EL SILENCIO CREATIVO DE LA VIDA

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Hace pocas horas acompañé un claretiano hacia su último destino. A una casa de mayores y enfermos. Cuando le pregunté qué quería llevarse de su habitación. Casi con la mirada perdida, solo me pidió su biblia. Pequeña, subrayada, llena de anotaciones y llamadas… «Me acompaña desde siempre» me dijo, «a ver si consigo llenar de creatividad y sabor el silencio de la vida». Va por él.

Hace ya unos años, un viernes santo, quien estaba a mi lado susurró: «no te creas, no me acaba de convencer que por respuesta, Jesús ofrezca silencio a esta farsa…es como si no pudiera defenderse…». Me hizo gracia la salida de Iván, y también –ya entonces– comprendí que vivimos en una sociedad espectáculo, siempre expuesta, en la que hay que tener, bien leída, la letra pequeña para poder «defenderte».

Nuestro momento, lejos de recuperar la creatividad del silencio, avanza y avanza en una exuberante confusión de afirmaciones, negaciones, réplicas… propuestas y contrapropuestas. Cada quien, echando mano de su particular concepción de la «piedra filosofal», afirma y desmiente en los muros (bien expuestos) que son las redes sociales.

No está lejos la vida consagrada de frases y soflamas. Puede haber quien espere soluciones que se desencadenen a partir de frases redondas. Me hace gracia, por ejemplo, que «el olor a oveja» se haya convertido en máxima de verdad y que cada quien la coloque en «su texto» para darle «olor» de sinceridad a la pretendida vuelta a la sencillez. Hay consagrados y consagradas que si no se exponen, llegan a pensar que no son. Lo que conlleva un peligro grave. Porque se descuida la creatividad del silencio, cuando este, como el de Jesús, no pretende otra cosa que lograr que el Reino se desarrolle, llegue, anuncie, sea…

En tiempos de parlanchines y parlanchinas uno se pregunta dónde ha quedado el silencio de la verdad. Dónde la fuente que hace manar tanta palabra; dónde la quietud que puede provocar un movimiento con sentido. En muchos de nuestros procesos abiertos, falta silencio y sobran palabras. Falta silencio en el proceso de reforma eclesial, en los procesos de reorganización de las iglesias locales; en los procesos de reorganización congregacionales, en la construcción de fraternidades con sentido. Falta, silencio creativo, evangélico, cómplice del Espíritu; sobran, es verdad, otros silencios. Aquellos que nacen de la negación de la verdad, o de la falta de aceptación de la diversidad, o de la cobardía de no reivindicar la propia vida como vida evangélica. O esos otros silencios, ciertamente molestos, con los que se tejen las relaciones intra-congregacionales o intra-provinciales… Ese compartir «familia» muda tantas veces, en donde la vinculación afectiva se ha de dar por supuesta, porque realmente no existe. Se trata de mundos paralelos que rotan o gravitan, dependiendo de quién sea el sol, pero nunca llegan a encontrarse. Pero en estos casos, esos silencios, no son sino atronadoras acumulaciones de palabras que, como vómitos, concluyen en silencios sin expresividad, ni convicción. Sin vida.

El silencio creativo nace de la verdad de la vida. De saberte donde estás y desde Quién. El silencio creativo es el texto en el cual la castidad es fecunda, la pobreza segura y la obediencia libre. Es el silencio creativo el texto de la fe, donde se sustenta la oración, personal y comunitaria, y donde adquiere sentido la celebración, la comunión, el encuentro y la fraternidad. Las personas con silencio creativo, saben convivir, porque también saben estar solos. No necesitan triunfar, porque leen la vida como milagro. No saben mandar, porque no lo necesitan. El silencio creativo es el arma de la no posesión, es el arma de la vocación y la libertad. Muchas veces hemos conocido personas que consiguen hacer de un desierto un vergel o de lugares inhóspitos, hogares. Son personas con un silencio creativo cuidado, cultivado y evidente. Porque el silencio creativo es misión.

La vida consagrada, no nos engañemos, necesita palabras y silencios. Pero no ruidos. Ni mediáticos, ni funcionales, ni estéticos. Necesita textos que sean leídos desde la creatividad del silencio, que es la lectura del Espíritu. Los documentos programáticos, las exhortaciones y tantos otros textos no han dejado de tener validez, pero han dejado de ser integrados desde el silencio creativo de la vida. Preferimos el comentario de texto, a convertir la propia existencia en relato de salvación. Preferimos sabernos ocupados, a pensar el sentido de la supuesta ocupación. No es tan claro si la grave crisis que padece la vida consagrada nace de su tensión de hacer, o más bien, de la falta de silencio creativo o pregunta última de su razón de ser, de su identidad.