La figura del animador comunitario desde los iconos del samaritano y la samaritana

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Los samaritanos entre los judíos
Los samaritanos han tenido siempre su propia identidad, distinta de los otros pueblos de su contexto. Reconocen a Yahveh como único Dios, a Moisés como único profeta por excelencia, se rigen por la Torah y el texto del Memar Margah, que es la fuente más antigua de la tradición samaritana y usan el Código de Hillukh para la aplicación de la Torah a la vida social; para ellos su lugar santo y casa de Dios es el Monte Garizim. No reconocen a los profetas, ni la tradición del Talmud.

Para los judíos el pueblo samaritano era la imagen del distinto y del distante y también del extranjero, del pagano, del despreciado, del extraño. Entre judíos y samaritanos se cebaba el odio mutuo (cf. Sir 50,25-26). Jesús rompe esas barreras. ¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mí que soy una samaritana? (Jn 4,9). En una discusión polémica de los judíos con Jesús ¿No decimos con razón que eres un samaritano y que tienes demonio? (Jn 8,48). Jesús se defiende sólo de no tener demonio, ya que no considera como insulto ni ataque el ser samaritano. Jesús, evidentemente, no participa de este sentimiento xenófobo contra los samaritanos. Uno de los diez leprosos curados se volvió glorificando a Dios en alta voz y postrándose rostro por tierra a los pies de Jesús, le daba gracias y éste era un samaritano… No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero? (Lc 17,16). También se refleja la mala disposición de los samaritanos respecto de los judíos: “Los samaritanos no reciben a Jesús y a los Apóstoles… porque tenían intención de ir a Jerusalén… ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo y los consuman? Jesús les reprendió” (cf. Lc 9,53-56).
Jesús destruye las fronteras que el narcisismo judío había construido: es amigo de samaritanos, de pecadores, de ciegos, cojos… y defiende a la adúltera.
El carecer de barreras en el trato y consideración de las personas es un primer paso para una vida personal y comunitaria con sentido. Los iconos del «buen samaritano» y de la «samaritana», son símbolo del amor a Dios y al prójimo. La acción benéfica y salvadora del buen samaritano se completa desde el diálogo de la samaritana con Cristo que la convierte y la hace misionera.

La actitud de Jesús con los distintos y distantes
Jesús tiene una actitud y diálogo de acortar distancias, aun con peligro de impopularidad y de graves acusaciones de endemoniado. Deja claro que un samaritano ha sido el verdadero prójimo que ha atendido al «medio muerto». Que sólo un leproso sobre los diez curados manifiesta su agradecimiento y “éste es un samaritano”. También, que la samaritana ha sido capaz de entablar un diálogo que convierte su vida y la hace predicadora de su mensaje, ya que “muchos samaritanos creen en Jesús por las palabras de la samaritana” (Jn 8,48).
La actitud de proximidad de Jesús respecto de los samaritanos, de los distintos y distantes, cundió positivamente entre los Apóstoles ya que, según Hechos 8,25. “Pedro y Juan, después de haber dado testimonio y haber predicado la palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén, evangelizando muchos pueblos samaritanos”.
De ahí se deduce el paradigma del animador/a comunitario y de la animación comunitaria por parte de todos los componentes de la comunidad.

