NADA NACE SIN DOLOR

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Cuando buscamos «nuevo» en el diccionario no encontramos «imposible» como definición. Tampoco, sueño ni utopía. No se identifica con ilusión o magia. Mucho menos, con mentira. Apuntan las diferentes acepciones a tarea, construcción, cambio, esfuerzo y movimiento. Porque el ingrediente esencial de lo nuevo es que aparece algo que antes no estaba. Irrumpe, en este sentido, la sorpresa de lo no previsto. Algo que se experimenta por primera vez.

A los consagrados el adjetivo «nuevo» nos viene estupendamente, porque apunta al inconformismo ante lo gastado. Puestos a saborear un verbo, a nosotros nos gusta empezar.

En este sentido, empezar un año nuevo es fuente de inspiración y compromiso. Para nosotros desear y desearnos un año nuevo, no es una frase al uso, sino el compromiso de hacer posible la novedad en medio de tantos signos de muerte.

Un «año nuevo» puede ser, en verdad, original e inédito, si se convierte en antídoto ante el escepticismo, la mediocridad, la rutina y la casuística. Puede ser la «palabra fuerza» que levante la mirada sobre anuncios desmedidos de resignación. Porque si hay algo evidente es que lo nuevo empieza en la propia vida, cuando uno lo cree y no se conforma con reeditar lo que ya vivió.

Un signo de año nuevo es volver a una oración buscada, por fresca, actual y hasta dolorosa, cuando se deja pasar por las heridas abiertas o aparentemente curadas. Es volver a centrar la vida en Cristo, tantas veces perdido o reducido a concepto o ideología, por el trajín de historias pequeñas, la inercia y, hasta, el aburrimiento. Es entender la identidad como todo de Dios y todo de los hermanos o hermanas, y gozar una humanidad abrazada y, por ello, asumida, redimida y amada. Es percibir la comunidad como tarea, nunca como castigo. El año es nuevo si nos convertimos al método apreciativo, para posibilitar que los sentimientos aparezcan, se compartan, se eduquen y proporcionen así, vidas felices, plenas y humanas. Se gusta la novedad cuando se superan las medias verdades, se destierra la ironía como arte de participación, se asume la propia vida en camino, se abandona la evaluación de los otros, se escucha y acoge, se perdona y se acepta el perdón, se trabaja la alegría de saberte elegido y se le «pone foco» a los «pequeños fantasmas» de la propia vida, donde se suelen refugiar los celos, las envidias no confesadas o los complejos, tan persistentes al paso del tiempo. El año nuevo también invita a experimentar la congregación como espacio humano que quiere vivir en Alianza: forma parte de ella la fidelidad y también el pecado. Nos pide posibilitar y no condicionar, superar el discurso destructivo, confiar aportando y aportar confiando. A algunos nos insiste el año nuevo en dar más participación porque, a lo peor, nos hemos «apropiado» de la congregación y no hay nada ni nadie «santo» si no es de los nuestros, y a otros, recuperar la palabra que un día regalaron generosamente a Dios. Aunque parezca una contradicción, la palabra «nuevo» también saca a la luz costumbres viejas y, tal vez, extendidas. Es el momento de recuperar a tantos y tantas que, dentro de la vida consagrada, por mucho que solemnemente afirmemos lo contrario, no se sienten acogidos, ni escuchados, sino tristemente aguantados.

Pero además el año nuevo, pide un explícito «para qué»  que no puede ser silenciado, o reducido a «lectura tranquilizante». Nos habla de misión, de transparencia, de juventud, de justicia con tantos descartados, migrantes, heridos, rotos y pobres. Y esto ha de traducirse en abrir puertas reales (también físicas) y aprender a acoger sin protagonizar o sanar sin publicitar; de compartir la Palabra, sin imponer palabras y estilos; de volver personalmente a la economía de la necesidad y creatividad, y congregacionalmente a la economía del compromiso y la gratuidad; de regalar espacios vacíos y «primerear» y arriesgarnos en lo que hoy solo es recelo; de integrar y no excluir.

Sospecho que necesitamos dejar al año ser nuevo. Pero ha de nacer y nada nace sin dolor.