ISIDORO ANGUITA, OCSO: «LA VITALIDAD NO ESTÁ EN EL NÚMERO»

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Acercarse al Monasterio de Santa María de Huerta es contemplar siglos de historia, arte y silencio. En él, una veintena de monjes trabajan, oran y acogen a las personas que se acercan para compartir con ellos una experiencia de silencio y oración.

El Abad del Monasterio, Isidoro Anguita, ofrece en Vida Religiosa normalidad, sentido común y, sobre todo, la sabiduría que nace de la contemplación. Llegó allí por casualidad y percibió que era su sitio. Hoy, años más tarde, sigue afirmando que la vida consagrada tiene sentido y es dadora de sentido, que no le preocupan los números sino la vida y que la poda que estamos viviendo es una oportunidad preciosa para repensar la herencia recibida.

Casi es obligado preguntarle cómo ve un monje este momento –en general– de nuestra historia. ¿Ve signos de esperanza?

No cabe duda que la mucha información de la que disponemos –también en un monasterio– nos puede generar cierta desazón al contemplar la crisis social, política, económica y religiosa. Pero a un monje le sostiene la confianza de saber que Dios siempre está ahí. Que todo encierra un sentido salvífico. Que incluso las cosas más abominables como la traición de Judas son reprobables, pero ocupan su lugar en la Historia de Salvación.

Ese caminar confiado de hijo nos permite mirar el futuro con esperanza. Ahí radica nuestra esperanza y no en el poder de nuestro brazo ni en la fortaleza de nuestras instituciones. El Espíritu de Dios aletea por todas partes y cuando se escarba en el corazón humano observamos que en él sigue habitando la bondad y Dios no nos deja de su mano.

Si le pregunto por la vida consagrada, su diagnóstico es…

Numéricamente malo, envejecido, replegándose y con cierto desánimo, al menos si nos fijamos en nuestro país y en buena parte del mundo. Hay muchas razones externas e internas que lo pueden explicar, pero eso no me inquieta. La vida religiosa no está para ocupar un lugar amplio en la sociedad, sino para ser fermento en la masa, reflejo del amor y de la gratuidad de Dios, que pueda iluminar el camino de otros. Es precisamente en el momento de la prueba donde debemos ser luz para todos aquellos que tengan que pasar por ella. Es fácil predicar cuando las cosas van bien, pero solo se es testigo cuando se afrontan los momentos difíciles de forma confiada. Esto es lo único que nos debe preocupar verdaderamente. Y la vida religiosa hoy tiene esa oportunidad y la vive con confianza.

El Señor pide trabajadores para su mies no para que llenen su campo, sino para que trabajen en su campo, y eso siempre lo podremos hacer. Y si somos pocos, más oportunidad tendremos de hacerlo. Creo en el don de la vida consagrada para la Iglesia y para el mundo.

¿Qué pasos concretos cree que tenemos que dar los consagrados para salir de la situación en la que nos encontramos?

Cambiar la mirada. ¿Qué es lo que nos preocupa? Si lo que nos preocupa es el número, quizá tengamos que hacer una campaña publicitaria prometiendo el último iPad. Bromas aparte, creo que tenemos que cambiar la mirada. El mismo Jesús fue tentado y no dejó su misión por ello (El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?).

Lo único que nos debe preocupar es vivir nuestra vida consagrada desde Dios, abriendo el oído del corazón a Dios que nos habla en la Escritura, en la oración, en la humanidad sufriente, en las injusticias, en los acontecimientos, en la necesidad que tienen de Él –aún sin saberlo– los que se han alejado de la fe, escandalizados a veces por los mismos que nos llamamos discípulos suyos.

A nosotros nos toca trabajar, no recoger los frutos. Si los consagrados somos hombres y mujeres de oración y de fe, si cultivamos una sincera fraternidad, si nos mostramos libres del dinero, del poder, de la imagen, de nuestro ego y de todo lo que nos puede esclavizar, si se nos ve sensibles al dolor del prójimo y trabajamos en su favor, estaremos haciendo lo que tenemos que hacer, sin mayor preocupación.

También, es verdad, debemos presentar nuestro carisma con alegría y gozo, con belleza y audacia, con un sano orgullo de lo que hemos recibido, no lamentándonos por haber tenido que renunciar a tantas cosas sin darnos cuenta que somos unos privilegiados.

El carisma religioso brota del amor, y el amor se transmite al traslucirse en el rostro y en la vida. Solo si hay vida en nosotros cautivaremos a pesar de las muchas dificultades con las que hoy nos encontramos. Esto es más eficaz que transformarnos en youtubers, aunque no tengamos tantos seguidores. Pero ojo, también hay que estar presentes en los medios donde “habitan” los jóvenes.

Su misión como Abad de la comunidad es el acompañamiento, cuidado y crecimiento de cada hermano. ¿Son tiempos fáciles para el acompañamiento? ¿Nos dejamos acompañar? ¿Es una prioridad en el crecimiento personal?