¿Tenemos extranjeros?
Extranjero es todo aquel que nos es extraño, que está fuera de nuestra órbita de atención e interés. En las comunidades puede que haya personas que se sientan extranjeras o extrañas. Fácilmente se dan cruces de justificaciones o de acusaciones. Por un lado, el “extranjero” puede aducir que la comunidad o la institución le desconsidera, le margina o le ningunea; por otra, la comunidad y la institución puede argüir que la persona no llega a integrarse. Ni por una parte ni por otra, se trata de buscar quién tiene la razón, antes al contrario, tratar de armonizar estas diferencias. Ninguna de las dos partes debe tratar de inhibirse de un esfuerzo de mutuo acercamiento.
También tenemos extranjeros “extra muros” comunitarios e institucionales. Vale la pena escucharles. Somos conscientes de cuánto se ha beneficiado la Iglesia de la crítica de los filósofos de la sospecha, Marx, Freud y Nietzsche y de cómo han ayudado a beneficiarla y purificarla, a pesar de ser ateos. Alguien les ha denominado “Padres de la Iglesia extra muros”. La Iglesia se ha beneficiado escuchando “a los otros”, aunque sean totalmente otros. Jesús nos presenta un modelo a partir de extraños y extranjeros. El sabio, según el Talmud, es la persona que es capaz de aprender de todos. En este caso, para mostrarnos cuál es el mandamiento principal de la Ley no nos presenta ni a un magistrado, ni a un sacerdote, ni a un escriba, sino a extranjeros que, en el caso del samaritano, carecía de simpatías y el medio muerto era un desconocido.
Jesús, aun con el riesgo de ser desconsiderado, se acerca a ellos e incluso nos los propone como modelos a imitar.

La animación comunitaria desde una actitud de cercanía interpersonal
Existe el deseo de igualdad entre todas las personas. Pero la realidad es otra. Los humanos sentimos la tendencia a hacer acepción de personas. Se da el caso que, de por sí, hay personas más influyentes que otras. Unas personas parecen requerirnos mayor atención y otras nos son acaso más o menos olvidadas. Consecuencia de un natural egocentrismo, hay personas por las que nos sentimos más protegidos y secundados, y acaso otras, por las que nos sentimos menos atraídos, sea por su menor utilidad o porque su talante no nos suscita simpatía o porque su espíritu crítico contrasta con nuestra forma de pensar.
La mejor animación comunitaria parte de la mejor relación con todos. La solución está en la pedagogía de la proximidad con todas las personas. Se requerirá apertura a todos por la palabra, por el diálogo y por la cercanía, en una palabra por la cordialidad.
De la parábola del buen samaritano deducimos que quien requiere mayor atención es el más necesitado. Mientras el sacerdote y el levita pasan de largo, el “buen samaritano” ha olvidado acaso otras obligaciones o sus preferencias para atender a este necesitado; ha cambiado de plan. Le da su tiempo con amplitud y le procura los medios necesarios. Tampoco le dedica todo el tiempo en detrimento de otras obligaciones, pero le deja en buenas manos, sin desentenderse de él.
También necesitadas pueden ser nuestras comunidades, nuestras instituciones y nuestras Congregaciones religiosas. Quizás algunas comunidades, como tales, den la impresión de poco vivas o de “medio muertas” por falta de vitalidad y viviendo la inercia que les condiciona la edad dominante…. Como el “buen samaritano”, habrá que tomar conciencia de atender estas situaciones. Dios nos llama a superarlas. Tenemos seglares que están dispuestos a secundarnos como “buenos mesoneros” e incluso como “buenos samaritanos”.

