martes, 27 julio, 2021

NÚMERO DE VR, DICIEMBRE 2020

VR Diciembre @VidaReligiosa1, El balance de un año inesperado. Rino Cozza, Card. Celestino Aós, Adolfo Nicolás (+), Carmen Herrero, @cmfxr, Mª Pilar Avellaneda, David Alonso, D. Aleixandre, Card. Tolentino, @hans_zollner, @gemmamoratosen y @LuisAGonzalo10

Navidad en una realidad rota

Celebraremos la Navidad en una realidad rota. Parece un despropósito que aparezca celebrar, Navidad y ruptura en la misma frase.

Los consagrados somos expertos en adaptar relatos. Necesitamos entender que lo que vivimos responde, en última instancia, a una total y absoluta dependencia de Dios. Así, por ambigua que sea la vida, de fondo, siempre decimos que las búsquedas son loables y las intenciones sinceras. De repente, sin embargo, en esta Navidad del siglo XXI, el relato se nos ha desvanecido. Ya no es que pidamos providencia, la vivimos; ya no hay que activar la esperanza, la necesitamos; ya, nuestro ruego de paz no es distante, es nuestro clamor. La necesidad y debilidad no son ejercicios de estilo, es nuestra verdad.

Nos encuentra la Navidad como un grupo de pastores desconcertados. Seguimos apacentando ganado… reducido, cabizbajo y sin alimento. Ha disminuido la «proyección social» de la misión; ha mutado el mensaje. Ya no es venid y reuníos, sino cuidaos y protegeos ante el contagio; han desaparecido los encuentros, diálogos, reuniones y asambleas. Nos encuentra la Navidad con el corazón habitado de nombres y herido de ausencias y carencias. Nace Jesús en una tierra ensombrecida por el miedo.

Sabemos que la estrella nos invita a acercarnos y adorar, pero no sabemos cómo hacerlo. Peligra que la adoración pierda –por la reducción social–, el sentido de comunidad.  Además, por prudencia sanitaria, hemos de suprimir el beso que es la expresión más nuestra del amor. Será una adoración íntima y, en lugar de beso, habrá gesto, inclinación o leve roce del codo. Será una adoración sin permitir que nuestra humanidad se exprese. Algo así como cantar sin música; o reír en silencio. Como si pidiésemos a nuestros jóvenes conocedores de los efectos especiales que se encandilen con el cine mudo. Será una adoración inédita, sin glosa ni color, sin música…

Pero la Navidad desvela la encarnación del Salvador. «Un niño se nos ha dado» y esta alegría hay que contarla, hay que contagiarla y que a todos llegue. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Qué vamos a decir? ¿Cómo será nuestra palabra de felicidad? Aún más, ¿cómo será ahora la esperanza?

La pandemia nos ha puesto a prueba. Nos ha desnudado y purificado. Teníamos mucho decorado convertido en primer plano y algunas opciones primeras relegadas a decorado. Por supuesto sin buscarlo, la pandemia ha descubierto profundidades y vacíos. Algunas personas han desvelado una profunda vida interior, y otras, una carencia de la misma. La puntualidad de las redes sociales y los medios de comunicación engullen con rapidez la estética. No basta que de algo o alguien se hable para creer que existe; ahora el testimonio de la verdad se hace fuerte y es lo único que permanece. Se observa en toda la sociedad y en nuestras comunidades. Hay personas des- concertadas porque, literalmente, no saben qué hacer. Lo suyo era aparecer y cuando esto no se puede, no tienen dónde recurrir, porque su identidad era lo que hacían. Y aquí, de nuevo, puede ser una gran oportunidad esta «Navidad especial» sin ruido, aplausos y contactos. Puede permitir que nazca la visión serena del carisma, o la mirada amable de lo creado, o la oración agradecida por lo diverso. Puede permitir que los carismas se redescubran sin ropajes y seguridades, desde su visión más original de propiciar la limpieza de «solo Dios»: «Señor, lo que Tú quieres, cuando Tú quieres y como Tú quieres» que recientemente nos ha dicho Francisco.

Lo peor del peligro es no darte cuenta de su cercanía. Es necesario que nos demos cuenta dónde estamos y cómo. Qué es esencial y qué no; qué diferencia hay entre configurar la vida desde la fe o buscar estímulos para parecer que estamos vivos. Quizá esta Navidad desnuda y frágil nos devuelva la posibilidad fresca de comprometernos honestamente con la vida y así, como recordaba la escritora Irene Vallejo, «será una oportunidad para ver rostros, no bandos». Porque aunque sea en distancia social, no hay Navidad sin comunión, «si solo vemos adversarios, nos derrotarán las adversidades».

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