una mezcla de comprensión y autocompasión, que deriva en «paternalimos» o «maternalismos» ingenuos. Es feliz con los logros de cada forma de seguimiento de Jesús. Sabe que hay cosas y sitios que ni son suyos ni deben serlo. Su lugar es la inspiración, la celebración, el reclamo para no olvidar a la oveja perdida, la alarma cuando la fraternidad está herida o cuando los bienes no llegan a los pobres. Está en su sitio cuando no sueña, ni activa ni pasivamente, con otros sitios. Respeta y colabora con los pastores, no los adula; cree en la vocación laical, no la disfraza de religiosa… Es una vida consagrada, consecuente con la necesidad de purificar un clericalismo esterilizante, por eso huye de cargos, reconocimientos y medallas… Cree en la mujer como depositaria de un don original de fecundidad, creatividad y novedad. Cree en la vida, la comunidad y las relaciones francas y directas, de tú a tú, como gustan a Jesús. Está en su sitio la vida consagrada cuando no habla de los pobres… está con ellos, forma parte de ellos. Porque son su casa y ella es su voz.

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