LA VIDA EN COMUNIDAD O EL DERECHO A SER FELIZ

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Hay una constatación que me invita a reflexionar sobre los derechos y deberes de quien vive en comunidad: la comunidad no está en crisis, algunas formas comunitarias, por supuesto.

Nuestro tiempo es el de los derechos. No está mal. Es un signo de progreso. Si lo pensamos bien, disfrutar de derechos permite que todos y todas los tengan. Lo que quieres y necesitas para ti, lo reconoces como necesidad para otros, lo cual permite que aparezca lo mejor de la propia vida cuando la piensas compartida. Los capítulos interminables de obligaciones no encuentran hueco en una sociedad abierta como la actual. Quien quiere se afilia y se desafilia a algo según voluntad o necesidad. Forma parte de los principios de libertad irrenunciables de la persona. Así las cosas, los principios de obligatoriedad aparecen cuando uno, libremente, los asume y entiende integrados en el propio itinerario de vida.

Se me ocurre, sin embargo, que todo puede cambiar si somos capaces de descubrir qué principios comunitarios son los que provocan emoción compartida. Qué derechos son tan fundamentales que configuran la existencia para transformarla capacitada para ser signo de comunión. De momento, este principio de libertad está silenciado. Abrir un diálogo al respecto nos preocupa a quienes sentimos seguridad con que todo esté «atado y bien atado», aunque, de hecho, no tenga vida.

El primer derecho, por supuesto, es la vida. Y ésta no pensada desde las necesidades básicas. Me reconocerán que reducir la comunidad religiosa a un lugar donde se te proporciona comida, salud y descanso no es argumento suficiente para entregar la existencia por el Reino. A veces, me llego a preguntar si en algunas situaciones hay algo más que una cuidada atención de las necesidades básicas. Son estas las que conducen a la vida consagrada a una expresiva soltería de colectivos reunidos en torno a principios piadosos, que digan algo o no, es preferible mantenerlos que cuestionarlos. El derecho a la vida incluye el derecho a permitir que la vida sea vida, proceso y proyecto, se desarrolle y luzca como don de Dios. Es el reconocimiento de la pluralidad como signo de riqueza y la integración de la diferencia como posibilidad más que como impedimento.

El segundo derecho es el de la fe. Ser descubiertos por Dios como hijos, nos proporciona la búsqueda del otro u otra como hermano. La fe es el pulso del crecimiento y la maduración, va creciendo con el desarrollo de la vida, pero lejos de lo que se pudo pensar, crece a fuerza de amor y no de contradicción. La fe se hace posible en ámbitos donde se ha descubierto la fraternidad aunque, claro está, aparezcan las dificultades, debilidades o infidelidades.

El tercero es la comunión. Aparece este derecho sin necesidad de pactos o cuidados. Aparece en aquellos y aquellas que están llamados a compartir vida. No hay constatación más triste que la comprobación, bastante extendida, de personas intentando vivir en comunión sin estar llamados a ella. La vida comunitaria no es una cruzada contra el individualismo. Cuando se vive en clave de cruzada se indica que la comunión no es para ti. La comunidad es la manifestación expresiva de que algunas personas, pocas, son capaces de vivir compartiéndolo todo: presente y porvenir. Ese todo exige todo, sin pactos y sin explicaciones. Ese todo incluye, por supuesto, las parcelas de la propia vida que no hemos sido capaces, todavía, de integrar o reconocer.

El tercero es el carisma. Es un derecho. Un don del Espíritu, tan original y versátil que se hace único en cada persona. Una pregunta inquietante para nuestro tiempo es «¿qué hemos hecho con el carisma?». Tantas veces sujeto a interpretaciones parciales o a asambleas sin Espíritu. Tantas veces envuelto en los vaivenes emocionales del momento o las modas filosóficas en boga. La limpieza carismática nos descubre con posibilidades nuevas, inéditas y llena de vida cuando se saben entender y acoger como derecho. Y esto, desde el punto de vista comunitario porque imprime una fuerza misteriosa en los sueños compartidos de Reino y se manifiesta en Misión; y desde el punto de vista personal, porque te devuelve a una vida con sentido, asumida y querida por Dios. Es tan sesgado pensar que el Espíritu nos impulsa a todos a lo mismo por pertenecer a la misma congregación o comunidad, como creer que hay estilos personales que son carismáticos y otros caprichosos o visiones parciales. El encuentro del carisma como don y derecho pasa por el ejercicio noble del discernimiento y este por la escucha. La escucha, por supuesto, por la fe. Y la fe por la conciencia de pertenecer a Dios.

El cuarto es el amor. El sentimiento más noble del ser humano. La comunidad es el lugar del amor. Sin éste, se reduce a relaciones pactadas, a itinerarios cíclicos, a neurosis compartidas o espacios muertos. Algunas formas comunitarias están más abocadas a la muerte que a la transformación. No solo no están abiertas a un discernimiento desde el amor, sino que temen la sola pronunciación del mismo. Quien ha descubierto un camino de aparente fidelidad sin preguntas inquietantes sobre la capacidad para querer y dejarse querer, jamás desarrollará una vida teologal. La gran crisis de nuestro tiempo es traicionar el amor, con la consiguiente debilidad en la realización de la persona. La crisis de algunas formas de vida comunitaria no radica solo en su falta de signo, cansancio, reiteración o que no estén bien ubicadas o que carezcan de quien las anime convenientemente… aspectos que, por supuesto, se hacen presentes. La crisis es de amor y de vacío humanitario. La crisis es la ausencia de personas que alguna vez hayan reído, sufrido, abrazado por pura gratuidad, por puro amor. La gran crisis, me temo, es haber renunciado al derecho de querer y ser querido, convencidos de que la vida es un continuo examen, transacción o mercado, en el cual eres «bueno» si solo aspiras a cumplir bien deberes y que se te reconozca.

Por todo ello, quién se sepa llamado a la vida compartida que se pregunte con paz cómo anda su derecho a ser feliz.