LO HUMANO Y LO INHUMANO

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(Rosa Ruiz). Los términos “hombre” y “humano” son, en efecto, singularmente equívocos; en ellos se entrelazan lo elevado y lo vil, lo noble y lo ordinario, lo banal y lo extraordinario. “Con la expresión: Eso es humano, se disculpa todo en la actualidad. Los matrimonios se rompen: eso es humano. La gente bebe: eso es humano. Se copia en un examen o se hacen trampas en un concurso: eso es humano. Muchos destrozan su juventud con los vicios: eso es humano. Uno tiene celos: eso es humano. Se defrauda: eso es humano. No hay vicio que no se disculpe con esta fórmula. Así, con la palabra “humano” se designa aquello que es más caduco y vil en el hombre. En ocasiones se convierte incluso en sinónimo de “animal”. ¡Qué forma de hablar tan singular! Pues lo humano es justamente aquello que nos diferencia de los animales. Lo humano es la razón, el corazón, la voluntad, la conciencia, la santidad. ¡Eso es humano!” (Card. J. G. Saliége, citado por W. Kasper en Jesús el Cristo, 301-302)

Por alguna razón me venía hoy este texto a propósito de la escena de la Transfiguración de Jesús. Quizá porque Jesús se muestra luminoso en puertas de la gran oscuridad de su Pasión.

Quizá porque las noticias -por desgracia- no dejan de hablarnos de inhumanidad y violencia. Quizá porque en Cuaresma se nos invita a elegir la luz y abandonar las tinieblas.

Quizá porque Jesús, el Hijo de Dios, es también esa Humanidad nueva real y cierta que nos dice una y otra vez que ser -de verdad- humano es bueno y bello y verdadero y merece la pena.

Celebrar la Transfiguración es contemplar y callar. Acompañar, si somos capaces. Adorar. Pero también puede ser un ejercicio para desear la luz y la verdadera humanidad. Esa que no nos permite pactar con ningún demonio, ni propio ni ajeno y a la vez nos lanza a amar cada vez más y mejor, lo humano. Lo más humano de Dios y  de nosotros mismos.