¿Apostar por la vida o embalsamar un muerto?

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Tengo plasmados en el alma los ojos de la mamá de Mohamed aquel día de finales del año 2002… Yo había llegado a Etiopia en julio de ese año y, en septiembre, nos vimos sumergidos en una hambruna como la del 84, pero esta vez sin salir en las noticias porque el mundo estaba ocupado con la guerra de Irak… En aquel momento estábamos dando de comer a unas 10.000 personas diariamente en la misión y habíamos abierto un hospital de campaña para los niños que nos llegaban por debajo del 60% del peso… Y allí me encontraba yo, apenas llegada desde Madrid a la misión de Zway…

La madre de Mohamed

Entre la multitud de madres con sus niños, me llamó la atención la mamá de Mohamed; el niño de unos dos años estaba casi muerto, respiraba con mucha dificultad, le costaba abrir los ojos, su pequeño cuerpecillo era sólo huesos y piel… Nos acercamos a ella, yo no pude ocultar mi enfado al ver la terrible situación en que llegaba Mohamed y, teniendo en cuenta lo vitales que son los días en los casos de malnutrición severa, le pregunté: “¿Cómo has esperado tanto tiempo para venir a salvar la vida de tu hijo?, hace unas semanas hubiese sido más fácil sacarlo adelante”, pues su estado de desnutrición y deterioro era muy avanzado… Y las palabras de la mamá de Mohamed han resonado y aún resuenan en mi interior: “he enterrado a mis otros tres hijos…”.

Una imagen que me acompañará toda la vida

Muchas veces he revivido esta escena… unas para darme cuenta de lo lejos que yo estaba de la realidad, otras reflexionando sobre el valor de la vida y la muerte, otras al pensar en el dolor de la madre, otras en la vida salvada cuando todo apuntaba a la muerte…Otras…

Hoy, al sentarme a escribir, revivía con fuerza esta imagen que con frecuencia salta en mi interior… Y pensaba en su dolor… y trataba de imaginar cómo habría sido el funeral de sus otros tres hijos… Seguramente como todos los funerales en Etiopia donde se entierra al difunto en muy pocas horas y, luego, durante días, llegando la familia desde distintos puntos geográficos, se llora en la cabaña o en la tienda plantada para ello… se recuerda lo más bonito de la persona difunta y, se grita, se llora… y con el paso de los días se va respirando más serenidad y hay una frase que va tomando peso Yegziabier fikad new (“es la voluntad de Dios”)… Y trato de imaginar a aquella mujer que, con el dolor de haber sepultado a sus tres hijos y cogiendo en sus brazos el último aliento de vida que le quedaba a su pequeño, se puso en camino más de 30 kilómetros con el único fin de salvar su vida.

Hoy, cuando llevo unos meses en Madrid después de 11 años en Etiopia, esta imagen sigue muy viva en mi interior. Y aquella mujer delgadísima, con la vida de su hijo Mohamed, pendiente de un hilo entre sus brazos, me sigue removiendo dentro e invitándome a la reflexión.

Volver a Madrid

Mi aterrizar en Madrid me ha resultado, en cierto sentido, como mi llegada en Etiopia donde era extranjera y donde estábamos viviendo una situación límite marcada por el hambre, la enfermedad y la carencia de lo más básico.

Y, en cierto sentido, al pensar en la realidad que dejé hace unos años y la que ahora me reencuentro, la situación de alguna de nuestras presencias, de la pastoral, de la escasez de vocaciones… veo la imagen de la mamá de Mohamed. Y veo que algunas veces no hemos hecho como ella que, enterrando a sus hijos y abandonada en la voluntad de Dios, se puso en camino contra toda esperanza para salvar la vida de Mohamed. Con pena, he descubierto en algunas ocasiones que, en lugar de enterrar y fiarnos de que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere…”, hemos querido embalsamar, posiblemente con la intención de mantener y que no huela… y nos hemos olvidado de los más pobres, de re-analizar la realidad, de prestar atención al Espíritu que sigue regalándonos hoy el carisma… nos hemos olvidado de vivir con la pasión y la audacia de nuestros fundadores en la realidad de nuestro siglo XXI.

Pero también he encontrado tantas mamás de Mohamed aquí en España, las he visto en hermanas que siguen luchado contra corriente, en seglares que siguen creyendo en el carisma, en comunidades que tratan de apostar por los más pobres y fiarse de la Providencia; en proyectos conjuntos de Iglesia en los que participan diversas congregaciones.

Me he asomado a la nueva realidad que se abre ante mis ojos, tratando de mantener la actitud que Yahavé le pide a Moisés: “quítate las sandalias que la tierra que estas pisando es tierra santa”… Me he asomado y he encontrado a la mamá de Mohamed en los colegios donde tratamos de servir a los más pobres, y la he visto sosteniendo entre sus manos a niños de diversificación que son atendidos sin escatimar los medios. Me he asomado y la he visto en los comedores sociales y en los roperos. Me he asomado y la he visto compartiendo su querer salvar la vida de Mohamed con los seglares que han crecido con un mismo carisma. Y la he visto sosteniendo a su hijo en el “drogata” que deambula, en las madres rumanas que aprenden a leer y en el niño que no conoce otra realidad más que el vertedero más grande de Madrid en el que vive.

“Una Iglesia pobre para los pobres”

Y junto con la imagen de la mamá de Mohamed, tan viva en mi interior, y las palabras del Papa que sigue y sigue repitiéndonos constantemente “una Iglesia pobre para los más pobres”, “salgamos a las periferias”…Me atrevo a soñar… Seguramente es una de las cosas que he aprendido en Etiopia: soñar, creer en lo “imposible”, abandonarnos en la Providencia. Atrevernos a soñar con un futuro diferente…

Uno de los días más bonitos en el calendario etíope, es el del primero del año… Todos se visten de blanco con sus mejores ropas, aunque sea con harapos, los etíopes son guapos y elegantes… Es septiembre y los campos están verdes porque está terminando la época de lluvias… y llenos de alegría, apostando por un nuevo año en que ya ven brotar la esperanza, salen de sus cabañas cantando lem, lem, “lo que está germinando”… y repiten estrofas que inventan sobre la marcha de lo que quieren ver germinar y todos cantan el estribillo lem, lem como si ya lo viesen creciendo…

La mamá de Mohamed se convierte otra vez en maestra y como ella, con tanto dolor, no podemos embalsamar nuestras realidades sino dejar que el “grano de trigo caiga en tierra y muera…”. Pero, como ella, falta de fuerzas físicas y seguramente también morales, confiada en la Providencia, con el único hijo que le queda entre las manos y debatiéndose entre la vida y la muerte… La mamá de Mohamed caminó, buscó, y como un segundo nacimiento, devolvió a su hijo Mohamed a la vida. Mohamed ahora está en nuestra escuela en 7º de Primaria y se atreve a soñar con un futuro diferente.

Tengamos el coraje que tuvo ella de abandonar sus seguridades, su casa, sin saber siquiera si volvería con su hijo o sola, o ninguno de los dos… y, creyendo en lo imposible, atrevámonos a soñar con un futuro diferente… porque cuando apostamos con pasión e inteligencia por los pobres, Dios nos precede en el camino y su Providencia no nos falta. Amén.