«EL SÍNDROME FOTOGRÁFICO»

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Puede ser una sospecha, pero parece el signo de nuestro tiempo y de nuestros ámbitos. El caso es que haya foto. Y de haberla, que sea elocuente y dé qué hablar. Está ocurriendo en la asamblea sinodal, y ocurre habitualmente en infinidad de encuentros, capítulos, reuniones… No me negarán que hay rostros y declaraciones de laicos, consagrados, presbíteros y pastores tan omnipresentes que difícilmente pueden tener el tiempo necesario de pensamiento y sosiego.

Parece que hay cierto ambiente superficial. Idas y venidas de ideas que conviven sin afectarse y, sobre todo, sin crear convicciones con discernimiento. No deja de ser elocuente que cuanto más se habla de sencillez, pobreza explícita en los medios, cercanía a quienes peor lo están pasando, los evangelizadores, también los consagrados, estemos envueltos en una huida sin fin hacia la notoriedad, la aparición pública, las declaraciones y los focos mediáticos. La pretendida sencillez pastoral, se pierde en una abultada burocracia que, poco a poco, desvanece el sentido original y evangélico que es, y quiere ser, una comunidad humana ungida y urgida por el Reino.

La vida consagrada no es valiosa por cómo se cuenta, sino por cómo irradia evangelio, relaciones nuevas, gestos de solidaridad y compromiso transformador. La imperiosa necesidad de contarlo, no es en sí urgencia de misión, sino complejo de inferioridad. La delgada línea que traspasa la necesaria presencia en los medios, con la verdad de lo que pretendemos vivir, frecuentemente se ve sobrepasada por una tensión desmedida de egolatría.

Hemos de entender que los caminos de fidelidad de los consagrados en sí no son noticia, ni deben serlo. Quienes estamos en este servicio evangélico de totalidad, hemos de integrar el paso por la vida como la evocación de la transformación en la proximidad, el acompañamiento, la cercanía y la invitación a una casa común en la que todos caben. La confusión de querer hacerse hueco en una cultura de titular es destructiva, irreal y, cuando menos, peligrosa por vacía.

En toda la Iglesia, también en la vida consagrada, sentimos la fuerza imperiosa de contar que no todo entre nosotros es malo o tan malo como a algunos les gusta decir, y además es cierto. Sin embargo, en nuestro caso, la debilidad o las debilidades no se subsanan con publicidad, ni con declaraciones, sino con la formación intensa y extensa que requiere la novedad de una comunidad para este hoy. Si uno se preocupa de leer y pensar cada una de las «denominadas» noticias que se vierten en torno a la vida de la Iglesia o se examina con atención cada declaración que afecta a la vida consagrada, se llega a la conclusión fácilmente de que una inmensa mayoría no solo son prescindibles, muchas son fake news y, una cantidad nada despreciable, por supuesto, culto al ego.

Padecemos un síndrome fotográfico porque confundimos misión con aparición; comunidad con congreso; importancia con número; verdad con reiteración y coherencia con la capacidad, más o menos explícita, para repetir frases con éxito.

No nos engañemos, la conquista de una vida evangélica necesita conversión al Evangelio, misericordia con quien padece cualquier dolor y transitar por los arduos caminos del débil. Pensar, por el contrario, que reiterando la necesidad de «oler a oveja» nos hacemos sencillos, además de ingenuo llega a cansar. Y así ocurre con la alardeada agilidad, o la sencillez de vida; o la cercanía y proximidad… Mientras esto digo, algunas personas dirán, «qué cierto». Estas mismas personas, sin embargo comprobarán en su interior la tensión constante a querer publicidad antes de «perder tiempo» en la construcción intima del corazón. Es más fácil hacer unas declaraciones, o salir en una foto, que diariamente escuchar la declaración comprometida de un Dios que necesita mujeres y hombres consagrados a su misión. Esta última necesita silencio diario, privacidad y «tiempo perdido» ante Dios. Los caminos de trasformación de la vida consagrada no vendrán por una estética renovada, siempre necesaria, sino por una ascética creativa de presencia, misión y, sobre todo, comunión que ilumine las anteriores. Y, qué curioso, todavía no ha conseguido nadie fotografiar el amor que sustenta la comunión. Porque lo importante y lo que transforma, la verdad de la vida consagrada, jamás se perderá en la esterilidad de un efímero titular.