sábado, 24 febrero, 2024

¿Reforma dogmática?

“Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio… El concilio Vaticano II explicó que ‘hay un orden o <jerarquía> en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana’ (Unitatis redintegratio, 11). Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral” (Francisco, ‘Evangelii gaudium’, 36). Si no fueran palabras del papa Francisco, no estoy seguro de que yo me hubiera atrevido a escribir algo semejante. Son palabras tan osadas, a la vez que realistas y necesarias, que dichas por el papa adquieren una significación y un calado notables. Francisco, con la libertad de espíritu que le caracteriza, retoma el viejo tema de la ‘jerarquía dogmática’, de las diferencias de peso específico en las verdades asumidas por la Iglesia. Y se apoya en la emblemática cita del Decreto conciliar sobre el ecumenismo: no todo “vale igual”, no todo tiene la misma densidad; existen “verdades” axiales, nodales; y existen “verdades” accesorias, incluso fruto de contextos culturales efímeros. Y eso se aplica a los dogmas, al magisterio ordinario de la Iglesia, e incluso -dice el papa- a las enseñanzas morales. Y aquí nos encontramos con un charco difícil de saltar -o de sortear- para muchos excesivamente encorsetados en las “verdades eternas”. Francisco, como buscando más apoyaturas, se vale incluso de santo Tomás de Aquino -más allá de toda sospecha- para decir, a continuación: “Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una ‘jerarquía’, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden” (EG,37). La reforma de la Iglesia, en la que está enfrascado el papa Bergoglio, “toca” también la jerarquía dogmática y moral, distingue entre “esencial y accesorio” (cfr. EG, c.III), nos recuerda la “proporcionalidad” en el anuncio del Evangelio, y resalta, obviamente, el amor y la misericordia como el núcleo innegociable e intocable de nuestra fe.

Los humanos necesitamos “textos programáticos”, grandes relatos a pesar de no estar de moda, “documentos” fijadores y legitimadores. Y es que la fragilidad de los humanos es tan grande que sin esqueletos vertebradores corremos el riesgo de la “molusculidad”: convertirnos en moluscos invertebrados. Y eso nos da pánico. Somos muy libres, incluso nos pueden gustar la anarquía, la falta de principios, de normas, de credos, pero necesitamos “depósitos” de ideas, creencias y normas: lo más intocables posible, lo más dogmáticos que podamos imaginar. Acudimos a “declaraciones”, (Derechos Humanos, por ejemplo) a “tratados, concordatos, consensos”, etc.  Barajamos un cambio de “Constitución” española, pero la tememos porque puede dejarnos desnudos de un discurso consensuado, asumido libre y democráticamente, obligatorio y “universal”. ¿Qué son las leyes más que caminos bien trazados y trillados de las que “es peligroso” salir? Las culturas más antiguas tuvieron sus “universos e idearios programáticos”, incluso sus poemas identitarios: el Libro de los Muertos, el Código de Hammurabi, la Biblia judeocristiana, el Corán, las modernas Constituciones y Declaraciones de principios… Los “dogmas” -y sus parientes- parecen imprescindibles porque nos protegen de nosotros mismos. Poseen la “veracidad” e, incluso, la “inerrancia” que nos dan seguridad. El relativismo nos hace temblar.

Sin embargo, al socaire de las palabras de Francisco, y sobre todo, desde el realismo actual y el “pluralismo asimétrico” (Torres Queiruga), no parece inoportuno que la Iglesia se replantee una renovación, al menos lingüística y didáctica, de sus grandes dogmas; que actualice la transmisión de sus  verdades fundantes; que opte por una teología más acorde a la antropología y a las filosofías actuales, poniendo en solfa la teología neo-escolástica y barroca que está a la base del ideario cristiano de la gran mayoría de los cristianos. La actualización, contextualización y “racionabilidad” de las verdades centrales de la fe, me parecen una tarea urgente si queremos “peregrinar hacia atrás”, hacia lo más germinal del Evangelio: el Jesús verdadero Dios y verdadero hombre. Y siempre sin olvidar a san Agustín: “Unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo”.

 

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