NO BAJO EL MISMO TECHO PERO SÍ VIVIENDO EL MISMO CARISMA

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(José María Arnaiz, Marianista. Chile). En la Iglesia, en la vida consagrada y en los grupos laicos se está levantando la voz para dar una buena noticia: la novedad de una nueva relación entre laicos y religiosos. Son una familia, una familia carismática; marcados por un nuevo estilo de vida y de misión. Así se terminará la vida religiosa autorreferencial y comenzará la realidad de una vida laical carismática. Ambas formas de vida son abiertas, acogedoras, complementarias y fecundas. ¡Qué bien hace la unidad en la diversidad y la complementariedad en la interdependencia!

Así están naciendo o renaciendo las familias carismáticas. Este gran árbol necesita estructuras de animación y de gobierno y de convivencia. Estas estructuras deberán siempre estar al servicio del crecimiento personal y comunitario en santidad y en el fortalecimiento de nuestro servicio misionero en el mundo. Por todo ello están apareciendo y consolidándose las nuevas formas de vida comunitaria que no siempre suponen vivir bajo el mismo techo pero sí el compartir oración, formación, misión, información, historia y recursos humanos, espirituales y económicos.

Al religioso le hace mucho bien el tomar conciencia de que su espiritualidad y su misión cobran todo su valor cuando se viven en familia carismática. El futuro de la vida religiosa será en familia carismática o no será. Esto nos exige un gran cambio de perspectiva. No somos los únicos depositarios del carisma ni sus garantes. Somos una encarnación específica. Estamos invitados a ser y vivir como religiosos en el corazón de nuestra respectiva familia carismática.

A su vez, todas las ramas de una familia carismática si comparten vida y misión van a ser cada vez más y mejores. La clave de crecimiento de un carisma está en la capacidad de formar una auténtica familia carismática en la que laicos y laicas, religiosas y religiosos lleguen a una interrelación de profunda reciprocidad y de mucha fecundidad y lo vivan en comunidad.

Sin ninguna duda que de la pertenencia a una familia carismática nace una auténtica vocación que lleva a una opción de vida y a un modo de entregarse a vivir una forma de vida y apasionarse con la misión para la que nos sentimos vocacionalmente llamados. Todo esto desemboca en una comunidad y pide pertenencia a una comunidad y la realidad de la vivencia de la vida comunitaria.

Esta nueva relación conseguirá que lleguen días de primavera en la Iglesia. No hay duda que como nunca queremos hacer de todo para llegar a una nueva forma de ser Iglesia; forma que es posible y urgente. Las familias carismáticas por la variedad de sus integrantes, la forma de animar y animarse como grupos de Iglesia, por los desafíos que se ponen y ponen a la Iglesia y por su fuerza carismática son el mejor punto de referencia para una Iglesia sinodal, profética, esperanzada y esperanzadora, centrada en Jesucristo y con- vertida a Él, al servicio de los pobres y de los jóvenes, participativa, fraterna y con fuerte carácter relacional, que incorpora a la mujer a toda su vida. Bien podemos afirmar que así la Iglesia puede salir de la seria crisis en la que está y encarnar el sueño y la opción de muchos creyentes. En cierto modo, las familias carismáticas y su forma de vivir ya son una nueva forma de ser Iglesia. En una palabra, las familias carismáticas son un claro testimonio profético para este momento eclesial y de la sociedad y para una nueva forma de vivir comunitariamente en la Iglesia; nos ofrecen un nuevo paradigma de vida comunitaria.