sábado, 25 junio, 2022

MÚSICAS

Vemos en comunidad una película extraña y maravillosa, Lazzaro feliz, de Alice Rohrwacher (premio en Cannes 2019) y una escena nos deja  impactadas: un grupo de desarrapados que van por la calle arrastrando un carromato averiado,  oyen la música que sale de una iglesia y entran. Solo están unas cuantas monjas escuchando un concierto de órgano y una de ellas (vaya por Dios…), cuando los ve, les pide de manera destemplada que se marchen porque es un concierto privado. Cuando ellos salen, el organista no puede seguir tocando: las teclas se han bloqueado y la música ha abandonado la iglesia para acompañar a la caravana de pobretones que siguen caminando envueltos en ella.

Me acuerdo de otra escena de Los santos inocentes, la película de Mario Camus sobre la novela de Miguel Delibes: en el comedor del cortijo desayunan los dueños y sus invitados, con vajilla de porcelana y cubiertos de plata, en una tensión glacial por sus marañas relacionales. El siguiente plano muestra el patio exterior donde un grupo de trabajadores de la finca comen y beben en torno a un tablero de pino en un ambiente festivo: la alegría también ha emigrado y se ha instalado con ellos.

Qué fuerte, la verdad. Y cuánta coincidencia con aquella otra escena de hace más de 2000 años, cuando los elegidos para asistir al estreno de la sinfonía angélica “Os ha nacido un Niño” no fueron los poderosos sacerdotes del templo de Jerusalén, ni los estrictos monjes de Qumran, ni los cultísimos  rabinos, ni los irreprochables fariseos, sino aquel grupo de curritos que hacían guardia pasando frio en  la intemperie de la noche.  El que era niño entonces, siguió de mayor con las mismas aficiones: hacer amigos, caminar en compañía,  aceptar invitaciones, sentarse a la mesa con todo tipo de personas. Era evidente que amaba esta vida nuestra: sus gentes, su proximidad, su conversación, sus manjares, sus vinos, sus perfumes, sus fiestas, sus paisajes. “Así es vuestro Padre”, estaba diciendo.

Aterrizando en lo que nos toca: hay que reconocer que una vida consagrada bien reglamentada y a salvo de sobresaltos, desórdenes y turbulencias puede tener su encanto. Su inconveniente es generar vidas perfectamente almidonadas, pasteurizadas e insípidas, ajenas al rumor de lo humano que bulle fuera de la protección de sus muros,  supeditadas al funcionamiento de instituciones, ancladas en liturgias fosilizadas, asfixiadas por la inercia de un orden ina-movible y unas tradiciones incuestionables, deshabitadas en la propia corporalidad,  religiosamente  “en regla” pero existencialmente irrelevantes.

Menudo chasco si, después de pasarnos tanto tiempo haciendo cola para entrar en no se sabe qué sublime Auditorio Celeste, inmaculado e insonorizado, resulta que era en otra parte donde estaba  la Música.

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