NÚMERO DE MARZO’17 DE VR

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La posverdad del cambio

En la vida consagrada hemos perdido el miedo a usar palabras gruesas siempre y cuando no obliguen a cambiar. El miedo aparece ante cualquier movimiento, por pequeño que sea. Tocar la propia vida y ponerla en tesitura de cambio es abrir una crisis que la razón suele mandar inmediatamente que se pare por innecesaria. Los textos más arriesgados sobre lo que la vida consagrada tiene que proponerse para tener futuro ya están escritos y, serenamente, domesticados.

Hace unos días en las redes, una vez más, se nos inquietaba desde Tánger: «Si los cristianos no logramos abrir las fronteras, ¿de qué nos sirve abrir las iglesias?». Sin embargo, por más grosor que tenga la pregunta de Santiago Agrelo, está uno persuadido de que conseguiremos olvidarla o situarla en esa retórica del pensamiento que no obliga a tomar decisiones con la propia vida.

La cuestión, por tanto, es aprender a olvidar. Algo así como enviar «al cajón de las cosas» donde se guarda lo que no sabemos para qué sirve, para que no ande molestándonos y nos permita vivir.

Poco a poco vamos viendo en la vida consagrada que ese cajón está repleto. Hay en él vida e «historias mil» de otros tantos hermanos y hermanas que un día soñaron un gesto posible de bienaventuranza; hay muchos proyectos que nunca llegaron a ser procesos, porque les faltó realismo, vida o apoyo. Cuesta reconocerlo pero en la vida consagrada no siempre nos apoyamos. En ese cajón hay textos rotundos, claros, limpios y directos que, por serlo, están ahí, donde los inservibles no sea que alguien se le ocurra pensar que el cambio es posible. Pero sobre todo, hay gente. Hay hermanos y hermanas que antes de que expresen lo que piensan ya sabemos lo que van a decir, por eso algunos han optado por no decir nada desde hace tiempo.

Me he preguntado muchas veces por qué existen esos cajones donde guardamos lo que nunca usamos. He descubierto que es, en el sentido más vulgar, una forma de atenuar el rigor de la providencia. La contemplación de las cosas produce cierto regusto a quien olvida que lo nuestro no es solo calidad de vida, sino calidad de vida evangélica. En un sentido más espiritual, entiendo que abrir el cajón es permitir que entre el aire de la conversión y así desordenar el aburguesamiento de quien no tiene porvenir, porque solo calcula futuro, para encontrarme en el feliz desorden evangélico, sin esperar a que otros u otras lo hagan.

Supongo que en ese cajón de inservibles están muchas buenas intenciones y sueños apostólicos. Están ahí, medio olvidados, porque parecen baratijas, bisutería de misión, sin recorrido ni valor. Sin embargo, sospecho, que si salen a la luz, si las coloco donde tienen que estar aparece lo que en verdad son, joyas de valor. Joyas originales porque ofrecen riesgo, carisma, credibilidad y gratuidad a nuestro entorno. Quizá cuando tanto nos preguntamos qué nos está pasando, solo tengamos que abrir el cajón, preguntarnos por qué y en qué momento guardamos las ganas de entregarnos y volver a empezar… Tan sencillo, como arriesgado.

Abrir fronteras para nosotros es abrir el cajón y permitir que ese aire de la conversión libere mis afectos de la pasión de poseer, dominar o mandar; me enseñe a callar, sin querer enseñar cada día y cada instante a quienes están a mi lado; me ayude a descubrir que congregación no es solo cuatro «amigos», sino un misterio de pluralidad y verdad, donde el paso primero es que aprenda a creer en cada persona.

Abrir es siempre una novedad. Si además no sabemos a dónde nos va a llevar es una novedad que exige fe. Ambos aspectos, novedad y fe, pueden estar agazapados esperando a que alguien se atreva o como dicen nuestros foros contemporáneos, lo ponga en valor.

La gran verdad de la posverdad o mentira emotiva de nuestro tiempo es que la argumentación consigue animar o detener la vida. Me pregunto cual será la posverdad, admitida y generalizada, que nos dice que es imposible abrir el cajón.