FRATERNIDAD Y MISIÓN (FRATELLI TUTTI)

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(Cristóbal López, Cardenal Arzobispo de Rabat). El mes de octubre nos ha traído dos acontecimientos importantes en la vida eclesial: la publicación de la encíclica Fratelli tutti y la acostumbrada celebración del Domingo Mundial de las Misiones (Domund). Dos cosas diferentes pero que están más conectadas de lo que podría pensarse.

Sin haberla leído, ya se han levantado algunas voces criticando al Papa. ¿Por qué?, porque, proponiendo la fraternidad como meta e ideal, se mete en cuestiones económicas, sociales y políticas. “¿Por qué no se dedica a lo que es su misión?”, le espetan algunos.

¿Y cuál es la misión del Papa, de la Iglesia y de todo cristiano?, me pregunto yo. ¿Acaso no es la misma de Jesucristo? Y Jesucristo, ¿no vino para anunciar, proponer e iniciar un mundo de hermanos, en el que todos nos sintamos hijos de un mismo Padre y formemos la familia de Dios? ¿No vino Jesús a decirnos que el Reino de Dios está cerca (y llamarnos a conversión por eso), que está ya en medio de nosotros y que es nuestra tarea pedir que venga a nosotros, al tiempo que arrimamos el hombro para acercarlo y hacerlo realidad en la medida humanamente posible?

La misión del cristiano no es “engordar” la Iglesia (lo que daría como resultado una “Iglesia autoreferencial”), sino hacer crecer el Reino, ser sacramento (signo eficaz) de ese Reino, que es más grande que la Iglesia y al servicio del cual está la Iglesia.

Y como el Reino es un reino de fraternidad y de amor, resulta que predicar y vivir la fraternidad es ya realizar la misión que hemos heredado y compartimos con Cristo. De manera que todo misionero debe ser hermano y todo aquel que vive como hermano es ya, solamente por ello, misionero.

Ser misioneros consiste, pues, en contribuir a hacer de la humanidad una familia de hermanos, una gran mesa redonda en la que Cristo pueda sentarse en medio de todos para ofrecernos el banquete de su Reino.

¡Fratelli tutti, hermanos todos, bienvenida sea la Encíclica, bendito sea el papa Francisco! Ahora toca arremangarse y redoblar el esfuerzo por hacerla realidad; o sea, por hacer realidad el Evangelio.