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Algunos términos provocan una suerte de urticaria en la vida consagrada. Innovación es paradigmático de ello. No pocos entienden que se trata de desvirtuar nuestra esencialidad. Innovar, sin embargo, es un verbo que puede desplegar principios evangélicos insospechados. Puede ser sinónimo de cambiar; cambiar puede serlo de mejorar; y mejorar de convertirse… La vida consagrada es un proyecto de innovación porque se sustenta en una ofrenda alternativa, significa algo nuevo, no previsto y, por tanto, sorprendente.
No se trata de una fuerza exprés, mucho menos de un sentimiento. No es dejar a la deriva los principios esperando que el «buenismo» o la apetencia decidan. La innovación nos propone preguntas necesarias que esperan una respuesta articulada en relatos nuevos, que digan algo en nuestro entorno y que nos digan algo a quienes lo vivimos. –Lo siento mucho, pero se nota demasiado que algunos consagrados están sosteniendo un relato que no sienten… No gozan y no provocan un efecto llamada porque lo que viven no es, en absoluto, anuncio de una vida feliz–.
Los manuales sobre innovación en la empresa –desde diversas perspectivas– sostienen seis constantes para lograrla. Si las analizamos bien, descubriremos que los miedos ante la innovación se desinflan y puede ser un itinerario interesante –imprescindible, diría yo– para que la vida consagrada deje de asomarse al porvenir con miedo. El primer principio de la innovación es pararse. Detener el ritmo, pensar en profundidad el qué y para qué. Es contemplar y descubrir el paso de Dios por este momento para que desencadene reconciliación con el tiempo personal, el de los hermanos y el de la congregación u orden. Es también relativizar procesos por nosotros creados para que emerja la originalidad de la consagración sin condiciones. El segundo principio es fomentar el clima de innovación. Nos pregunta por los «lugares» donde situamos las propias seguridades. Una institución o comunidad crea clima de innovación cuando no da nada por supuesto, cuando es capaz de volver a escuchar a cada persona y así recibe respuestas originales –no de libro–; cuando no se perpetúan estilos, ni cargos, ni «lobbies», ni prejuicios. El tercer principio propone abrirnos al aire circundante; observar y dejarnos observar. Todavía estamos lejos de hacer un discurso sobre la vida consagrada que sea, en verdad, integrador, interdisciplinar y en misión compartida. El cuarto, dicen los autores de innovación, que es premiar la innovación. Y para nosotros tendría la traducción directa de remar hacia el mañana en todos y en todo. Avanzar y conservar simultáneamente, además de ofrecer un testimonio amorfo, asfixia la pretendida reorganización. Implantar las innovaciones es otro principio que puede llegar a ser evangélico. Aunque teóricamente hay anhelo de cambio, la plasmación del mismo es tímido y ajustado al guion precedente. Implantar estilos de novedad e innovación pasa por una nueva comprensión de la seguridad, la significatividad y la economía. Finalmente, apuntan los manuales que para que se de la innovación hay que olvidar los errores. Y aquí, hermanas y hermanos, está el verdadero «talón de Aquiles»: nuestra desmedida memoria para los errores. Es tan paradigmático como lamentable, que quienes encarnamos una vocación que tiene como propósito la reconciliación de la humanidad con el proyecto original de Jesús, tengamos, sin embargo, una memoria tan sagaz que imposibilita el cambio.
El proyecto de Jesús, para analistas en prevención de riesgos, seguramente estuvo plagado de imprecisiones. Promovió un estilo nuevo de justicia e igualdad para el que no había capacidad de ser digerido en el entorno; habló de amor sin límites y eso es muy arriesgado; se juntó con gentes de dudosa reputación; se atrevió a cambiar estilos, relativizó el templo… En fin, un cúmulo de errores. Por eso sigue siendo la innovación de todos los tiempos.