¿»PROBLEMAS QUE RESOLVER O MILAGROS QUE ABRAZAR»? Ante el pesimismo espiritual, comunitario e institucional

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Me encontré hace unos días con el Hno. Emili Turù (superior general de los Maristas). Me interesó su propuesta, que plasmaba muy bien una inquietud que desde hace tiempo me habitaba, como teólogo: ¿resolver problemas o abrazar milagros? Me ha permitido compartir sus archivos sobre el “appreciative Inquiry” (indagación desde el aprecio); leyendo y leyendo me he sentido impulsado a redactar estas páginas. En ellas, trato de imaginar cómo el “appreciative Inquiry” puede hacernos cambiar el modelo de espiritualidad personal, comunitario y de conversión institucional u organizativa. Y comienzo aludiendo a un experimento:

En 1982, investigadores de la Universidad de Wiscosin realizaron un estudio del proceso de aprendizaje. Grabaron en video el juego de dos equipos. Al equipo A le pidieron que analizaran los errores que habían cometido. Al equipo B le pidieron que analizaran sólo los aciertos. Ambos equipos jugaron de nuevo y mejoraron. Pero el equipo B duplicó su tanteo con respecto al equipo A.

El modelo del déficit

Cuando llega la noche -también en otros momentos, como en un día de Retiro o Ejercicios Espirituales.- hacemos examen de conciencia. Indagamos en todo aquello que nos pesa, que hemos hecho mal. Nos arrepentimos, pedimos perdón y prometemos ser mejores. La desazón nos viene cuando descubrimos ¡qué pocas expectativas de progreso se nos abren! También hacemos exámenes de conciencia colectivos. Nuestras organizaciones y quienes las lideran, nuestros Capítulos Generales y provinciales, suelen partir de los problemas. El análisis de la realidad nos confronta con problemas sociales, políticos, religiosos, económicos, eclesiales, congregacionales, personales… Tras esa abanico de problemas, nos detenemos en analizar sus causas. Después intentamos buscar soluciones y programar la forma de llevarlas a cabo. Lo mismo ocurre cuando se programa la misión: nos preguntamos por las deficiencias, los problemas de nuestro mundo, tratamos de diagnosticar el porqué y después ofrecemos nuestra solución y la forma de implementarla. El resultado suele ser ¡“más de lo mismo”! Es ésta la fórmula para cambiar que la tradición nos ha transmitido: indagar nuestros problemas, diagnosticarlos y encontrar soluciones. Ponemos nuestra atención en aquello que está equivocado o roto. Y como aquello que indagamos son problemas, problemas es lo que encontramos. Suponemos que está en nuestras manos arreglarlo todo y que cada problema tiene su solución. ¿No son muchos los líderes que piensan que su función consiste en resolver problemas? ¿No somos muchos los que pensamos que nuestro avance en la vida espiritual consiste en resolver nuestros problemas, en superar nuestras malas tendencias (las concupiscencias) y en evitar el pecado y hacer propósito de la enmienda? En este modelo de cambio focalizamos nuestra atención en lo deficitario. Con esto se asume que una persona en camino espiritual, una comunidad, una institución, una obra de misión es, ante todo, una realidad problemática. En cambio, a lo que no causa problemas, apenas se le presta atención.

El modelo del aprecio

Podríamos, deberíamos adoptar otra perspectiva. Recordemos la constatación de san Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20).  Y si esto es verdad, ¿no deberíamos indagar, más bien, aquello que da vida a los sistemas humanos? ¿No deberíamos preguntarnos cuáles son esas fuentes vitales en nosotros mismos, en las comunidades y en las organizaciones, en el mundo al que somos enviados? Y a partir de ahí, ¿no podríamos visualizar un futuro mejor de relaciones positivas con nosotros mismos, con los demás, en nuestras organizaciones? Se ha constatado que actuando así mejora la capacidad del sistema para colaborar y para cambiar[1]. El primer requisito para este nuevo modelo es cambiar nuestra mirada: de una mirada despreciativa –hacia lo que está o funcional mal-, a una mirada apreciativa –hacia aquello que está y funciona muy bien. Para una mirada apreciativa el yo, la comunidad, la organización son expresiones de belleza y de espíritu.  Somos –en los distintos niveles, personal, comunitario y organizacional- un todo orgánico. Esto significa que cada una de las partes de definen por el todo. No podemos pensar en una organización prescindiendo de sus piezas, en una persona prescindiendo de todo lo que la constituye. “Tanto amó Dios al cosmos que le entregó a su Hijo” (Jn 3,16), a ese mundo que Dios ha creado para que subsista, sin veneno mortal (Sab 1, 12-13). Esta mirada positiva nos llevará a hacer un examen de conciencia de aquello que funciona en nosotros, en la comunidad, en la organización, en la misión. Encontraremos una serie de constataciones que describen dónde queremos estar, cuáles son nuestros sueños, cuáles han sido nuestros momentos mejores, de dónde nos han venido las mejores energías, qué métodos o caminos nos han ayudado más.

¿Cómo cambiar de modelo? ¡Acabar con “lo que se da por supuesto”!

