Liderazgo: inteligencia emocional en las organizaciones (II)

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El liderazgo emocional o resonante
Según cuanto antecede, se entenderá mejor ahora lo que significa “líder resonante”, lo que se espera de un superior con “inteligencia emocional”: se alude a un jefe capaz de crear “cohesión social”; o sea, cálidos sentimientos de pertenencia en cada persona hacia su grupo y fuertes vínculos de solidaridad entre los miembros de éste.
Ha progresado mucho la investigación psicosocial sobre “líderes eficaces”, desde aquellos primeros estudios que, en los inicios del siglo XX, ingenuamente especificaban una lista (más o menos larga) con rasgos de personalidad (inteligencia, prudencia, fortaleza moral, seguridad en sí mismo, honestidad, laboriosidad, etc.) a los que se consideraba vía segura del éxito, amuletos psicológicos de influjo cuasi mágico sobre una comunidad. Pero aquellos ramilletes de características o virtudes eran preconcepciones ideológicas (no evidencias científicas sobre causas que, de hecho, producen un determinado efecto). Hoy sabemos que, por sí solas, todas esas brillantes características de personalidad no harían triunfar a un líder si es que éste no contara con un adecuado contexto para expresarlas. La gestión de un superior sólo triunfa cuando su talento psíquico de jefe se combina con situaciones sociales propicias. Es decir, cuando un superior inteligente, perspicaz, seguro de sí mismo, con carisma, encuentra su oportunidad, por hallarse en su sitio, justo en el lugar exacto o comunidad adecuada y en el momento o tiempo oportuno.
Con el popular Daniel Goleman parece demostrado que los buenos superiores (líderes) son personas capaces de manejar (domesticar) sus propias emociones y las de sus subordinados y que esta inteligencia emocional es cualidad casi pareja en importancia a su capacidad intelectual y a su habilidad para planificar las tareas del equipo. Efectivamente, hoy en día son muy frecuentes las “intoxicaciones emocionales” en las comunidades religiosas (accesos de estrés, tristeza, agresividad, desconfianza, crítica a la autoridad, miedo, angustia, ansiedad y hasta depresión, por causa de la incertidumbre ante el futuro, por motivos de destino y ajustes de plantilla, por experiencias personales de desilusión y fracaso; sin ser tampoco raros otros episodios afectivos de enemistades camufladas, celos, secretas envidias, rencillas, competitividad e incomunicación entre hermanos); intoxicaciones emocionales que como virus se propagan y cuyo saneamiento requeriría una especie de “superior terapeuta”, un sanitario social que suministrara a sus subordinados adecuadas vacunas de euforia, optimismo, sentimientos positivos, un clima entusiasta, moral de equipo, que sólo los “líderes resonantes” (emocionalmente maduros) son capaces de suscitar.
Durante el presente invierno vocacional de la vida religiosa, ya prolongado en demasía, han aumentado las tensiones psíquicas en las personas mayores, agobiadas por no vislumbrar posibles relevos generacionales de calidad. También ha cundido el estrés de inadaptación entre los escasos jóvenes profesos existentes, a quienes se les hace muy poco atractiva la convivencia con los mayores. El redoblado trabajo, la responsabilidad no compartida, el declino de la esperanza, la indefinición de horizontes, la desconfianza hacia los superiores, la anemia institucional, han producido un aumento preocupante del “burnout” (o “síndrome del quemado” psicológico), un desaliento emocional crónico (tensión, estrés, agotamiento, decepción, y pérdida de interés hacia la actividad bien hecha, desencanto y despreocupación por los retos del momento histórico). Este estrés cuando se generaliza entre los religiosos, revela, aparte traumas personales o deficiencias individuales, también una carencia social significativa de líderes referenciales, resonantes, transformadores.
¿Cuáles serían, según esto, las características, los rasgos propios de un superior, “líder resonante”?
– En primer lugar: habilidades sociales. El superior tendría que ser capaz de ejercer influjo positivo sobre sus hermanos, resolviendo felizmente conflictos interactivos, atinando o sintonizando muy bien con los sentimientos de cada “diferente” persona; de modo que sean muchos los subordinados que “confíen” en él.
– En segundo lugar: habilidades organizativas. Superior resonante es quien acierta a elaborar planes y objetivos estimulantes, perspectivas motivadoras. No sólo le tocará resolver enredos afectivos, sino tener tino a la hora de sugerir e inspirar procedimientos de trabajo, estrategias de interacción en la comunidad.
