LA VIDA CONSAGRADA EN FEMENINO SINGULAR

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Mayor y mejor formación en la vida contemplativa femenina

Prado Heras, Fundadora del monasterio de la Conversión

¿La vida consagrada se está abriendo a una nueva comprensión de la mujer?

Creo que la mujer en la vida consagrada ha tenido una relevancia que no ha tenido la mujer en la vida laical. La mujer consagrada ha sabido abrirse un camino cuando la mujer laica apenas los podía explorar. Me refiero a la sanidad, la enseñanza, el cuidado… El paso que faltaba era el de transitar por todos aquellos lugares que eran de absoluta competencia masculina: el acompañamiento, el discernimiento espiritual, la enseñanza de la teología, el magisterio…

La vida consagrada femenina tiene en la actualidad, en medio del envejecimiento en algunos sectores y, tal vez, por esto mismo, una hondura y una sabiduría, una fuerza humilde y una resiliencia activa, una fe probada y una caridad serena, que la hace imprescindible en la Iglesia y en la sociedad.

En el mismo seno de la vida consagrada existen recelos hacia una comprensión de la mujer más amplia, que rompa los moldes clásicos para acoger roles nuevos, rigurosamente asignados al mundo masculino.

¿Percibes cambios significativos?

Sí los hay. Tal vez desearíamos que hubiera más o de más calado y profundidad, pero los hay. Hay iniciativas magníficas dentro de Movimientos eclesiales (Focolares, Comunidad de San Egidio…), experiencias misioneras de colaboración intercongregacional en la que comparten tareas religiosos y religiosas, en el campo de las migraciones, de la mediación, de la reconciliación…

¿Qué echas de menos?

La vida consagrada femenina ha alcanzado autonomía de gobierno que no tiene aún la vida contemplativa femenina. Este es uno, entre más, de los retos que la vida religiosa femenina tiene por delante. Y una mayor y mejor formación, sobre todo de la vida contemplativa femenina.

¿Cómo podríamos impulsar la deseada complementariedad entre mujeres y varones al servicio de la humanidad desde el Evangelio?

– Creyendo en una Iglesia que tenga, en la colaboración entre hombres y mujeres y en la diferencia de los sexos, su modo propio de manifestarse, de hacerse visible, de ser fecunda y creativa, de ser Ella misma.

– Comprendiendo la igualdad no como la conversión de lo femenino en masculino sino como el enriquecimiento de lo femenino, asumiendo rasgos de la masculinidad, siempre que ocurra esto mismo a la inversa.

– Aceptando que el sexo biológico no se corresponde con funciones fijas o papeles inamovibles en la sociedad.

– Creando itinerarios de humanización en los que hombres y mujeres, en la Iglesia, trabajen juntos, estén juntos, en todo lo que la Iglesia pueda necesitar.

– Sabiendo que, por encima de las diferencias, compartimos la misma bienaventuranza hombres y mujeres: “bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,28).

Completa la frase: La mujer comprende el mundo y sus necesidades con otra visión porque…

Constitutivamente posee el don de la recipiencia: algo que no es solo receptividad, se trataría de una capacidad en acto, en presente –derivaría la palabra de un participio de presente latino–, es una capacidad actuando continuamente porque se trata de un modo de ser, de una cualidad constitutiva, no adquirida.