¿Quién es el animador? ¿El superior o la comunidad?
Ciertamente ambos, a la vez. Ni sólo el superior sin la comunidad, ni la sola comunidad sin el superior. El superior no existe sin la comunidad, ni la comunidad sin el superior. Ambos crean un clima que, de por sí, es ya acompañamiento. Acompañamiento no es sólo lo que se hace por el otro, sino sobre todo el clima desde el cual se vive y se actúa.
Por lo que la parábola del “buen samaritano”, que simboliza la acción, se complementa con la apertura a Jesús que realizó “la samaritana”. La comunidad religiosa es la comunidad de Jesús, en la que se actúa desde la experiencia de Jesús. Todos sus componentes participan de la misma fe, del mismo carisma y todos responden a una misma vocación.
La diversidad de personas participa de un mismo clima. Oran juntos, participan del mismo Evangelio, siguen las huellas del mismo Fundador/a y así constituyen una unidad de comunión eclesial para la misión. La oración les une y les convierte.
Todos son miembros de un mismo cuerpo y por ello todos solidarios. El superior anima la solidaridad comunitaria y todos la propician, tratando de tener «comunidades significativas»: “La construcción de comunidades fraternas constituye uno de los compromisos fundamentales de la vida consagrada; a ello están llamados a dedicarse los miembros de la comunidad, movidos por el mismo amor que el Señor ha derramado en sus corazones. Porque, en efecto la vida fraterna en comunidad es un elemento constitutivo de la vida religiosa y signo elocuente de los efectos humanizadores de la presencia del Reino… no se dan comunidades significativas sin amor fraterno”1.
La comunidad tiene que tener una alma colectiva, aun teniendo en cuenta la diversidad de personas, con la diversidad de miras y de comprensión, tanto de la realidad que se vive como de los objetivos que se pretenden, de los cuales pueden darse percepciones distintas y aún divergentes. La comunidad hoy agrupa diversos contextos culturales, además de la diversidad psicológica de las personas. Todo ello, lejos de condicionar distanciamiento e individualismos, tendría que constituir una riqueza colectiva. A partir de esta diversidad se desarrollará el proceso de misión colectiva, que se irá descubriendo día a día, como consecuencia del discernimiento comunitario.

A partir de la realidad de nuestras comunidades de hoy…
A nadie escapa la realidad de nuestras comunidades. La escasez de jóvenes y de nuevas vocaciones, por una parte, y, por otra, el envejecimiento progresivo. Ello ocasiona una reducción de efectivos y, por ende, una desaceleración en el dinamismo misionero institucional.
Hace unos años se hablaba de diferencias generacionales; hoy, casi este aspecto se ha diluido. En numerosas comunidades abundan religiosos jubilados situados tranquilamente en su observancia religiosa. Numerosos seglares están situados en las responsabilidades congregacionales ocupando el puesto que siempre habían ocupado los religiosos.
El centro de gravedad o punto arquimédico institucional se sitúa en los seglares, a los cuales se les informa y forma en el espíritu y carisma de la Congregación. Ello constituye un test o reto para las comunidades actuales cara el futuro. Las comunidades e instituciones religiosas deben morir a una manera de ser para resucitar de otra manera nueva. Siempre con la intención de hacer sobrevivir el carisma con la correspondiente misión.
El modelo o paradigma anterior parece ya agotado. Parece que Cristo nos dice que “hay que nacer de nuevo”.
Tanto al superior como a la comunidad les incumben una responsabilidad al respecto. Ni el superior ni la comunidad pueden contentarse con asistir a una agonía institucional, por caritativa que sea. Deben proponerse dar descendencia y continuidad al carisma que pertenece a toda la Iglesia.
Así las cosas, la comunidad no puede tratar de morir plácidamente, sino de dar vitalidad a partir de las cenizas que están en nuestro rescoldo.

Desde una situación compleja
Cada vez más nuestras Comunidades podrían estar infradotadas de energías ocasionando un proceso de ralentización en el ejercicio de la misión.
Si hacemos un cuadro estadístico de nuestras comunidades siguiendo el esquema de Jung, que considera que hasta los 40 años es una fase de realización de las personas, de 40 a 65 de realismo y a partir de los 65 años de reduccionismo y de desplazamiento institucional, ¿cuántos podemos colocar en cada una de las capas de edades? Lo más probable es que la etapa más numerosa sea la tercera y la menos la primera. De ahí se sigue que es necesaria y urgente una animación creativa, audaz y arriesgada.
Nos corresponde seguir siendo los religiosos/as que definió Pablo VI en Evangelii Nuntiandi” en 1975: “Gracias a su consagración religiosa, los religiosos son, por excelencia voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos. Se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su santidad y su propia vida, Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo”2.
Más que nunca corresponde a los religiosos “ser testimonio del compromiso gozoso al tiempo de laborioso, de la búsqueda asidua de la voluntad divina, y por ello elige utilizar todos los medios disponibles que le ayuden a conocerla y la sostengan en llevarla a cabo”3. La animación comunitaria tendrá que seguir este recorrido. Se tratará de escuchar filialmente a Dios, tanto personal como comunitariamente.

