miércoles, 19 enero, 2022

LA FRATERNIDAD DUELE

Para el ser humano es difícil separar el amor del dolor. Es más, el amor de verdad duele. Y duele profundamente.

Hay quien piensa que hay que acostumbrarse a vivir a medias. A mí, sin embargo, me parece que el problema está ahí, en acostumbrarse y creer que las cosas son como son y no tienen otra salida.

Estamos en días especiales donde reiteramos palabras que suenan bien: felicidad, recuerdo, cercanía y, por supuesto, amor. Las comunidades son, en general, espacios donde resuenan palabras biensonantes. Pero como toda experiencia humana también aparecen otras que «riman» más con silencio, dolor, ausencia, distancia, ruptura o rencor. Es curioso, pero estas palabras –las duras– son las que nos permiten esperar y desear las otras, las buenas: amor, ternura, cercanía, perdón, interés, cuidado o fraternidad. A veces he llegado a pensar que gracias a las heridas, sé lo que es la salud y la paz.

Creo que a las puertas de la noche buena, que sigue siendo para una parte de la humanidad solo noche y no tan buena, es necesario que reparemos en el misterioso hecho de que al lado del perdón siempre reside el pecado; al lado de la sinceridad, la hipocresía y el vecino del amor es el desamor. Porque nada en esta vida es absolutamente limpio, ni claro, ni diáfano, ni transparente. En todo y en todos hay matices, búsquedas evangélicas y otras no tanto. Sentimientos merecedores de aplauso y otros de sonrojo.

Me encantaría eso sí, que nos duela la fraternidad. Cuando algo te duele es que lo quieres y forma parte de ti. Es tu vida. Y ahí es donde la fuerza de la escena de Belén puede devolvernos la capacidad para sentir, de nuevo, dolor. ¡Qué contradicción, querer sentir dolor! Pues sí, creo que hemos caído en una costumbre que nos mata
–lentamente– pero nos mata. Nos hemos acostumbrado a no sentir dolor cuando la fraternidad se rompe. Por ello quizá, no midamos la repercusión de las palabras y los silencios; no tengamos en cuenta a quién habitualmente dejamos solo o sola en sus batallas; quizá incluso al no sentir dolor fraterno llegamos a pensar que las palabras mordaces, los juicios sin misericordia o la murmuración sin medida forman parte del «espíritu comunitario». Quizá, y esto es lo peor, como ya no duele, ya no sentimos que necesitamos compartir y compartirnos, no en migajas ni en actos programados, sino en totalidad de vida para ser navidad compartida, encarnación real, misterio de amor.

Ojalá al dejarnos contemplar por Dios encarnado sintamos una punzada de dolor que nos lleve hacia una experiencia de amor. Ojalá estos días, en la contemplación de quien es salvación, niño y pobre, volvamos a sentir fuerza para amar que es comprender, esperar, respetar, escuchar y creer… Ojalá, volvamos a sentir cómo Dios nos abraza sin preguntas y sin condiciones. Ojalá entendamos que la vida es abrazo y no mercado; esperanza y no prestigio; perdón y no rencor. Ojalá descubramos que es posible ser feliz porque sabemos lo que es el amor y el dolor. Y el amor que duele da calidad a la vida.

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