domingo, 2 octubre, 2022

EL PASADO NO TIENE PRESENTE

Conozco a algunas personas atadas por su pasado. Otras escondidas en él. Y algunas que ponen todo su empeño en que vuelva. El pasado es una fuente de sabiduría cuando, correctamente, nos situamos ante él. Es fuente de inspiración literaria, almacén de recuerdos, acción de gracias por lo vivido, etapa concluida de una historia que camina hacia el porvenir.

Si a las personas no nos es fácil sortear las ataduras del pasado, a las instituciones que creamos tampoco. Frecuentemente, traemos acontecimientos ya vividos con la pretensión de que iluminen un presente incierto. Hay gestas y gestos que constantemente sacamos de un ayer con la intención de que también hoy tengan fuerza y carácter definitivo. Pero el pasado no tiene presente.

En toda vida, también cuando nos reunimos para planificar y pensar el mañana, hay un momento especialmente creativo. Es ese en el que las personas, los grupos, las asambleas y los capítulos, permiten que el sueño evangélico aparezca sin ataduras ni condiciones. El consabido compartir «como sería» abre una vitalidad que nos permite entrar en un clima nuevo, una posibilidad insospechada, una bienaventuranza largamente soñada y buscada. Muy probablemente este es uno de los aspectos que tras la parálisis de la pandemia estamos viviendo con más intensidad. Volvemos a soñar y explícitamente lo formulamos.

Este sueño de profecía es el inicio de la innovación y transformación evangélica. No necesita ser operativo, concreto o práctico. Necesita, para ser evangélico, lograr que la mirada se levante y nos separe del guion de la seguridad y la inercia. Que cada quien vuelva a los orígenes libres de su decisión vocacional para encontrarse con aquello que, envuelto en silencio, siempre había buscado. Estamos viéndolo y viviéndolo. Y es, sin duda, uno de los rasgos que subraya ese don de la vocación de los consagrados, siempre subversiva e inédita.

Estos sueños proféticos, que se hacen presentes de manera recurrente en la vida de los consagrados y sus asambleas, necesitan el impulso del liderazgo para poder ser viables. Son sueños delicados, llamados a entrar en una dinámica explicita de discernimiento y pluralidad, pero necesitados de un impulso que los convierta en visión compartida. Y ahí, justamente ahí, reside la dificultad mayor. Tenemos miedo. Nos puede el miedo y el pasado aparece con fuerza para ajustar la profecía a guiones bien trazados por la mediocridad amenazante de lo vivido, lo que se ha hecho y, en su momento, ha dado (o no ha dado) resultado. Con frecuencia somos testigos de buenos análisis eclesiológicos, sociológicos e históricos. Conclusiones firmes que reconocen el cambio de texto y contexto, que la persona consagrada es otra y la misión compartida con el laicado un principio irreversible. Hablamos de desplazamiento hacia la periferia, diálogo interreligioso, comunidades y puertas abiertas… Pero, el pasado que no tiene presente, irrumpe con fuerza y apaga un liderazgo necesario, que esté en camino, que pise calle y que proponga lo que vive. Con frecuencia, sin decirlo, tendemos a decisiones prácticas, de ajuste sobre lo existente, de contención o prolongación de lo conocido, de ubicación de las personas, no tanto al servicio profético de transformación, sino a la conservación de estructuras agotadas.

Pero el pasado no tiene presente. Solo es ayer. Quizá la prueba más evidente es que algunos estilos de liderazgo, también en la Iglesia, miran hacia atrás y en lugar de señalar horizontes abiertos, espacios de libertad, comunidad y compromiso, ofrecen miedo, que es lo que tienen.

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