Ante esta situación
Tanto el superior como la comunidad deben vivir y actuar al unísono hacia los mismos objetivos de futuro y conjuntando los esfuerzos en el presente.
Ante todo corresponde ser una comunidad testimonial, «significativa» por el amor fraterno: “En esto conocerán que sois mis discípulos…”, en la cual no sólo se ponen en común los bienes materiales y las capacidades y cualidades personales, sino también las espirituales; comunidades en las que se comparte la Palabra de Dios.
Ante estas perspectivas será función importante de la autoridad4:
– Promover la espiritualidad al servicio del Espíritu, animando la razón de ser de la vida consagrada.
– Garantizar el tiempo y la calidad de la oración comunitaria que los mantendrá unidos al Señor.
– Promover la dignidad de la persona y su crecimiento. Tender hacia una «comunión»; que ni se confunda con imposición ni abdicación de la autoridad.
– Infundir ánimos ante las dificultades creyendo que forman parte del camino del Reino de Dios.
– Mantener vivo el carisma institucional: conocerlo, custodiarlo, mantenerlo vivo y actualizarlo.
– Vitalizar el “sentire cum Ecclesia”, con sentido de fe y de comunión eclesial. Las enseñanzas de los Fundadores/as pueden reforzar este aspecto.
– Acompañar el camino de formación permanente para el normal crecimiento de la persona. Además de los programas al respecto, forma parte de la formación permanente el dejarse formar por la vida, por las dificultades, por la corrección fraterna, por la capacidad de bajar del propio caballo de seguridad, etc.

La vivencia comunitaria
Toda comunidad religiosa está constituida por personas que viven una «vocación», una «con-vocación»5 con los otros de la comunidad y añadiría una «pro-vocación evangélica», tanto a partir de sí mismos, como de los otros y de los signos de los tiempos discernidos con clave evangélica.
La comunidad tendrá que vivirse en un clima de fraternidad. Es básico para que las personas se abran las unas a las otras, para que se pueda instaurar el diálogo y un fecundo intercambio de opiniones y de pareceres. Para que dentro de un clima de mutua confianza surja la participación de todos en los asuntos comunes. Si el clima es un factor importante en la naturaleza, no lo es menos en una vida comunitaria. Un buen clima facilita la espiritualidad y la misión, al par que ayuda a superar satisfactoriamente las dificultades. Bien sabemos el valor de conversión que tienen las buenas relaciones; y, al contrario, cómo el mal de todo tipo (físico, psicológico y moral) procede, en gran parte, del fracaso de las relaciones interpersonales. El clima enrarecido no sólo dificulta la mutua relación, sino también la comprensión de los mensajes, en cuyo caso se perciben tergiversados al pasar por el filtro de los prejuicios personales y/o colectivos. Al contrario, en un buen clima comunitario la persona se siente aupada
Este contexto pide que “la escucha sea uno de los ministerios principales del superior, para el que siempre debiera estar disponible, sobre todo con quien se siente aislado y necesitado de atención”6. Pero, el ministerio de la escucha compete a toda la comunidad. Escuchar qué y a quién. Sin duda que se trata de escuchar al Señor que nos habla por diversas mediaciones discernidas a la luz de la Palabra de Dios. De esta manera, escuchamos a Dios y desde ahí a nuestros hermanos.
En unos tiempos cambiantes como los actuales el «proceso de discernimiento», o sea, el «instinto de discernimiento» se hace indispensable. Nacemos a nuevos tiempos y habrá que saber acertar en su andadura. Todos llamados a Consejo, decía San Benito. Y en el ejercicio de este discernimiento todos debiéramos utilizar la misma clave: la búsqueda de la Voluntad de Dios.
En tiempos anteriores todo estaba hecho, los caminos trazados y había que administrar una herencia rica y experimentada; hoy todo está por hacer, ya que lo anterior debe pasar por el filtro del discernimiento y una cierta visión de futuro, fruto de la escucha de nuestro mundo a la luz de la Palabra de Dios.

