Envidia… o la sombra de Abel

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Salieri y Mozart… Caín y Abel… Judas y Jesús. ¡Pura envidia! Queda muy bien decir que “me envidian”. Nunca diré: “soy un envidioso”. La envidia funciona. Es protagonista secreto de muchos acontecimientos. Es una sombra, una “mala sombra” que nos hace caminar “sombríos y apesadumbrados”.
La envidia es una pasión, no un pecado. Es un síntoma, no una actuación moral. Es algo que se apodera de nosotros y nos carcome. Es como una fiebre, una enfermedad… a veces crónica. Nos podemos “morir de envidia”. ¡Qué sentimiento tan desgraciado!
La envidia es un síntoma. Revela una deficiencia estructural en el desarrollo de nuestra persona. En un momento concreto nos damos cuenta de que “no somos el ombligo del mundo”; que hay otras personas con cualidades, con dotes especiales; que no somos superiores a los demás; ni siquiera simétricos.

Descubrimos nuestra finitud. Cierta persona comienza a ser importante para mí. En ella descubro lo que yo quisiera ser; no solo lo que yo quisiera tener. Me parece que ella es elevada, mientras yo soy rebajado o relegado. Me duele reconocer que yo nunca podré “ser así”. Ello suscita en mí un cierto odio hacia ella por ser como es, y hacia mí, por no ser así.
Cuando envidio, me persigue la sombra del envidiado, su imagen pública. Y me estorba. Siento tentaciones de destruirla. Así perseguía la sombra de Abel a Caín, la de Jesús a Judas, la Mozart a Salieri. Esa sombra molesta sólo se diluiría, si la persona enviada cayera en desgracia. Por eso, siento la tentación de minar su fama, de difamarla; de proclamar una parte de su verdad, como toda su verdad.
Pero ¿quién está dispuesto a reconocer que es envidioso? Lo ocultamos como podemos ante los demás y ante nosotros mismos. La envidia es una “pasión solitaria” (Castilla del Pino). Pero su fuerza es tal que se delata en el rostro, en el estado de ánimo, en mil gestos y palabras, o en silencios intencionados. La envidia entristece la vida; manifiesta una profunda frustración. Cuando se muestra que somos envidiosos, la vergüenza se apodera de nosotros.
Bajo el influjo de la envidia, nadie es creador. La capacidad creadora se bloquea. La pasividad, el pasotismo, que a veces nos puede, tiene frecuentemente sus raíces en la envidia. El envidioso no se reconoce único, singular, irrepetible. Su modelo es “el otro”. Tiene un modelo “imposible”. No reconoce que está llamado a seguir su propio camino y hacer las cosas “a su manera”. Ante la presencia de la persona envidiada, el envidioso se paraliza, se bloquea: no habla, no crea, pierde la iniciativa…
¿Qué hacer para salir de este círculo vicioso de la envidia? ¿Cómo conseguir la paz de la generosidad? Reconocer la pasión y abrirse a la visita de otra pasión más poderosa. Jesús fue el “hombre para los demás”. Recibió el Espíritu de la comunión. Jesús compartía sus dones con todos. Reconocía los dones de Dios en los demás y glorificaba a Dios. La deficiencia del envidioso está en haber construido una imagen de sí mismo sin relación, sin tener en cuenta a los demás. Jesús no llama a ser cuerpo. A contar con todos los miembros. A disfrutar de todos sus dones, como regalo para el cuerpo.
Estaría bien que reconozcamos todos, -desde el mayor hasta el menor- que tantas veces nos puede la envidia. Estaría bien comenzar una terapia anti-envidia en toda la iglesia. De seguro que entonces el Cuerpo de Cristo tendría más movilidad y capacidad creadora y regeneradora