NÚMERO MONOGRÁFICO III DE VR 2018

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«Llamó a los que quiso»Luis Alberto Gonzalo Díez, cmf

Hacia las fuentes de la comunidad. Una meditación a partir del cenáculo, Fabio Ciardi, omi

¿Qué comunidad es signo del Reino?Fernando Kuhn, cmf

¡Llévame. Corro detrás de ti! (Cantar de los cantares, 1,4)Jean Claude Lavigne, op

Testigos y adoradores, Olga de la Cruz, cd

La comunidad se hace, Ignacio Rojas Gálvez, osst

Servidores y sembradores de esperanza, Josefa Cordovilla Pérez, rad

«Llamó a los que quiso»

Reflexionar sobre la comunidad siempre es delicado. Frecuentemente se cuela en la reflexión la experiencia personal –por tanto, incompleta– que la visión subjetiva nos deja. Por otro lado, es imposible la reflexión aséptica y limpia de lo que supone la llamada original del Maestro sin atender y entender las consecuencias en el corazón de quien escucha.

Este momento histórico nos dice que para la vida consagrada la reflexión sobre el valor de la comunidad es sustancial. La cuestión urgente no es tanto qué va a hacer cada familia carismática por las necesidades del momento, cuanto qué posibilidad de nueva vida va a ofrecer como referente. De hecho, la actualización del carisma y de los carismas, pasa por el discernimiento de qué comunidad, para qué y dónde.

Cuando volvemos la mirada al texto evangélico de Marcos (3,13) descubrimos una fuerza especial en una expresión aparentemente inocua: «Llamó a los que quiso». Sin embargo, no es así. Es una llamada elección. Una capacitación, una nueva visión que al ser proyectada se convierte en fuerza motriz para liberar las consecuencias de una vida evangélica. En ese «querer» de Jesús está la fuerza imborrable del amor que es sustantiva de la vocación, como está también la elección sobrepasando las cláusulas de méritos desencadenadas por razones humanas, empíricas o por concurso de méritos. El querer de Jesús habla directamente de gratuidad, sorpresa y misterio. Habla de libertad y, desde ella, de una combinación de «razones» del todo ajenas a los principios humanos de elección. El versículo 14 no es menos sorprendente. Se nos indica cuál es la razón que esgrime, en primer lugar, Jesús, para la llamada: «para que estén con él». Es un principio de proximidad e intimidad. Es, evidentemente, consecuencia de un amor primero, una motivación que sustenta esa vinculación de nueva familiaridad que nace de la voluntad de quien es el Hijo de Dios.

Esta llamada a los que quiso (o «quería» en una temporalidad que traspasa los principios espacio-temporales de nuestra comprensión, porque es un amor desde siempre) para que vivan con Él sostienen las razones en las cuales se sustenta la comunidad de los consagrados de todos los tiempos. Desde ella, leeremos en los versículos siguientes el principio de misión que quiere y necesita la comunidad.

La Palabra de Dios, por tanto, nos facilita el encuentro con el sentido profundo de la comunidad porque ésta es entendida como llamada y como comprensión nueva de la propia persona al saberse convocada, por amor, a ser con otros, crecer con otros, vivir con otros, soñar con otros. Las lecturas sesgadas sobre los problemas que podemos padecer para la construcción de la vida en comunión, pueden estar indicando una falta de consistencia teológica en el planteamiento, una reducción al puro funcionalismo o lo que es peor una enfermedad degenerativa y destructiva de la institución. La vida en comunidad es una llamada vocacional y si así no se celebra y vive, el problema no es de comunidad, sino de fe que es el fundamento, por supuesto, de la comunidad y de toda forma de seguimiento como es la vida consagrada.