La vida religiosa en su misión de buen samaritano
La misión de Jesús fue anticipadamente definida en Isaías 61,1-3: “El Espíritu está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahveh… para consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido”. Este mismo texto define a Jesús en Lc 4,18-19 y 7,22.
Esta misma definición de Jesús debiera ser la definición de sus seguidores, sobre todo de quienes han consagrado su vida siguiendo una vocación misionera.
El carisma de las Congregaciones religiosas representa el acicate para seguir la misión salvadora de Jesús. El buen samaritano vendó heridas y se preocupó de un transeúnte malherido.
Hoy no debieran los religiosos pasar de largo ante los necesitados, por sernos «extraños»… Son nuestros prójimos. Si somos solícitos sólo con nuestros «semejantes» es cierto que nos buscamos a nosotros mismos y nos contentamos nosotros mismos, ya tenemos nuestra recompensa; “si amáis a los que os aman… si hacéis bien a los que os lo hacen ¿qué mérito tenéis? (Lc 6,33-34); pero si somos sensibles al «samaritano» encontraremos a nuestros «prójimos».
Encarnar el «buen samaritano» nos exigirá remodelar nuestras obras que, lejos de buscar los halagadores encantos de la fama7 y del prestigio, nos permita dedicarnos a encontrar a tantos «medio muertos» de nuestra sociedad. De hecho, ya hay religiosos y religiosas muy sensibles y plenamente consagrados a estos necesitados. Pero, quizá se requeriría que no fueran sólo unas personas testimoniales, sino además instituciones testimoniales.
Pero, a decir verdad, ¿tiene el cuerpo institucional religioso suficiente capacidad para enfrentar el futuro? La edad del «reduccionismo», según Jung, parece ser mayoritaria, y aún constituyendo un valioso «referente institucional», quizás no puede tener la energía suficiente para diseñar y encaminar un futuro… ¿Puede la vida religiosa institucional ejercer de «buen samaritano» ante las situaciones actuales? Seguramente, no por sí misma. Pero puede servirse de los seglares para que, aplicando el carisma de los Fundadores/as se perpetúen sus intuiciones carismáticas.
“El encuentro y colaboración entre religiosos, religiosas y fieles seglares en particular, aparece como un ejemplo de comunión eclesial y, al mismo tiempo, potencia las energías apostólicas para la evangelización del mundo… puede convertirse en un fecundo intercambio de dones entre los fieles seglares y las comunidades religiosas… Sin embargo, para conseguir este objetivo, es necesario tener: comunidades religiosas con clara identidad carismática, asimilada y vivida, es decir, capaces de transmitirla también a los demás con disponibilidad para el compartir; comunidades religiosas con una intensa espiritualidad y un gran entusiasmo misionero para comunicar el mismo espíritu y el mismo empuje evangelizador; comunidades religiosas que sepan animar y estimular a los seglares a compartir el carisma del propio instituto, según su índole secular y su diverso estilo de vida, invitándolos a descubrir nuevas formas de actualizar el mismo carisma y misión. Así la comunidad puede convertirse en un centro de irradiación, de fuerza espiritual, de animación, de fraternidad que crea fraternidad, y de comunicación y colaboración eclesial, donde las diversas aportaciones contribuyen a construir el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La colaboración más estrecha debe desarrollarse, naturalmente, respetando las respectivas vocaciones y los diversos estilos de vida propios de los religiosos y de los seglares”8.