Ciertamente que el acompañamiento es muy importante en el camino de cualquiera que desee vivir en la verdad. La facilidad que tenemos para auto engañarnos es proverbial. Por eso necesitamos a alguien con quien poder contrastar para tener más luz y poder ver las cosas que debemos trabajar y dilucidar lo que Dios nos puede estar pidiendo. Creo que ese es uno de los aspectos más deficitarios en la vida religiosa actual. Muchos superiores han perdido el rol de animadores espirituales de sus comunidades, pues resulta difícil, exige una coherencia de vida y supone mucho trabajo. Además, tras la primera etapa de la vida religiosa, muchos dejan ese acompañamiento. En el fondo el acompañamiento no es más que animar a los hermanos a que se abran a la gracia, al Espíritu del Señor que es quien verdaderamente nos muestra el camino.

Más allá de la libertad que todos los religiosos tienen para abrir su vida interior a uno u otro acompañante, los superiores debemos asumir el liderazgo espiritual en nuestras comunidades, animándolas en el seguimiento de Jesús y en la vivencia del carisma, estando cerca de todos y cada uno de los hermanos para poder escucharlos y sostenerlos o animarlos cuando sea necesario. Verdaderamente es un aspecto muy importante que debiéramos tener más en cuenta para no perder la dimensión esencialmente carismática de nuestra vida.

La vitalidad de una institución no depende de su número, pero sin duda afecta. ¿Nuestras instituciones están dando pasos significativos para hacernos a este “cambio de época”?

A este respecto hay una imagen que siempre me ha ayudado. ¿Qué tiene más vida, una hormiga o un elefante? La vitalidad no está en el tamaño ni en el número. Ahora vivimos en la época en que vivimos y hemos de afrontar lo que nos toca vivir. Lo importante es que tengamos vida, aunque seamos pequeños. Los dinosaurios desaparecieron cuando el clima se volvió adverso, pero la vida siguió. En la adversidad suelen permanecer por ley natural las estructuras más pequeñas, agigantándose solo cuando las condiciones son muy propicias. Ahora vemos cómo mueren algunos dinosaurios en nuestras instituciones que nos daban seguridad. No pasa nada. Lo importante es que busquemos tener vida en nosotros y nuestra alegría la haga contagiosa. La luz sigue estando aunque no se la mire. Lo importante es que no deje de lucir, pues si la sal se vuelve sosa…, eso sí que sería dramático.

Tampoco me preocupa demasiado la adaptación al cambio de época porque no es una cosa que se elabore en los despachos. Hay cosas que se realizan de forma natural por cambio generacional y porque la realidad termina por imponerse. La forma de vivir los religiosos y los valores a los que damos más importancia ha cambiado muchísimo, como ha cambiado nuestra época. Ha cambiado y seguirá cambiando, no nos quepa la menor duda. El reto es que en ese cambio no nos obsesionemos ni nos afanemos tratando de embellecer el cascarón, lo que denotaría mayor preocupación por ser aceptados que por transmitir la vida. Por eso insisto en que si hay vida en nosotros, si tenemos al Señor Jesús en el centro de nuestras vidas y de nuestras comunidades, si estamos enamorados de nuestros carismas, entonces tendremos la actitud del sabio que sabe mantener lo esencial y transmitirlo en cualquier circunstancia que le toque vivir.

Mayor problema es que el escaso relevo hace que muchas comunidades se incapaciten para transmitir hoy lo que recibieron en su día, pues viven en el ayer. La no entrada de savia nueva dificulta el proceso, pero no lo anula.

¿Dónde sitúa la misión de una comunidad monástica para el siglo XXI?

Lo peculiar de la vida monástica está en su ser, no en lo que hace. Siempre ha sido así, por eso se ha expresado de formas muy diversas a lo largo de la historia sin grandes dificultades. La vida monástica es una llamada a adentrarse en el propio ser y descubrir ahí su unidad, esto es, la presencia de Dios que todo lo abarca y el amor universal que contempla al hombre en lo que es. El ser no divide, pero nuestras obras, nuestras peculiaridades y nuestras opciones sí que nos pueden dividir. Si la comunidad monástica vive la unidad desde lo esencial, se transforma en lugar de encuentro de todos, incluso de las tradiciones religiosas más diversas, pues todos los radios de la rueda se encuentran en su eje. Pero no es fácil, porque exige la transformación del propio corazón y el desprendimiento de las ataduras del propio ego, y no siempre estamos dispuestos a hacer el camino. Pero cuando eso se da, la fraternidad brota bellamente, siendo faro para la vida de otros, a pesar de las limitaciones que siempre nos acompañan.

¿Se propone alguna iniciativa para favorecer el encuentro de las personas de nuestro tiempo con la transcendencia?

La vida monástica tiene sentido en sí misma al vivir desde la oración en la presencia de Dios, trayendo ahí toda la realidad humana.