Hay comunidad cuando se vuelve a la experiencia de amor

La experiencia de crecimiento personal se adecua perfectamente a la experiencia de crecimiento comunitario. La persona para hacerse necesita la relación. Para hacerse feliz, necesita el amor. La comunidad es, en primer lugar, una experiencia de amor, profundamente sentido y recibido, que por serlo desarrolla y libera la capacidad de la persona para darlo en un sin medida gratuito que es el nexo de la vinculación. Liberar la experiencia personal que cada miembro de la comunidad tiene de esa donación gratuita recibida con agradecimiento de Dios vocación, no solo conduce a una antropología gratamente celebrada, sino a una experiencia compartida de don. Las reacciones mediocres están denunciando no tanto carencias morales, cuanto vacíos afectivos. Es difícil que quien no siente en sus venas el amor circulando, pueda permitir que esta experiencia de donación circule hacia los otros. La cuestión –como he insinuado– es mucho más honda que la necesidad de una corrección, es una cuestión de fe que se ha debilitado sumamente y ha permitido que se desdibuje la llamada en la propia vida. Se trata, en efecto, de una experiencia vital de liminalidad de primera magnitud. Quien no se acerca a ella, sencillamente la desprecia o ignora, anunciando de manera muy eficaz que no está capacitado para la comunión, porque quizá no está llamado.

Si hay algo urgente en la vida consagrada no es sumarse a medidas más o menos luminosas que le devuelvan un prestigio social perdido. Creo que lo urgente es recuperar en las instituciones la vocación a la comunidad y, evidentemente, tomar las decisiones que sean oportunas para que esa experiencia plena de amor se celebre y multiplique porque, indudablemente, es una experiencia de llamada.

Parece que uno de los indicadores claros de que esta experiencia de amor no se hace evidente es la dificultad para ser captadas nuestras familias religiosas como comunidad. De hecho, los principios argumentales de trasformación social, están mejor desarrollados que nunca. Este tiempo, como ninguno antes, ha integrado como principio vital de los carismas descentrarnos y salir de una visión endogámica de sostenimiento y cuidado. Sin embargo, este desvivirse que encuentra su iluminación en la experiencia pro-existente del Hijo, no se muestra comprensible para las nuevas generaciones. No perciben los jóvenes, por ejemplo, que quienes somos consagrados, nos desvivamos de amor por su realidad, porque estamos muy ocupados en la nuestra.

Preguntarnos por la muestra real de amor que desprendemos lejos de ser una interpelación etérea se convierte en un dinamismo comunitario de primera magnitud. Puede devolver a cada persona la capacidad regenerativa y autopoiética que está esperando. Cuando además se permite la valentía de entrar en diálogo sobre ello se opera el cambio, nace la fuerza y la innovación. Muchos estilos y principios que encorsetan y anulan la comunidad desaparecen cuando se les pregunta abiertamente que amor posibilitan. El consagrado y la consagrada de nuestro tiempo cuando se piensa en nombre de Dios, necesita saberse llamado, amado y, por tanto, elegido. Las actitudes que denotan una antropología pobre, marcadas por los celos o la envidia y, por ello, teniendo como única arma comunitaria la ironía, murmuración o la crítica destructiva, pueden recuperarse cuando se sitúan en un ambiente regenerado en el amor celebrado por la elección a una vida con Él. Cuando este amor se hace palpable, se celebra y se recrea convirtiéndolo en el motor primero de las decisiones de aquello que la comunidad va a hacer.

Hay comunidad cuando se vive con Él 

El amor es una experiencia tan concreta como fundante. La comunidad se inspira y sostiene en la vida con Jesús. Vivir con Él es un estilo de pertenencia y participación. Es un nuevo modo de releer las relaciones y transacciones de responsabilidad. Es una cultura vocacional, es, en toda regla, una alternativa sumamente llamativa y provocadora.

Vivir con Él, de nuevo, sitúa a la persona en el vértigo de la divinidad que es el vértigo de la humanidad cuando uno se toma la persona en serio. Se hace consciente de estar inaugurando unas relaciones nuevas que no dirige la carne, ni la sangre, ni los afectos, ni las deudas. Vivir con Él es la experiencia de libertad que puede cualificar a un hombre y una mujer de nuestro tiempo para acercarse a los consejos evangélicos con honestidad.

Sin duda alguna, vivir con Él es un estado de vida donde la fuerza no reside en el peso de la tradición, sino en la sorpresa de la provisionalidad. Porque «vivir con Él» inaugura capacidades nuevas inéditas, abre espacios de comunicación y complicidad inimaginables, recrea ritmos de vida en común aparentemente imposibles; descubre la celebración de la fe nacida de la vida, porque vivir con Él es una vida compartida con sentido.