Conclusión
La actual situación de «Iglesia de diáspora» que estamos viviendo nos hace cambiar determinados paradigmas que eran propios de una «Iglesia de cristiandad».
Por una parte, desde la actitud contemplativa y dialogante de la «samaritana» nos corresponderá ser los «buenos samaritanos» prestando atención a situaciones de estructuras que se desvanecen y de personas que se sienten afectadas por el tsunami de las olas postmodernas e hipermodernas. De ahí habrá que partir con la seguridad de que estaremos en buena ruta, aunque los frutos no estén a corto alcance. Intuiremos nuevas posibilidades a las cuales habrá que prestar atención.
Una actitud de discipulado nos es necesaria. Con ella y por ella habrá que aprender de lo distinto y de lo distante (como lo era el «medio muerto» que auxilió el buen samaritano), que progresivamente pueden modificar nuestros propios esquemas y alinearnos en los esquemas de futuro desde, con y para el Evangelio. De ahí arrancaría y debiera cristalizar nuestro testimonio personal, comunitario e institucional. Tarea no fácil para una animación comunitaria e institucional.
El hecho que, de una manera normal y asumida, se hayan multiplicado los Capítulos, sesiones de estudio en diferentes Comisiones, de seguimiento y evaluación continuada de la aplicación de resoluciones, ello significa muy bien que la animación es tarea de todos. El superior la promueve, hace discernir sus sucesivos pasos y hace llegar a conclusiones o propuestas de aplicación concreta.
Tenemos un reto importante cara el futuro. ¿Cómo será el futuro? Me imagino que a comienzos del siglo XX nadie podía imaginarse lo que son hoy nuestras ciudades, lo que nos ha aportado la electricidad, los medios de transporte, los medios de comunicación por Internet, etc, etc… A lo más, lo más normal es imaginarse el futuro como una continuidad del pasado, pero con mayor perfección. Y la realidad nos ha deparado un futuro completamente distinto del pasado en tantos aspectos. Si la población urbana ocupaba sólo el 7% y la población agraria el 93%, hoy se ha más que invertido este porcentaje. Lo que no cambia y nos queda todavía por asumir en gran parte, es el precepto del amor fraterno y las enseñanzas del Evangelio. Seguir por este camino es andar sobre seguro, sean cuales fueren los cambios estructurales e institucionales.
Los superiores, las Comisiones y centros de estudio y planificación, pueden dar orientaciones, pero éstas no serán eficaces si no son asumidas por la base. La fuerza y energía de futuro tiene que venir de todos. Por tanto, una labor importante de la animación institucional y comunitaria será involucrar a todos en esta tarea de hacer nacer la nueva época, respondiendo a las llamadas que Dios nos hace por medio de los «signos de los tiempos».
Finalmente cabe tener en cuenta que “En la vida consagrada, cada uno debe buscar con sinceridad la voluntad del Padre, porque, de otra forma, perdería sentido este género de vida. Pero, es de gran importancia que esa búsqueda se haga en unión con todos los hermanos y hermanas; esto es justamente lo que une y hace familia unida a Cristo. La autoridad está al servicio de esta búsqueda, para que se lleve a cabo en sinceridad y verdad”9.

1 CIVCSVA, “El servicio de la autoridad y la obediencia” 2008, n. 16.
2 PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 69.
3 CIVCSVA, Instrucción “El servicio de la autoridad y la obediencia”, 2008, 1.
4Cfr. CIVCSVA, El servicio de la autoridad y la obediencia (2008), 13.
5 CIVCSVA, La vida fraterna en comunidad (1994), 44: “El religioso no es sólo un «llamado» con una vocación individual, sino que es un «con-vocado», un llamado junto a otros con los cuales «comparte» la existencia cotidiana”.
6 CIVCSVA, El servicio de la autoridad y la obediencia (2008), 20ª.
7 Citado por San Bernardo en Sermones diversos 42,3, BAC 497, Madrid 1988, VI, 317.
8 CIVCSVA, La vida fraterna en comunidad (1994), 70.
9 CIVCSVA, El servicio de la autoridad y la obediencia, nº 12.