¿NUESTRA IDENTIDAD? ¡NUESTRA VOCACIÓN!

0
859

Es interesante la manera de comenzar el tiempo litúrgico ordinario: ¡con dos relatos vocacionales y una exhortación sobre nuestro cuerpo! Se ve que la madre Iglesia quiere que “nos identifiquemos”. Lo que nos identifica como cristianos es “la vocación”. Y para ello nos ofrece -en este domingo 17 de enero de 2021- dos ejemplos bíblicos: la vocación del niño Samuel y la vocación de dos jóvenes discípulos de Juan. La liturgia de hoy añade también una reflexión de san Pablo: nuestro cuerpo y su vocación. Comentemos brevemente estos tres aspectos.

La vocación del niño Samuel: en “duerme-vela”

Quizá alguien piense que un niño no puede ser llamado por Dios. El Antiguo Testamento lo desmiente al hablarnos de la vocación del hijo de Ana, el niño Samuel. Se encontraba en el templo del sacerdote Elí. Por la noche, en estado de duerme vela, escucho una voz que lo llamaba. El pequeño creía que era el anciano sacerdote. Pero éste lo negó y a la tercera vez le dijo: “Si esa voz te llama otra vez, respóndele así: Habla, Señor, que tu siervo escucha“. ¡Qué bella respuesta a la llamada de Dios! “Te quiero escuchar”, es decir, te quiero obedecer (ob-audencia -¡escuchar!-). El niño Samuel se reconoce ante Dios como un “pequeño servidor” para lo que Dios disponga.

Y a partir de ahí… ¡un nuevo comienzo para la vida de aquel niño, convertido en profeta! Entre otras cosas, este relato nos indica que hay que tomar en serio la vocación de los pequeños, de los chavales. Ellos son frecuentemente bendecidos por Dios y escogidos para una gran misión que queda inscrita en ellos como una semilla, que deberá ser cuidada, germinar, crecer.

La vocación de dos jóvenes en un nuevo día

Los dos discípulos de Juan vieron pasar junto a ellos al Hombre más interesante de la historia. Su maestro-profeta, Juan el Bautista, les abrió los ojos: “Ese que pasa por ahí es el Cordero de Dios”. Dicen los expertos que habría que traducir la expresión con un diminutivo “Corderito de Dios” para resaltar más su inocencia, su humildad, su absoluta no-violencia y además, su misión de cargar con todos los pecados del mundo.

Los dos discípulos se acercan a Jesús y se atreven a preguntarle: “Maestro, ¿dónde vives?” Y Jesús los seduce diciéndoles: “¡Venid y veréis!”. Pasaron un día con Jesús… y esa experiencia les cambió la vida. Uno de ellos era Andrés -hermano de Simón Pedro- y el otro probablemente era el “discípulo amado”, el innominado. Ese discípulo “innominado” podemos ser cualquiera de nosotros. La vocación se inicia cuando Jesús se convierte para nosotros en “alguien muy interesante”, alguien que suscita nuestra curiosidad, por ser quién es y por lo que puede darnos. ¿Qué sentirían estos dos jóvenes cuando escucharon a Jesús decir “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, “Yo soy la Luz del mundo”, “Yo soy el Pan de la Vida”, “Yo soy el Buen Pastor”? La vocación es “un nuevo amanecer”, “un estado naciente”. Y hasta un anciano como Nicodemo, puede escuchar la llamada: “¡Tienes que nacer de nuevo!”.

Cuerpo vocacionado

Quien ha escuchado la voz de Dios descubre su cuerpo de otra manera. Aquel que nos dará su Cuerpo, valora también el nuestro. Lo bendice apenas nace y lo declara cuerpo de un hijo de Dios -por el bautismo-, de adolescente lo sella y unge con su Espíritu como un templo -por la confirmación-, lo toca y sana cuando enferma -la unción de los enfermos-, lo alimenta con el pan del cielo, pan de cada día -la Eucaristía-.

Así trata Jesús el cuerpo de cada una de sus discípulas y discípulos. Hace de nuestros cuerpos una extensión del suyo: san Pablo decía que “Somos Cuerpo de Cristo”. Por eso, nuestro cuerpo no puede ser profanado, ni ser entregado como instrumento del mal. Nuestro Cuerpo es “cuerpo de Alianza” con Dios, es un cuerpo siempre conectado con el Cuerpo de Cristo Jesús. Y ¿si no? ¿porqué comulgamos con tanta frecuencia? ¿porqué escuchamos con tanta atención las palabras de nuestro Maestro? Es así como vivimos en estado de “vocación continuada”. ¡Ojalá escuchemos hoy la Palabra del Señor! ¡No endurezcamos nuestro corazón!