En el pasado siempre se seleccionó el personal directivo según dotes intelectuales sobresalientes, tomando en menor consideración sus habilidades sociales, su inteligencia emocional; pero hoy se puede afirmar con fundamento que un superior, por sola su eminencia intelectual, no logrará consolidarse como líder efectivo de su comunidad, a no ser que acompañe su talento de otras competencias emocionales como estabilidad afectiva y dosis no escasas de empatía que le permitan sintonizar con los sentimientos de los subordinados. Un superior de personalidad neurótica, incapaz de analizar malestares afectivos dimanantes de su propia intimidad, torpe para gobernar sus propios y fluctuantes estados de ánimo, difícilmente podrá comprender y gestionar las emociones de los demás. Un superior frío, asépticamente aislado del encendido clima emocional que quizá está quemando a sus hermanos, tampoco evitará el desmoronamiento de éstos y su bajo rendimiento laboral, ése desánimo que quizá les reprocha continuamente en sus pláticas pero que no consigue erradicar.
En psicología social moderna se sostiene que la cohesión (sentimientos de pertenencia o motivaciones psíquicas que ligan a los miembros de una comunidad entre sí y con los objetivos comunes al grupo), la “identificación grupal”, dependerían en gran parte de emociones positivas compartidas por el líder y sus subordinados. Un “superior resonante” (con inteligencia emocional) es aquel que incentiva el trabajo bien hecho y motiva a la consecución de objetivos. Cosa que no ocurre, desde luego, en el perfil de Liderazgo Pasivo o “laissez faire”, cuando los superiores “pasan de”, no se implican en el trabajo ni en los problemas de sus súbditos, cuando por comodidad, o por no estresarse, eluden tomar decisiones, no definen bien las tareas comunitarias y se excusan de afrontar los problemas.
Conclusión
Por resumir en cuatro los rasgos fundamentales que distinguirían a un “Líder Resonante” de un “Superior Poco Inteligente” (emocionalmente hablando), he aquí su elenco: 1º En cuanto a sociabilidad: apertura al trato con los demás (rasgo opuesto a “ansiedad social o timidez”). 2º Por lo que refiere a percepción interpersonal: confiar en los suyos (en vez de recelar o sospechar de ellos). 3º En el factor autoestima: seguridad en los propios talentos (contra inseguridad acerca de la propia valía). 4º Por relación a las habilidades sociales: empatía, generar confianza en los subordinados (de la que carecen quienes, por el contrario, siempre despiertan recelos en torno suyo).
– ¡Qué desánimo! -Pensarán para sí bastantes sufridos superiores-. ¿Quién será el superdotado que reúna tantos talentos? ¿A nuestra edad nos vamos a someter a exámenes de madurez emocional? ¡Otra vez nos están proponiendo utopías inalcanzables! ¡De nuevo los teóricos de la vida religiosa suben el listón a cotas imposibles de alcanzar! Débiles emocionales que somos ¿cómo vamos a arriesgarnos a liderar las complejas frustraciones, tantos abatimientos y rarezas de los demás? ¿Quién se atreverá a conducir sin rozaduras y golpes, a meterse en esos intrincados vericuetos por los que discurre la convivencia comunitaria? ¿Quién ante tal panorama se atreverá aceptar la carga del superiorato?
– Quejas comprensibles a las que no cabe más respuesta que aquella dada por Jesús, a quien tocó terciar en parecida controversia, proponiendo a sus íntimos, sin disimulo alguno ni atenuantes, una exigentísima lista de cualidades que el Evangelio requiere a todo buen discípulo:
“Vender el patrimonio entero y dar lo recaudado a los pobres”. “Castración o castidad perfecta por el Reino”. “Matrimonio en fidelidad perpetua, sin alternativa alguna de divorcio”. “Oración sin intermitencia”. “Obediencia hasta la muerte de cruz”. “Perdonar setenta veces siete”. “Entrar tuerto o cojo en la Vida”.
Sería, no obstante, absurdo postular para cada comunidad religiosa un superior “Líder Resonante”, alguien dotado de gran “Inteligencia Emocional”. Del contenido de este ensayo no se deduce ese requisito. Pero en los casos en que la IE fuese conveniencia verdaderamente evangélica, no simple cálculo humano, a las muy razonables objeciones que contra ella se opondrían, habría de responderse con pareja rotundidad a la manifestada por Jesús en la anterior controversia:
“Al oírlo los discípulos quedaron espantados y dijeron: -Entonces ¿Quién podrá salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Para los hombres eso es imposible, para Dios todo es posible” (Mt 19, 26). “No todos pueden con esa solución, si no aquellos que reciben tal don” (Mt 19, 11).