Hay en nosotros ciertos resortes que nos bloquean constantemente y hacen imposible el cambio. Se trata de algo, aparentemente sin importancia: “aquello que damos por supuesto” y que nunca sometemos a crítica, porque suponemos que es así. Las suposiciones tienen una función muy importante en nuestra conducta, en nuestra forma de pensar, en el funcionamiento de nuestras comunidades u organizaciones:

“Suposiciones son el conjunto de creencias compartidas por un grupo que lo hacen pensar y actuar de una determinada manera” (Diana Whitney y Amanda Trosten-Bloom).

Suponemos, por ejemplo, que un perro sin cadena es peligroso, que un ateo es una persona a la que hay que evitar,  que la tendencia homosexual es una desviación… Las suposiciones funcionan a nivel inconsciente. Son muchas. Nos hacen actuar sin pensarlo, sin re-evaluarlo. Son muchas las suposiciones que funcionan a nivel inconsciente. Las suposiciones bloquean una nueva visión. Nos impide aprovechar oportunidades para mejorar. Por lo cual, necesitamos desenmascarar todo ese mundo de suposiciones, verbalizarlas, visibilizarlas, discutirlas. No vale decir que “siempre se pensó así”: es necesario descubrir si son válidas y ciertas hoy. Esto sucede, por ejemplo, con el hábito al que se le asigna una eficacia casi infalible en la misión; con ciertas prácticas de oración o de retiro, que no se pueden discutir (retiros mensuales o ejercicios espirituales anuales)… Las suposiciones nos explican cómo funcionamos, o cómo funcionan los grupos.

Parada en el camino: evocar lo mejor del pasado (“memoria”)

Hay momentos en que debemos hacer una parada en el camino para recuperar energías, orientarnos y proseguir. En esa parada es bueno hacer memoria de los momentos más energizantes de nuestra vida, de nuestra historia –como persona, como comunidad, como organización-. La memoria no es un mero recuerdo; es una actualización del pasado que vierte su energía en el presente. La memoria compartida es sinergia. Cuando nos cargamos de esa energía, descubrimos nuestra capacidad de  volver a soñar lo que parecía imposible y de generar algo nuevo. En todo esto actúa el Espíritu.

¿No decía Jesús que vendrá el Espíritu y nos recordará todo… y nos llevará a la verdad completa (Jn 14,6.26)?

Cuando sólo vemos problemas, también nosotros somos parte del problema. Y cuando sólo vemos problemas irresolubles, nosotros somos quienes no tenemos solución. “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!” (Lc 5,8), le dice Simón Pedro a Jesús; “¿Hombre de poca fe, porqué has dudado?” (Mt 14,31), le responde Jesús a Pedro. Se puede caminar por las aguas, sin hundirse. Estamos obsesionados con aprender de nuestros errores. Pero, ¿porqué no permitimos que nuestros éxitos se multipliquen lo suficientemente que nos lleven a desalojar los fracasos? Que se desdibujen las penas de nuestros rostros y emerja la sonrisa de quienes tienen la esperanza de que algo nuevo viene al mundo. Una persona se renueva, cambia y se activa cuando se siente involucrada en la atmósfera del Espíritu, tocada, penetrada y activada por Él. No debe detenerse demasiado en leer y estudiar el diagnóstico de sus enfermedades, sino en acoger la Gracia superabundante que se le ofrece. Una organización se renueva, cambia y se activa cuando todas las personas que la constituyen, en lugar de centrar la mirada en todo aquello que está enfermo o muere, acogen el Espíritu que les lleva a compartir memorias positivas y sueños aparentemente imposibles, que llevan a lo imprevisible.

Abrazar el milagro

Las cuestiones que nos planteamos nos cambian; y depende de cuáles sean para constatar si son para mal o para bien. Personas y organizaciones que indagan problemas y dificultades se encasquetan en lo de siempre; personas y organizaciones que se plantean cuáles son sus fortalezas, cómo pueden hacerse más capaces y hacen revivir sus sueños, transforman los sistemas.

“Sólo hay dos caminos para vivir tu vida. Uno es como si nada fuera un milagro. El otro es como si todo fuese un milagro” (Albert Einstein). “Nuestro mundo no es un problema que hemos de resolver, sino un milagro que hemos de abrazar. Si cada día tomásemos conciencia de esto y nos diéramos cuenta de aquello que da vida a los sistemas humanos, contribuiríamos al proceso de construir una vida mayor y mejor” (David Cooperrider)