Sé que eso no siempre es entendido, pues vivimos en una sociedad que prima la eficacia y los sentidos. El problema es que así como para contemplar los colores necesitamos absolutamente el sentido de la vista, así para acceder a las realidades espirituales necesitamos ineludiblemente el sentido espiritual, que se agudiza cuando se silencian los demás sentidos. Paradójicamente se despierta cuando menos ruido hacemos.

Una vez, tras estar hablando más de una hora sobre la oración silenciosa, uno me dijo: “Nunca hubiera pensado que se pudiera hablar tanto sobre el silencio”. Me eché a reír y valoré la verdad que encerraba lo que me decía. Por eso lo mejor que podemos hacer las comunidades monásticas es vivir el carisma recibido y facilitar el que otros puedan participar de él con nosotros. El “ven y verás” es lo más eficaz en algo que requiere una experiencia personal como es el acercarse a la transcendencia de Dios en el silencio orante.

Nosotros facilitamos esa oportunidad con nuestras hospederías, la participación en la oración comunitaria, los cursillos de vida monástica y oración que realizamos e, incluso, la oportunidad de compartir con nosotros la vida en determinados casos aunque no se tenga vocación para monje.

¿Cómo traduce una comunidad contemplativa como la suya aquello de «operación salida», «desplazamiento a las fronteras» y «hospital de campaña», por ejemplo?

Esas expresiones con las que nos anima tanto el papa Francisco nos interpelan. Todos debemos vivirlas –también los monjes– pero sin perder nuestra identidad, como sería un absurdo que en un equipo de fútbol los defensas quisieran hacer de delanteros o el delantero centro de portero. Todos estamos en un mismo proyecto evangelizador, optando especialmente por los alejados, los que sufren y los más pobres.

La crisis eclesial en que nos encontramos ya nos está preparando el camino, pues nos hace vivir en hospitales de campaña al ir minando nuestras grandes y protectoras estructuras. Eso nos permite vivir desde la sencillez, lo que a su vez nos puede acercar más a los que están a ras de suelo, compartiendo sus peligros y debilidades. Igualmente sucede cuando se vacían las iglesias, lo que invita a salir y anunciar el evangelio si no queremos quedar petrificados. No olvidemos que gracias a la primera persecución, los cristianos de las primeras comunidades tuvieron que salir de sus casas y llevaron con ellos la buena noticia. Es muy bueno lo que nos está sucediendo si vivimos ese despojo como algo providencial que nos aligera el equipaje y no optamos por vivirlo como el que ha sido expoliado y añora recuperar lo perdido.

Para salir no hay que irse muy lejos, sino abrir los ojos. No es imprescindible salir del propio país, aunque también haya que hacerlo. Es mucho más importante salir de nuestro cascarón, olvidarnos de nosotros mismos y mirar a los ojos de Dios y de los que se acercan a nosotros. En ese sentido yo repito con frecuencia a mi comunidad que ante todo debemos estar muy atentos a los que pasan junto a nosotros y llaman a nuestra puerta.

Por otro lado, debemos quitarnos los complejos y proponer el carisma recibido, no tanto para incrementar nuestros noviciados cuanto para hacer partícipes a otros de lo que nosotros hemos recibido. Los dones del Espíritu son para todos. Sería triste que algunos se quedaran sin participar de ellos porque nadie se los ha anunciado. Cuando nuestro anuncio está movido por ese celo evangelizador no nos importa tanto el éxito numérico cuanto que el Reino de Dios llegue a todos los oídos. Y si experimentamos el rechazo, entonces es el momento de anunciar con más ahínco. Que un día alguno no nos tenga que decir que teníamos un tesoro y no se lo dimos a conocer.

Afirman los sociólogos que los jóvenes no perciben que los consagrados estemos dando la vida por ellos, no nos la jugamos para que tengan futuro… Convénzanos de que no es así. ¿Qué puede hacer la vida consagrada por la juventud?

Quien tiene vida, la da. Quien da la vida la da a todo el que llega, sea joven o anciano. Quien tiene fuego en su interior se quema por necesidad y quema al que se le acerca. Cualquier actividad que hagamos dependerá de la vida que tengamos y el calor de nuestro deseo. Cada uno da lo que tiene. Creo que esto es lo principal y de ahí surgirán las demás cosas. Todo lo que hagamos en favor de los demás estará bien, pero nunca podremos llegar a todos los sitios ni solucionar todos los problemas, ni hay por qué hacerlo. Lo que más cautiva no es lo que se hace, sino intuir la fuerza que empuja al que lo hace. Como el cuento de aquel peregrino que encontró un diamante de gran valor y al pedírselo otro caminante que le acompañaba, no dudó en regalárselo. Al día siguiente este segundo volvió en busca del primero para devolverle el diamante y pedirle algo de más valor: aquello que le permitió darle la piedra preciosa. Cuando el fuego del amor arde en nosotros, somos capaces de dar la vida, porque el amor impulsa a ello. Pero, ¿cómo es nuestro amor y nuestra vida?