NÚMERO DE VR, DICIEMBRE 2019

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Felicidad = dar gracias

Nada sería igual si no estuvieses. Si tú no fueses justamente tú. No sería igual la vida de tu congregación ni de tu comunidad. No sería igual la vida. Ese es el milagro que te permite, alguna vez, agradecer simplemente ser quien eres.

Necesitamos, es verdad, recordarnos la maravillosa gesta de un Dios que un día quiso hacer de nosotros vocación, anuncio y testimonio de novedad. El cansancio de la vida nos ha sorprendido a todos con búsquedas de refugio y compensación. Vivimos el desgaste del contraste, la lucha diaria, las sensaciones y sentimientos no digeridos que pueden reducir la existencia a ir superando  pruebas.

Sin embargo, hay tiempos para la luz y para dejarse arrastrar por ella. La lectura de la Navidad como relato sagrado puede hacer que se paralicen los ruidos –también los internos– para dedicarte solo a agradecer y dejarte amar.

Presumo, y puedo estar equivocado, que buena parte de las resistencias solo son mecanismos de defensa ante la equivocación de creer que la vida, tu vida, ya no dice, no anuncia, no transforma… no se tiene en cuenta. Puedo efectivamente caer en un error, pero prefiero arriesgarme a ello, al escribir que un número significativo de consagrados y consagradas estiman valiosa su vida solo porque no se atreven a decir lo contrario. Sin embargo, internamente, han llegado a pensar que a nuestro mundo y a nuestro Dios en nada van a afectar sus silencios, privaciones y sueños. Hay personas consagradas que, envueltas en escepticismo, siguen un guion que parece, pero no es. Están, pero tienen claro que su vida consagrada es indiferente para la calle y para la casa. Tú y yo sabemos que no es así, pero ante esta realidad no bastan las palabras. Ha de darse el milagro de la transformación, la conquista de otra visión. Han de aparecer hombres y mujeres empapados de Navidad, esto es, empapados de Dios que, con mucha paciencia, vuelvan a hacer un relato creíble donde el mundo se detenga porque nace un Niño. Esas personas recrean el nacimiento en cada persona y en cada comunidad. Vuelven a señalar que es posible el milagro del encuentro y la participación; el de la oración agradecida que consiste en contemplar el Misterio; el del envío real que es para todos y hace hermanos; el de la libertad para que cada quien cuente el milagro de la vida con sus palabras. La Navidad hizo de los más débiles, los pastores, sus portavoces; hace de los consagrados, con sus miradas cansadas y pasos lentos, su caricia al mundo. Hizo de extraños, los pastores, un mensaje común contado de muy diversas formas… hace de los consagrados en su diversidad un mensaje común: nadie puede entregar toda la vida si no es por amor. La Navidad convirtió el pesebre en altavoz; convierte hoy nuestras comunidades en anuncio sencillo, débil pero presente, lleno de gestos de infinito precio.

Aquella Navidad, inauguración de la nuestra, nos dijo que Dios hecho Niño, pobre entre los pobres, es el sitio y no otro; hoy nos dice que el sitio del amor y la misión son los lugares rotos del mundo,  los que no tienen techo ni corazón que por ellos late; los despreciados o señalados porque se salen de lo convencional. Aquella Navidad removió los esquemas, trastocó la rutina de los pastores, los magos y unos pocos curiosos; la Navidad hoy nos invita a hacer otro recorrido, quizá golpear en la puerta del «santo o santa de al lado» porque hace mucho que no hablamos con él o con ella; quizá volver al silencio orante; quizá cruzar la calle y compartir el pan; quizá abrir la puerta y compartir la mesa; quizá descansar menos y amar más; hacer la llamada que debemos desde hace años; ofrecernos para empezar un camino nuevo; pronunciar la palabra gracias; volver a sonreír… ¿quién sabe? Las rutinas son tan caprichosas que aunque todas amenazan la vida, entre ellas se parecen poco.

La Navidad de entonces, como la de hoy, nos dice que en la Encarnación todo es gracia por eso nada está cerrado. Nos dice, porque la Navidad es la esencia de la consagración, que nuestra vida tiene sentido, que no huiremos ante una mirada triste, ni ante un desencuentro. No nos callaremos ante la injusticia del mundo empezando, para ello, a vaciar nuestros bolsillos y seguridades; reconoceremos a Jesús que nace en tantos niños de la calle o ancianos del albergue; en tantos transeúntes o en tantas mujeres injustamente tratadas. Y los reconoceremos bien porque el milagro de la Navidad y la consagración nos recuerda que todos ellos y ellas están en el hermano o  hermana de la puerta de al lado.