Y esto vale para cada uno de nosotros y también para nuestras comunidades y organizaciones u organismos. Cuando abrazamos el milagro que somos cada uno de nosotros, que es nuestra comunidad, que somos todos los que formamos parte de una organización, entonces lo acogemos todo con una mirada de aprecio. Nos mostramos abiertos a dialogar con todos y todo; a recuperar lo mejor de nuestro pasado, a poner en acción todos nuestros recursos e implicar a todas las personas –a quienes les afecta- en el cambio; a construir una visión para el futuro que podemos compartir y en la cual podemos colaborar todos. Cuando uno ha experimentado la limitación, la incapacidad, incluso el pecado, no necesita profetas de desgracias que lo machaquen, lo denuncien, lo condenen. No necesita ni siquiera volverse contra sí mismo y auto-acusarse, auto-castigarse. No necesita recurrir a alguien que le resuelva su problema. Lo que necesita es una profecía de las buenas noticias que le lleve a reconocer lo mejor de él mismo  y de su mundo: afirmar su pasado y su presente con sus fortalezas, éxitos y potencialidades, percibir su manantial de vida, el sistema de virtudes que –a pesar de la limitación- lo caracteriza, honrar en su misma persona la gracia que supera con mucho su pecado. Para ello hay que indagar dónde se esconde la Gracia, desde dónde actúa el Espíritu interior y hacía dónde nos lleva. “Una pasión sólo se vence con una pasión mayor”, decían los Padres del desierto. Cuando una organización ha experimentado sus limitaciones y su incapacidad, no necesita culpabilizarse, ni profetas de desgracias que le anuncien su fin. Necesita la consolación que viene del Espíritu, necesita ser abrazada como un milagro, escuchar la buena noticia de que tiene capacidad auto-poiética, regenerativa, basada en las relaciones, en las capacidades, fortaleza y posibilidades. Juntos podemos descubrir nuevas oportunidades y posibilidades, gestar innovaciones, pensar diferente, transformar nuestros sistemas. Así generamos “sentido”. Los cuatro pasos que se nos sugieren son: descubrir lo mejor de nosotros mismos, o de nuestras instituciones; soñar y visualizar los procesos que funcionarán bien en el futuro; diseñar, planifica y priorizar lo que podrá funcionar bien; implementar y ejecutar el diseño realizado.

“Ningún problema puede ser resuelto a partir del mismo nivel de conciencia que lo creó. Tenemos que aprender a ver el mundo de nuevo”.

Cambiar nuestro lenguaje

El lenguaje que usamos configura nuestra realidad. Un lenguaje despreciativo configura una realidad despreciable; un lenguaje apreciativo construye una realidad valiosa, apreciada. “Para un martillo todo es clavo”. Para una persona problemática todo son problemas, todo habla de problemas.  Cada vez utilizamos más el lenguaje clínico para hablar de nuestras instituciones: “enferman”, “mueren”, “necesitan cuidados paliativos”… Si una organización escucha siempre qué enferma está y cuánto necesidad ser sanada, los miembros se comportarán como si la organización estuviera enferma. Aquello en lo que focalizamos nuestra atención, aquello de lo que siempre hablamos se convierte en nuestra realidad. Si ponemos nuestro punto de mira en lo erróneo o  equivocado, o en aquello que se ha perdido, tenderemos a verlo todo desde ese filtro.

Una planta no crece encerrada en sí misma, sino vuelta hacia la luz. El cerebro no oye el “no”. Si yo digo “no pienses en elefantes” el cerebro sólo escucha “piensa en elefantes” (fascinante investigación sobre el cerebro).

Con nuestro lenguaje y nuestra indagación creamos una realidad. Cuando dialogamos de verdad, cuando asumimos otros puntos de vista, nos encontramos con que la realidad es múltiple, que existen diversas realidades al mismo tiempo. Y, que por lo tanto, hay muchos más caminos de los que imaginamos. La indagación nos lleva a hacernos preguntas que van a influir en el resultado de alguna manera. Las cuestiones que nos planteamos nos desencarrilan, nos desubican, nos hacen descubrir mundos nuevos.  Lo propio del genio es crear cuestiones: “¿A qué se parecería el universo si yo cabalgase en la cola de un rayo de luz a la velocidad de la luz? Cuando llegue la inspiración nos sentiremos como artistas de lo nuevo. Las organizaciones deben ser como las obras de arte. La imagen, la visión inspirarán nuestra forma de actuar, nuestro futuro. Cuestiones positivas llevan a un cambio positivo; extraen lo mejor de nosotros mismos, generan atracción, campos magnéticos, que nos hacen superar cualquier tipo de desmoralización.

A uno le preguntaron: “¿cómo definirías al buen líder?”. Él respondió: “muy sencillo. La tarea de un líder es crear un reajuste tal de las fuerzas que vuelva irrelevante la debilidad de la gente”.

Todo esto resulta muy humano. ¡Pero también muy divino! ¿No creemos que la Gracia nos habita? ¿Que donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia? ¿No creemos que Dios mantiene su Alianza y que su Espíritu todo lo activa y a todo le da futuro hasta llegar a la verdad completa? ¡Todo está interconectado! Nada se resuelve sin entrar en relación. En la apertura a la relación todo renace, se vuelve poético. En el Todo se salva cada parte. La pasión por el todo nos hace descubrir el Milagro.

[1] Cf. Jane Magruder Watkins, Bernard Mohr, Ralph Kelly, Appreciative Inquiry: change at the speed of imagination, Pfeiffer, San Francisco, 2011; Diana Whitney y Amanda Trosten-Bloom, The power of appreciative Inquiry: a practical guide to positive change, BK Publishers, San Francisco, 2003; Sue Annis Hammond, The thin book of Appreciative Inquiry, Thin Book Publishing, Bend, 1996.

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