HABLAMOS DE LIDERAZGO (y II)

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Y lo hacemos desde el decrecimiento que se da en todos los órdenes. Por supuesto, la economía que es quien dirige casi todo, ha impuesto que el momento actual no se analice si no es desde los principios tiránicos de la denominada recesión. Sin embargo, sigue siendo un asunto tremendamente ambiguo y desconcertante. La distancia que hay entre el pequeño bolsillo y las grandes cifras que algunos jalean en juzgados, cuentas blindadas o campos de fútbol es escandaloso.

La vida religiosa hace décadas que entró en la dinámica creativa y reductiva del decrecimiento. Seguramente aquellas cifras abultadas y gloriosas de los años 50 y 60 del siglo pasado eran tan irreales como las consecuencias de las mismas: una ralentización peligrosa de nuevas generaciones, profesiones y acercamientos consistentes a las congregaciones y órdenes con historia. Estamos en un momento de decrecimiento y, como ocurre siempre, a quienes nos toca vivirlo, nos falta perspectiva para entenderlo en el contexto de la Gran Iglesia, del Pueblo de Dios o de la historia de la Salvación que se escribe en esta era.

La red inmensa de presencias, necesaria por la expansión de décadas pasadas se ha convertido en una espiral que mina la creatividad de no pocos religiosos. Se está haciendo una buena lectura del momento. No faltan voces y presencias inspiradas, pero está primando un liderazgo administrativo que no provoca desarrollo o desenvolvimiento, sino ajustes para salvar etapas y ciclos muy breves. Se sostiene más que se impulsa. Se apuntala más que se asegura. Además se suma un agravante que inquieta. Los signos inter, son sólo elementos anecdóticos, todavía poco significativos, poco presentes. No suelen entrar en la inspiración inmediata y en las decisiones de las familias religiosas; de la misión compartida o de una necesaria reestructuración eclesial.

El último sínodo para la Nueva Evangelización movió los hilos para desencadenar toda una revolución que, muy poco a poco, va adquiriendo vida. Sin embargo, los movimientos entre nosotros, tienen esa agilidad no siempre perceptible de los minuteros de relojes antiguos. Cuesta que se note y más que se aprecie. Pero el movimiento ahí está y es imparable. Hay inquietud por trabajar la significatividad y la verdad. En definitiva, se ha comprendido que son tiempos de síntesis en los cuales hay que bajar (o subir) de la estructura a la persona, porque aquella si carece de ésta ni sirve, ni funciona y, mucho menos, evoca o transforma. Este tiempo de síntesis está exigiendo un cambio de mirada y es la del aprecio.

Procedemos de la cultura de la evaluación y la eficacia. Almacenamos décadas de historia y sapiencia que ha conducido a algunos escépticos a afirmar y subrayar que no hay nada nuevo bajo el sol y es difícil de descastar esa mentalidad. En ocasiones los datos envuelven la posibilidad dándole apariencia de eterno retorno; en otras, cuando se abre una puerta de esperanza, inmediatamente la sospecha vierte sus artes para desacreditarla, ningunearla o ponerla en solfa. Lo cierto es que quien se preocupa de prodigar lo bueno, se le suele tildar de ingenuo o enfangado en un buenismo estéril y así se desarrolla un gusto preocupante por lo ácido, mordaz o agudo para detectar el fracaso.

Nuestros tiempos, sin embargo, no necesitan analistas del fracaso y menos quienes se dedican a ofrecer elencos como aviso irrefutable de lo que, sin duda, va a ocurrir. No necesita quienes siembren la sospecha o dediquen su tarea a advertencias, más o menos explícitas, de los innumerables peligros que vive la misión. Estamos sedientos de un liderazgo que abrace el decrecimiento no sólo para decirnos, por puro voluntarismo, que es lo que nos toca; sino que es el tiempo mejor, el posible, el único en el cual se puede significar, expresar y trabajar de manera clara por el Reino.

Líderes que abracen el decrecimiento son aquellos y aquellas que viven la minoridad del signo. Que tienen palabras y gestos comprometidos en lo pequeño. Que viven el día a día en comunión y en comunidad. No se niegan a formular ideas y proyectos; pero lo hacen desde el laboratorio de la vida en el contacto con el débil y con el bolsillo vacío. Hablan de lo que viven, por eso sus palabras son creíbles. Pero además, los líderes que viven el aprecio de la realidad y la posibilidad del momento, son capaces de levantar la mirada y no ajustarla a lo predecible. Son hombres y mujeres de la sorpresa de Dios (de la que le gusta hablar al Papa Francisco) por eso no tienen las respuestas hechas. Cuando estos líderes dicen a sus hermanos o hermanas vamos a pensar este proyecto, es que lo van a pensar, orar e implicarse en él.

Son líderes que no se dejan impresionar por los datos de decrecimiento, envejecimiento y muerte. Pero no los desconocen y saben que han de prepararse y preparar la misión para que sea posible, significativa y transformadora, antes que nos sorprenda la demoledora realidad de prolongar presencias de muerte, dejación y espera de un final sin bienaventuranza ni renovación.

El liderazgo del decrecimiento entiende que lo urgente es aglutinar, aunar, unir, sumar para llegar al efecto multiplicativo del reino. Esto les lleva a un encuentro sereno con cada persona, en el que cada persona se sabe reconocida y comprendida en la misión. Llegan tiempos y están aquí, percibe el líder de este tiempo, en el que la misión no crece a la luz de programas sin espíritu, sino de hombres y mujeres llenos del Espíritu de Dios. Para eso hay que urgir la renovación personal en clave evangélica; el reencuentro – no formal – de cada religioso con la verdad profunda de su adhesión al Reino a partir de dos preguntas: ¿qué buscas? y ¿qué ofreces?

El líder de nuestro tiempo sabe que es una oportunidad dorada (no sólo por la edad de la vida religiosa) sino por la minoridad y el significativo decrecimiento para multiplicar los encuentros informales, en detrimento de los formales. Dar el paso del tono de reunión al de comunión. Trabajar la significatividad y originalidad más que la estructuración y reglamentación. Son tiempos de menos comisión y más comunión; menos obras y más misión; menos historia reciente y más espíritu de fundación; menos repliegue y más riesgo; más pobreza y menos fondos de inversión. Son tiempos de menos planificación y más oración; menos documento y más ofrecimiento; menos palabras y más gestos de trascendencia. Son tiempos en los que sólo puede haber líderes que guíen hacia la vida y la visión; nunca hacia el miedo, el ajuste o la contención.

Para ello, hay un primer paso ineludible que el liderazgo debe agilizar. El reencuentro de las personas con sus instituciones; y el de las instituciones con las personas. Pudiera ocurrir, que tengamos muy bien organizado, conforme al sueño de nuestras ideas unas estructuras que no estén habitadas o animadas; serían entonces, órganos inanimados, que el tiempo (como lenguaje de Dios) nada les dice y lo peor, aunque lo pretendiesen, nada dirían a este tiempo de Dios. El líder de este tiempo, sabe que el misterio al que tiene que responder, está en el corazón de cada religioso. En sus miedos y sus sueños. En su presente y su futuro. En sus lágrimas y su alegría. En su proyecto misionero y en sus luchas internas Con ese acercamiento, con esa verdad el líder está tomando aliento para orientar la misión de su familia religiosa, hacia lo posible y lo creativo. Está orientando la misión hacia la comunión. El de hoy, es un líder para la libertad y la responsabilidad y, sobre todo, que pueda y sepa infundir que la libertad de espíritu se conquista desde una conciencia despierta.